27 de marzo de 2005

Decíamos ayer...

De acuerdo con cierta tradición, cuando Fray Luis de León regresó a su cátedra tras casi cinco años encarcelado por delitos tan graves como haber traducido el Cantar de los Cantares, inició su clase diciendo: “Dicebamus histerna die...”, que podría traducirse tal y como he titulado este post de regreso. Cierto es que yo no regreso de ninguna cárcel sino del secuestro de cierto virus no identificado, pero también es cierta la falsedad de la anécdota de Fray Luis, que jamás pronunció tal frase (hay quien atribuye la invención a Nicolás Crusenio, en 1623).

El caso es que de silencios y ausencias, más o menos prolongados (y prolongadas, todo sea dicho en honor de la concordancia de género), está llena la historia. Silencios y ausencias no siempre producidas por la persecucion de la Inquisición y otros virus. A esos otros silencios y ausencias, que también he tenido ocasión de conocer y a los que debo mi afición a los ISRS, quisiera referirme hoy, o más bien, quisiera usarlos de punto de partida en otro de mis viajes sin destino.

John Stuart Mill menciona en su autobiografía una depresión que padeció a los veinte años: “...mi corazón se hundió dentro de mi... Parecía que ya no me quedaba ninguna razón para vivir”. Sin embargo, tan alarmante desánimo no le impidió continuar con su trabajo: “Proseguí mecánicamente, por la mera fuerza del hábito. Estaba tan acostumbrado a cierto tipo de ejercicios mentales que podía continuarlos aun cuando hubiera perdido todo ánimo”. Por muy mecánico que fuese, creo firmemente que, sólo por esto, John Stuart Mill debe contarse entre los superhéroes junto a Superman, Batman y el hombre mosca. El caso general es más bien el contrario.

En 1897, poco depués de la muerte de su padre, Max Weber sufrió un crisis similar, aunque de mayor gravedad y duración. Los siguientes tres años fueron un auténtico suplico para él hasta que consiguió un permiso por tiempo indefinido en 1900. Aun así no podía “leer, escribir, hablar, caminar o dormir sin sentirse angustiado”. Él mismo escribió un relato detallado de su enfermedad para su psiquiatra, pero, para bien o para mal, su viuda lo destruyó durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1903, aún en pleno proceso de recuperación, Weber se sacó de la manga una de sus más célebres obras: La ética protestante y el espíritu del capitalismo. No se alarmen, no les haré una exposición académica sobre el asunto. Sólo quisiera señalar dos cosillas al respecto. La primera es evidente, da la impresión de que la crisis de Weber no fue del todo improductiva. Durante todos aquellos años de terribles padecimientos, incapaz de ‘trabajar’, su cabeza no debió de estar del todo ociosa. Un texto como La objetividad cognoscitiva de la ciencia social y de la política social (1904, si no son especialistas no intenten leerlo, se trata de unos de los textos más densos y difíciles que conozco, eso sí, magnífico) tuvo que ser madurado a lo largo de muchos años, precisamente los años de la crisis. La segunda tiene que ver con una simplificación frecuente sobre la tesis principal de La ética...: la idea de que Weber establece algún principio de causalidad entre la reforma protestante y el desarrollo del capitalismo. Nada más lejos de la realidad.

De todas formas, si les traigo esta cuestión hoy aquí, no es por analizar las tesis weberianas sino porque permite una curiosa excursión de las que me gusta realizar de vez en cuando. Porque lo que Weber pretendía era establecer una suerte de ‘relación no causal’ que bautizó de una interesante forma.

Dada la variedad de recíprocas influencias entre los fundamentos materiales, las formas de organización político-social y el contenido espiritual de las distintas épocas de la Reforma, la investigación ha de concretarse a establecer si han existido y en qué puntos, “afinidades electivas” entre ciertas modalidades de la fé religiosa y la ética profesional.

Esta idea de las “afinidades electivas” está directamente tomada de una novela de Goethe que lleva por título, curiosamente, Las afinidades electivas (esto no es del todo cierto, en realidad lleva por título Die Wahlverwandschaften). Refiere Heinrich Laube una expresiva anécdota: “Una señora decía en contra de Goethe respecto de ‘Las afinidades electivas’: ‘No puedo aprobar este libro de ninguna manera señor Von Goethe; es realmente inmoral y no se lo recomiendo a ninguna mujer’. A continuación Goethe se quedó seriamente callado un rato y finalmente le dijo con mucha profundidad: ‘Lo lamento, es realmente mi mejor libro’”.

Pero si Weber tomó la idea de “afinidades electivas” de una novela de Goethe. Éste tomó el concepto, e incluso parte del argumento de su novela de un tratado químico de 1775 debido a Torbern Bergman: De attractionibus electivis. Eran tiempos ya de rápidos avances científicos, cosa de la que uno de los protagonistas de la novela, de interesante nombre, era más que consciente:

–Mala cosa es –exclamó Eduardo– que ahora ya no se pueda aprender para toda la vida. Nuetsros antecesores se atenían a la instrucción que habían recibido en su juventud; nosotros, en cambio, debemos volver a aprender cada cinco años si no queremos quedar completamente pasados de moda.

Si les digo que nombre del protagonista es interesante es por una doble razón. La primera es porque, poco antes, en el capítulo tercero puede leerse: “...me acuerdo muy bien de que te gustaba más el nombre de Eduardo, porque también es verdad que tiene un sonido especialmente bueno pronunciado por unos bonitos labios”. La segunda es porque, en 1919, Walter Benjamin en su ensayo sobre esta novela escribía: “...se encuentran seis nombres en la narración: Eduard, Otto, Ottilie, Charlotte, Luciane y Nanny. Pero de ellos, el primero de alguna manera no es auténtico. Ha sido elegido arbitrariamente por su sonoridad...”. Tampoco vean mucho misterio en ello, simplemente Eduard renuncia a llamarse Otto para evitar confusiones con el Capitán Otto con lo que la novela gana en legibilidad y también algún que otro sentido.

La teoría química de Bergman pretendía una explicación de ciertas reacciones quimicas, buscaba la razón por la que, por ejemplo, si se pone un trozo de una tierra calcárea unida a un ácido débil en una solución diluida de ácido sulfúrico, éste toma la cal y el ácido débil se desprende en forma gaseosa: “Aquí hay una separación, se ha dado una nueva síntesis, y resulta justificado usar el término «afinidad electiva», puesto que realmente parece que una relación resulte preferida a la otra y se elija aquella en lugar de esta”.

Las palabras de este Eduardo dejan ver claro por dónde van los tiros: “las afinidades empiezan a ser interesantes cuando producen separaciones”. La tierra calcárea y los ácidos van a ser sustituidos por personajes. Carlota, o si prefieren, Charlotte, hace de todas formas una juiciosa consideración: “Estos modos de hablar por comparación son ingeniosos y entretenidos, y ¿a quién no le gusta jugar con semejanzas? Pero el hombre está muchos escalones más arriba que esos elementos, y si aquí se han usado con cierta libertad las hermosas palabras «elección» y «afinidad electiva», será bueno volver otra vez a entrar en uno mismo, considerando bien con esta ocasión el valor de tales expresiones”. Tengo por norma no destrozarles las novelas de que les hablo aquí. No haré hoy excepción. Creo que lo sugerido hasta aquí ya les puede tener ocupados un rato, al fin y al cabo son los temas de siempre, el libre albedrío frente a la inevitabilidad del destino, la ciencia frente a la pasión, Eduardo frente al Capitán,...

Fray Luis pasó a la historia por una frase que jamás pronunció a su regreso (y por muchas más cosas). Max Weber construyó secretamente la parte más compleja e interesante de su obra durante su ‘ausencia’. La mía, breve y banal, no parece haber servido para mucho. Pero eso no es lo importante. No recuerdo si fue el general Coubertin o el barón Patton, pero llevaba mucha razón cuando afirmó: Lo importante es regresar.