4 de marzo de 2005

Fotos

Por lo que se ve, el señor don JPQ está resultando una interesante fuente de inspiración para estas garambainas que les suelto por aquí. Es de agradecer, porque no siempre es fácil mantener la divisa de don Eduardo Torres y escribir siempre, aunque no se tenga nada que decir. Ayer mismo nos contó, para mi total envidia, una comida con la viuda de Helmut Newton en un post en el que también salieron a relucir los nombres de Erich Salomon (el rey de los indiscretos), Weegee y Brassaï. Poco antes había hablado de Richard Avedon.

Siempre me resultó curioso el profundo desconocimiento que en España se tiene de los grandes fotógrafos. Es sorprendente el número de los que jamás han oído hablar de Edward Weston, August Sander o Ansel Adams. Sólo Cartier-Bresson y Helmut Newton consiguieron por aquí una mínima atención informativa y para ello tuvieron que morirse. El caso es que no resulta fácil acceder a la gran fotografía en España. No es imposible, pero el camino no está muy claramente señalizado. Les contaré hoy mi particular sendero aunque las cosas han cambiando bastante desde entonces.

Tenía yo dieciocho años, edad que, como saben, se caracteriza por una infinita curiosidad, una saludable desfachatez y un exagerado orgullo (aprender a vivir debiera ser eliminar la tercera de estas características). Por alguna razón me había interesado por la fotografía y hacía mis pinitos con una vieja Voigtlander 35mm SLR que andaba por casa (cómo la echo de menos, pero llegó un día en que su obturador dijo ‘hasta aquí he llegado’). Autodidacta, como en casi todo, había aprendido a procesar mis fotos (trial and error e inasequibilidad al desaliento). Pero faltaba algo. Entonces llegó el golpe de la fortuna.

Fue por aquella época cuando descubrí una revista, por aquel entonces editada en Madrid, luego se trasladó a Utrera donde parece ser que murió (no hay noticias de números posteriores al año 2001; se puso en marcha una iniciativa para tratar de salvar la revista por lo visto sin éxito). Editada en inglés y español, tiempo después comprobaría que era la única revista española que podía adquirise en el MOMA de Nueva York. Curioso, porque era simplemente una entusiasta iniciativa de un reducido grupo de fotógrafos independientes, entre ellos Joan Fontcuberta, que en 1980 se sacaron de la manga el primer número titulado “Josep Renau- Fotomontaje en España”. Se llamaba Photovision y ni que decir tiene que me convertí en un asíduo lector de la misma.

Cada número era monográfico. Yo recuerdo con especial cariño el número 5, “Poética de la noche”, dedicado a la fotografía nocturna y que contiene un artículo de Enrique Peral titulado: La fotografía nocturna a través de imágenes históricas, en el que se establece la fundamental distinción entre ‘fotografiar la noche’ y ‘fotografiar de noche’. Se trata de un recorrido desde una de las primeras imágenes nocturnas de que se tiene constancia (George N. Barnard, The burning of the Oswego Mills, 1853) hasta el Saint Louis and The Arch de Joel Meyerowitz (1980). Apasionante recorrido que pasa por Alfred Stieglitz, Edward J. Steichen, Ansel Adams, Brassaï, Weegee, Robert Frank, William Klein o Garry Winogrand. Me encantaría reproducírselo aquí entero pero la legislación y la pereza me lo impiden. Además, debo continuar con mi historia.

Por aquel entonces, a los dieciocho años, era costumbre entre los que podían permitírselo, sacarse el permiso de conducir. A mí no tardó mucho en írseme la idea de la cabeza. Ocurrió el día en que descubrí en un rincón de los anuncios clasificados del periódico un pequeñísimo aviso con el logotipo de aquella revista. Anunciaba un curso de fotografía. En pagar aquel curso se fue el importe de mi permiso de conducir.

Por regla general los cursos de fotografía suelen ser un batiburrillo de informaciones técnicas con escasa preocupación por la estética fotográfica. Es lógico, es lo que demanda el alumno medio, maravillado por la miriada de botoncitos y controles de su reluciente cámara nueva. Pero este no era el caso de este curso. Para decepción de unos cuantos, el primer día se rogó al alumnado que prescindiera de su cámara. Se insistió en que no hacía falta una cámara último o penúltimo modelo para tomar fotografías. De hecho, se nos pidió que construyéramos nuestra propia cámara para que comprobáramos que la cosa no resulta tan dependiente de la teconología. En efecto, nuestra primera foto en aquel curso había que tomarla en una cámara ‘pinhole’ (nombre mucho más bonito que ‘cámara estenopeica’) de construcción propia. Yo utilicé una vieja caja metálica de galletas para construir la mía. A pesar de que tengo tendencia a guardar toda clase de cachivaches no la conservo, ni tampoco el paisaje que obtuve con mi primera exposición. Una pena porque me habría encantado colocarlo aquí.

Pero aquel curso tenía otra característica que lo diferenciaba de lo que se estilaba y se sigue estilando. Incluía una sesión de dos horas semanales sobre Historia de la fotografía a cargo precisamente de Enrique Peral, por entonces responsable de la Biblioteca de la Real Sociedad Fotográfica de España. Aquellas dos horas semanales viendo sin cesar imágenes, formando la mirada, fueron, sin duda, lo mejor de aquella aventura. Y eso que el profesorado no era precisamente un elenco de cualquieras, allí daban clase Rafael Levenfeld, Antonio Tabernero,... el workshop de fotografía de moda lo impartió Javier Vallhonrat, creo recordar que hubo otro sobre el Sistema de Zonas por el heredero español de Ansel Adams, Manolo Laguillo.

De mí no consiguieron hacer un buen fotógrafo, pero me enseñaron a disfrutar la fotografía y por ello merecen este modesto y humilde homenaje que les hago hoy aquí. La escuela de fotografía sólo duró dos años. Todo lo bueno parece condenado a ser efímero.

Así que a cuenta de todo esto ando planteándome abrir otra sección fija de las ‘Salidas de Emergencia’. Cada viernes un fotógrafo, ¿qué les parece? Claro que como siga abriendo secciones fijas me voy a quedar sin espacio para mis desvaríos habituales. Quizá fuera mejor idea, algo así como ‘cada segundo viernes de mes un fotógrafo’. En fin, ya me contarán. La última palabra, como siempre, es suya, aunque ya me tienen acostumbrado a tratar en los comentarios cualquier cosa menos aquella que les traigo (casi) cada día.