30 de marzo de 2005

Fragmentos enciclopédicos

No hace mucho, cuando el señor borgeano todavía no andaba secuestrado por sus obligaciones, se planteó por estos pagos la idea de construir una enciclopedia imaginaria inspirada de alguna forma en Tlön y Uqbar. Comprenderán que una cosa así es tarea hercúlea que excede en mucho las modestas pretensiones de este blog. Sin embargo, he de confesarles que el ‘género enciclopédico’ siempre ha despertado mi interés por muchas razones. Les expondré hoy algunas de ellas. Si a esto añadimos mi precaria situación financiera actual entenderán que hoy me mueva un doble propósito. El primero, obviamente, es asumir mi compromiso dirario con ustedes. El segundo, hacer una llamada a los señores de Espasa, Larousse, y demás para ofrecerles la posibilidad de aprovecharse de mi trabajo por cuatro perras. Hablemos de enciclopedias.

Quizá el primer elemento fascinante de las enciclopedias, aquel que aparece hasta en mis más lejanos recuerdos infantiles, es que están pobladas por innumerables personajes de los que ya nadie tiene noticia. Personajes que sólo perviven en esas páginas, de los que ya nada saben ni siquiera sus herederos directos. No me refiero a los grandes nombres que todos conocemos, cuyas entradas en la enciclopedia pueden considerarse verdaderos palacios, sino a esos otros que tienen su rinconcito enciclopédico reservado pero pasan desapercibidos, aquellos que residen en su pequeño apartamento y no reciben visitas salvo por casualidad o error. Hablo de los que han pasado a la posteridad en el más estricto anonimato, por paradójico que esto suene. Abramos la enciclopedia por una página al azar y leamos. Seguro que todos nos hemos encontrado alguna vez con algo así:

Larson (Harald Olav). Entomólogo noruego (Stavanger, 1876 – Trondheim, 1947) Pionero de los modernos estudios sobre la mosca doméstica, que inició gracias a las escasas condiciones higiénicas del domicilio familiar. En 1903 descubrió la trigémino-rótula, característica endémica de la articulación posterior izquierda de la mosca local. Sus especiales conocimientos fueron aprovechados por el mando invasor durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Acusado de colaboracionista, finalizó sus días en Trondheim a la espera de juicio.

En qué poco se queda toda una vida de dedicación y estudio, ¿verdad? Pero la pregunta metafísica es otra: ¿por qué este señor aparece en la enciclopedia y, sin embargo, no aparece este otro?

López-Quiroga (Osvaldo Arístides). Escafandrista chileno (Valparaíso, 1912 – Punta Arenas, 1983) Señera figura del buceo en aguas gélidas, perfeccionó alguna de las innovaciones debidas al comandante Jacques Cousteau, tales como el traje de neopreno con forro interior de piel. También se le deben algunas aportaciones originales, como la bufanda submarina. Gozó de cierta fama por sus fracasados intentos de bucear bajo un iceberg. Tras unas breves apariciones públicas para promocionar una marca de pañuelos de papel, falleció completamente olvidado.

En alguna oscura oficina los enciclopedistas profesionales deciden con total impunidad la suerte y el destino de todos los hombres: Tú mereces un artículo, tú a la papelera. Y una vez salvada la primera criba nadie puede considerarse a salvo. Esa obsesiva insistencia que tienen los vendedores de enciclopedias en que su producto ‘está actualizado’, oculta una terrible realidad: para incorporar el artículo sobre las elecciones iraquíes que demuestra la ‘actualización’ es necesario desalojar a unos cuantos de estos oscuros personajes. La enciclopedia tampoco puede engordar continuamente. Cada vez que ocurre algún hecho de suficiente entidad como para que los enciclopedistas lo tomen como bandera de sus actualizaciones desaparecen de la posteridad los últimos de la fila. El accidente del Challenger, por ejemplo, desterró a cuatro pintores, dos científicos y un político checoslovaco. El reciente tsunami del sudeste asiático ya tiene condenados a dos filósofos, un santo y un dirigente obrero. Ante la próxima guerra, o catástrofe, o campeonato mundial o festival musical, pregúntense cuántos bailarines o inventores desaparecerán de las enciclopedias. ¿De veras están dispuestos a renunciar a la posibilidad de conocerlos a cambio de algo que ya pueden leer en los diarios?

En todo caso, si analizan friamente el género comprobarán que el primer y más curioso elemento reduccionista de estas enciclopedias se basa en considerar a la persona como la unión de una profesión y una nacionalidad. Bach pasa a ser simplemente ‘compositor alemán’; Maquiavelo es tan sólo un ‘político e historiador italiano’, Solón es sencillamente un ‘legislador griego’ y ya está. Pobres descripciones sin duda. La vida, las personas tienen mucho más vuelo. Todos amaron, odiaron, rieron y lloraron. Se entusiasmaron, quizá con nimiedades y puede que ignoraran asuntos importantes. Quizá un matón les agredió en la escuela o una pizpireta joven rechazó sus románticos requerimientos, creando ambas cosas graves traumas. Puede que les preocupara más una incipiente alopecia que sus más apreciados trabajos. Todo eso, la verdadera persona, queda fuera de las enciclopedias.

En el día de ayer, entre los comentarios, salió a relucir un viejo texto de juventud debido a múltiples manos, entre ellas la de quien esto firma, ‘Corrientes marginales de la filosofía griega’. Releyendo aquellas páginas, ya amarillentas como las viejas partituras de la belle epoque descubrír varias cosas. La primera es que el texto es manifiestamente mejorable y no alcanza los requisitos mínimos para que se lo reproduzca aquí. Lo siento por nuestro amigo Román, de Villahermosa, Tabasco, que mostró su interés por él. Pero también descubrí que los autores de aquel engendro fuimos mucho más respetuosos con la grandeza e infinitud de la vida humana ofreciendo una presentación de los personajes mucho más ‘literaria’ y sugerente que la simple asociación de profesión y nacionalidad (lo que, por otra parte y teniendo en cuenta que todos eran griegos y filósofos, hubiera resultado un tanto reiterativo). Para satisfacción de Román y, quizá, espanto del resto, les dejo aquí algunas de ellas.

Analgésico: hijo de eunuco y meretriz que pronto destacó por sus cualidades para el patinaje artístico.
Anarquímedes: idealista revolucionario cuya principal virtud fue su castidad, que conservó hasta los cinco años.
Largopenes: hijo ilegítimo de un carpintero, nació en un tonel asistido por un pastor.
Halógenes: mendigo cheposo de amplia concepción del mundo.
Sacárido: humilde mulero de la polis de Atenas.

Piensen, en mi desgargo, que un servidor sólo tenía diecisiete años entonces. Ahora, que me he vuelto más ‘enciclopédico’, me enfrento al conflicto de respetar las formas tradicionales a la vez que esa amplitud vital de que les hablo. Pienso, por ejemplo, en entradas como esta:

Caldentey Gómez (Alberto Washington Fernando). Sexador de rinocerontes paraguayo (Encarnación, 1912 – Ouagadougou, 1975) El rechazo de una colegiala llamada Lucía le llevó a las misiones africanas donde aprendió los rudimentos de la que habría de ser su profesión. Dotado de innegables cualidades, sus servicios fueron pronto requeridos por multitud de naturalistas y gozó de gran fama en el continente hasta que los rinocerontes comenzaron a escasear. Tras varios infructuosos intentos de figurar en el Libro Guinness de los Récords como el hombre que más rinocerontes ha sexado en veinticuatro horas se retiró a vivir en estado semisalvaje con la tribu Obembe. Sus memorias, grabadas en tres placas de madera, se publicaron en el boletín parroquial local sin que le procuraran la fama ni siquiera póstumamente.

Quizá no se lo hayan planteado nunca pero yo empiezo a tener claro que esto de las enciclopedias es todo un género. Hay escritores especializados en novelas, otros en relatos breves,... ¿por qué no los hay especializados en ‘enciclopedias’? Les aseguro que yo lo he pasado muy bien escribiendo este post. Quizá me de por ampliar esta enciclopedia y que tiemblen los de Espasa.

Claro que al hilo de lo que propuso en su día el señor borgeano cabría extender la invención a otros ámbitos más difíciles. Al fin y al cabo personas y personajes hay muchos y es fácil que unos cuantos de ellos, por imaginarios que sean, pasen desapercibidos. Países, por ejemplo, hay muchos menos, pero la permanente inestabilidad política del planeta permite inventarse alguno que otro. ¿Y por qué no filosofías, teoremas matemáticos, batallas, expediciones? ¿qué opinan ustedes?