2 de marzo de 2005

Dr. Hyde

Como saben, he andado algo ocupado estos días y no me ha sido posible procurarles las atenciones que merecen. Tampoco puede decirse que haya estado desaparecido. He comparecido con cierta frecuencia en los comentarios e incluso he aportado mis tradicionales inconveniencias en los blogs de algunos de los parroquianos habituales. También han llegado hasta estas páginas nuevos piratas, como el navegante Javier e incluso, sin pretenderlo, parece ser que soy responsable de un nuevo blog mutante (mutante porque nació así, para luego transformarse en otra cosa). Suerte a los que empiezan y suerte a los que simplemente continúan.

Entre mis correrías recientes se cuentan algunas visitas al blog de don JPQ que, por lo visto, ha decidido un cierto exilio voluntario (y temporal si hemos de aceptar a pies juntillas su título) en este infierno de los blogs: Una temporada en el infierno. Puede uno pensar en Rimbaud, pero también puede pensar en fútbol, lo que condenaría a los blogs a la Segunda División (cuando el Atlético de Madrid descendió, no hace mucho, a la Segunda División, inició una campaña de ‘retención’ de socios con ese mismo ‘slogan’). Ya saben que es norma de esta casa dejarles interpretar más allá de las intenciones del autor. Sólo les señalo que, por mi parte, me satisface mucho más la segunda de las que les propongo. Ya sé que resulta mucho menos culta y presentable pero es que tengo claro que si esto de los blogs figurara en la División de Honor jamás me habría atrevido a inaugurar este.

El caso es que don JPQ en menos tiempo que un servidor en esto que llaman la blogosfera (¿por qué no blogocaedro?, esto aclararía que es un mundo lleno de aristas) ya ha conseguido sus primeras amenazas. ¿Qué quieren que les diga? Me ha entrado un complejo de ‘políticamente correcto’ que me tiene bastante intranquilo. Entre estas ‘Salidas de Emergencia’ en casi tres meses todavía no se ha deslizado ninguna ‘Salida de Tono’. ¿Qué les ocurre? ¿Acaso son ustedes unos santos? ¿Es que no les queda nada de mala sangre? No estén tan seguros.

Dado que en el blog de don JPQ me he encontrado algunas referencias a la Isla del Tesoro y al propio Jim Hawkins aprovecharé para entremezclar algo ambos asuntos y demostrarles que también ustedes son malvados, protervos individuos capaces de las peores bajezas. Si yo lo soy no veo por qué ustedes no. Y todo esto a cuenta del señor Stevenson. Borges solía referir una anécdota (digo solía porque ya me la he encontrado al menos en tres lugares; no me pondré a rebuscar cuáles son así que deberán conformarse con uno sólo de ellos: J.L. Borges y O. Ferreri, Reencuentros. Diálogos inéditos. Ed Sudamericana, pág. 27):

…me crucé con un muchacho en la calle y él me dijo: “Quiero agradecerle algo, Borges” ¿Qué? le pregunté yo, y él me dijo: “Usted me ha hecho conocer a Robert Louis Stevenson” Y yo pensé: en ese caso, me siento justificado.

Comprenderán que presentarles a Stevenson a estas alturas sería por mi parte una soberana estupidez. Llego tarde y, en consecuencia, difícilmente podré sentirme justificado a la manera borgiana. Pero no deben dudar de estas palabras. De hecho no creo que nadie que haya leído a Stevenson pueda dudar de algo así, aunque lo hubiera dicho el mismísimo Sinon. Hablemos pues de Robert Louis Stevenson al que, curiosamente, no recuerdo haber traído antes por aquí a pesar de contar con un lugar de privilegio entre mis pasiones.

En enero de 1888, apareció en el Scribner’s Magazine un texto titulado Un capítulo sobre los sueños. En él, tras un fantástico arranque sobre el pasado (El pasado es todo él de una sóla textura...), Stevenson cuenta la historia de un estudiante que empezó “a soñar secuencialmente y a llevar así una doble vida –una durante el día, otra por la noche-, una que con toda razón creía la verdadera y otra que no tenía manera de probar que era la falsa”.

Con el tiempo, este hombre comenzó a conciliar el sueño inventándose cuentos “sin poner la mira para nada en el craso público o en el frustrante crítico”, por ello “la menuda gente que dirige el teatro interno del hombre no había recibido aún un entrenamiento muy riguroso”. Pero finalmente comenzó a escribir y vender sus historias y esta ‘gente menuda’ aceptó el desafío de ofrecerle “cuentos imprimibles que produjeran beneficios”. Ya se habrán dado cuenta de que Stevenson estaba hablando de sí mismo, cosa que reconoce hacia el final del texto, donde recurre a dos ejemplos para ilustrar la actuación de sus particulares ‘brownies’. Uno de ellos, el más famoso, es el que se refiere a la composición de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

...hacía mucho tiempo que estaba intentando escribir un cuento sobre el sentido profundo del doble ser del hombre...a la segunda noche soñé la escena de la ventana, y la escena, posteriormente escindida en dos, en la que Hyde, perseguido por algún crimen, bebió la pócima...

Tal y como lo cuenta su mujer Fanny, el ataque de los brownies fue relativamente duro aunque Stevenson lo resumió diciendo ‘I was dreaming a fine bogey tale’. Abrumado por las dificultades económicas, se encerró durante tres días y redactó el manuscrito completo. Fanny, al leer el manuscrito, objetó que el tema era una alegoría y que había sido tratado como si simplemente fuera un cuento. Stevenson decidió entonces quemar el manuscrito para resistir la tentación de usarlo. Reescribió la obra en otros tres días.

Con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde se han cometido tantas traiciones que su sóla enumeración superaría en paginas la obra completa de Stevenson (la edición Vailima consta de 26 volúmenes; la edición Tusitala, de 35). Si alguno no lo ha leído que corrra a hacerlo y comprobará, por ejemplo, que la identificación de Jekyll con Hyde solo se produce al final de la obra, es la sorpresa final. ¿A santo de qué esas escenas de Jekyll desmelenándose tras beber la pócima y destrozando el misterio de la novela? Me da igual que sea John Barrymore, Fredric March, Spencer Tracy o el mismísimo Raphael en un musical. Sólo “El testamento del doctor Cordelier”, libre adaptación de Jean Renoir, respeta esta sorpresa.

Otra traición, señalada por Borges, es la terrible simplificación de concebir a Jekyll como el ‘bueno’ y Hyde como el ‘malo’: “En la novela de 1886, el doctor Jekyll es moralmente dual, como lo son todos los hombres, en tanto que su hipóstasis –Edward Hyde- es malvada sin tregua y sin aleación”.

Desde luego Jekyll no era un santo (“y la verdad es que el peor de mis defectos era una cierta disposición a la alegría de la diversiones...”). Afortunadamente, del manuscrito original de Jekyll y Hyde se conservan dos versiones. Esto echa por tierra, al menos en parte, la leyenda de su apresurada redacción, pero arroja algo más de luz sobre la personalidad de Jekyll. Se ha querido suponer, y no veo razón para no creerlo, que la novela fue efectivamente escrita en tres días aunque luego fue reelaborada antes de salir para la imprenta (lo que, en principio, encaja con el propio testimonio de Stevenson en una carta de 1886: “Jekyll fue concebido, escrito, re-escrito y re-reescrito e impreso en diez semanas”). En la confesión final de Jekyll de la primera versión, la ‘apresurada’, puede leerse: Desde una edad muy temprana, sin embargo, llegué a ser en secreto el esclavo de desgraciados placeres;[y a partir de aquí, tachado]mi vida era doble.... Esta frase casi llega a pertenecer a la novela. De hecho, en la copia final del manuscrito todavía figura, aunque tachada: Desde una edad muy temprana, sin embargo, llegué a ser en secreto el esclavo de ciertos apetitos. No parece el retrato de un santo, ¿verdad?

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde no es una novela sobre la contraposición del bien y el mal sino sobre la naturaleza dual del hombre. Y Jekyll, como hombre, es dual, tiene dos lados, el ‘bueno’ y el ‘malo’: “Fue por el costado moral y en mi propia persona donde aprendí a reconocer la dualidad primitva y moral del hombre; a propósito de las dos naturalezas que contendían en el campo de mi consciencia, me percaté de que aun suponiendo que pudiera ser correcto decir que yo era cualquiera de ellas, eso sería sólo porque yo era radicalmente ambas”.

Tiempo antes, Sir Thomas Browne, al que hace tiempo que no traía por aquí había escrito: “aún en un desierto, un hombre no está nunca sólo, no ya porque esté consigo mismo y sus propios pensamientos, sino porque está con el Diablo, quien se asocia siempre con nuestra soledad, y es ese ingobernable rebelde que suscita esos movimientos desordenados que acompañana a nuestras aisladas imaginaciones” (Religio Medici, 2ªP, Sec. 10). Así que tenemos ya dos dualidades, uno y el diablo, y la vigilia y el sueño. “Calificamos de muerte al sueño, y sin embargo es el despertar lo que nos mata, y destruye esos espíritus que son la casa de la vida” (Religio Medici, 2ª P. Sec.12).

¿Será casualidad que todas estas ‘salidas de emergencia’ estén firmadas con el nombre de pila de Hyde?