5 de marzo de 2005

El aviador

Ocho minutos tardó el señor Aquende en descubrir que el tema de hoy nada tiene que ver con Howard Hughes, ni con la película de Martin Scorsesese, ni con Charles Lindberg o los hermanos Wright. Esto es, una vez más, la sección náutica de ‘Salidas de Emergencia’ así que ¿qué pinta aquí un aviador? ¿Volaba tal vez en hidroavión? Pues algo de eso hay. Déjenme que les cuente, limeños.

Había nacido un diecisiete de septiembre de 1901 en Devon. Con dieciocho años fundó una exitosa sociedad aeronáutica en Nueva Zelanda. Obtuvo el título de piloto y pronto se convirtió en uno de los pioneros de la aviación. Era “un hombre de negocios, y uno de los pocos pioneros del aire, si no el único, que antes de volar en sus propios aviones ganó el dinero necesario apara pagarlos”. Les estoy hablando de Sir Francis Chichester.

En 1929 voló en solitario desde Londres hasta Sidney en su avión, el Gipsy Moth. Fue el segundo vuelo en solitario de Inglaterra a Australia de la historia. Por aquel entonces a Sir Francis le preocupaba dar la vuelta al mundo en su avión y “no veía otra solución que convertir el ‘Gipsy Moth’ en hidroavión, lo que permitiría volar desde el Japón hasta el norte del Canadá”. Ya ven, qué pronto ha llegado el hidroavión.

En 1931 realizó su intento de vuelta al mundo. Voló de Australia a Japón. En el puerto de Katsuura tropezó con los cables telefónicos tendidos y cayó al agua. Este fue el fin de la aventura, pero no de su deseo de dar la vuelta al mundo. Dejémos que sea él mismo quien se explique:

Al pasar los años, el deseo de dar al vuelta al mundo permaneció latente dentro de mi, lo mismo que la semilla del árgoma puede quedar enterrada durante cincuenta años hasta que alguien remueve el suelo y permite la entrada de la luz y el aire. Entonces la semilla germina. Lo mismo me sucedió a mí. Poco a poco, los vuelos fueron perdiendo la atracción de la aventura, para convertirse en simple cuestión de conocimientos técnicos y habilidad del piloto.

Se le ve venir, ¿verdad? En 1953 dejó de volar para dedicarse al mar y las regatas de yates. Reparen en que ya tenía más de cincuenta años, pero había dado con algo que aún mantenía la ‘atracción de la aventura’. Aquí comienza la historia del marino que, en 1960, ganó la primera regata transatlántica en solitario a bordo de un barco que se llamaba, no podía ser de otra manera, Gipsy Moth III (hubo antes un Gipsy Moth II). Véanlo navengado frente a la estatua de la libertad y cruzándose nada menos que con el Queen Elisabeth

Después de mi travesía en solitario del Atantico Norte en 1962, cuando intenté batir el record con mi yate Gipsy Moth III, me di cuenta de que existía una interesante y atractiva manera de circunnavegar el Globo en solitario. Centenares de deportistas habían dado ya la vuelta al mundo, agunos de ellos navegando solos. Casi todos habían seguido la bien conocida derrota de los alisios y empleado unos tres años en el viaje. Pero sólo sabía de ocho yates que lo hubieran hecho doblando el cabo de Hornos. Entonces desconocía que un noveno, el ‘Joshua’, tripulado por Bernard Moitessier y su esposa Françoise también habían doblado el cabdo de Hornos, auinque creo que no dieron la vuelta completa al mundo. Aquel cabo constituía el principal atractivo para mí en un viaje de circunnavgación. Hacía muchos años que lo llevaba en el subconsciente. No sólo me asustaba y espantaba, sino que en realidad creo que llegaba a aterrorizarme. Los relatos de las tempestades sufridas allí eran sencillamente terroríficos, y los barcos perdidos en aquella región son tan numerosos, que su relación jamás podrá completarse.

Con esta idea en la cabeza, Sir Francis empezó a leer todos los relatos que pudo encontrar, “en cada éxito o fracaso había algo que aprender”. De todas estas lecturas salió un fascinante libro, Siguiendo la ruta de los clípers, una selección comentada de relatos de alta mar extraídos de las obras de Francis Drake, Shackleton, Slocum, Smeeton, Dana, Ann Davison, Bardiaux, Basil Lubbock, Bullen, Bombard, Conor O’Brien, Anson, Vito Dumas, Alan Villiers, John Masefield y Joseph Conrad. Sir Francis Chichester escribe en su prólogo: “Leí y estudié tantos cuadernos de bitácora y relatos de navegaciones a lo largo de la ruta de los clípers, que llegué a pensar que conocñia esa ruta mejor que el Atlántico Norte. Encontré algunas historias maravillosas que fueron una delicia de leer y finalmente me di cuenta de que comentándolas, había escrito lo suficiente como para formar la tercera parte de un libro. De modo que decicí reunir el conjunto en lo que constituye este libro, ‘Along the Clipper Way’. Al final, el libro me pareció como la historia de un largo y continuo viaje alrededor del mundo”.

Cuando participó en la regata transatlántica de 1964 decidió utilizarla para probar sus “teorías sobre cuál sería el mejor casco, aparejo y táctica para este viaje alrededor del mundo”. Quedó en segundo lugar, por detrás de otro navegante mítico que ya se hará un hueco en estas páginas, Eric Tabarly. Entonces comenzó a proyectar, junto con John Illingworth la construcción del Gipsy Moth IV.

Por fin, el 27 de agosto de 1966, Chichester zarpó de Plymouth con destino Sidney tras doblar los cabos de Buena Esperanza y Leeuwin. 14.150 millas para un jubilado de sesenta y cinco años. El Gipsy Moth IV arribó a Sidney a las 4:30 de la tarde del 12 de diciembre, casi ciento siete días después. En Sidney pasó siete semanas preparando el viaje de regreso a través del temible cabo de Hornos. El primero de enero de 1967 apareció en el Sunday Times un vaticinio debido a una vidente llamada Marjorie Staves (mucho menos dotada que don Juan, como verán): El navegante solitario Francis Chichester está condenado al fracaso en su intento de navegar alrededor del mundo.Pero regresará a Inglaterra para una de las mayores bienvenidas de nuestra historia. Tendrá que abandonar debido a falta de fuerza física. Esta tal Marjorie creía apostar a caballo ganador con su vaticinio. Tiene su lógica, vean al Gipsy Moth doblando del cabo de Hornos, fíjense en las condiciones de la mar y en la fuerza que debe tener el viento para llevar tan sólo izado ese pequeño tormentín.

Pero la vidente sí acertó en la segunda parte de su vaticinio. El 28 de mayo de 1967 se concentraron millares de personas en Plymouth para recibirle. Su llegada se retransmitió por televisión. El siete de julio del mismo año la reina le invistió publicamente caballero con la espada de Drake. Todo el relato de su viaje pueden leerlo en La vuela al mundo del “Gipsy Moth” (Gipsy Moth circles the world).

Todavía con seteta y un años se atrevió a participar en la cuarta regata transatlántica en solitario. La enfermedad y las tempestades le obligarían a abandonar. Poco después, en agosto de 1972, falleció en el Hospital Naval de Plymoth este hombre excepcional.