13 de marzo de 2005

La aventura es la aventura

Saben tan bien como yo que al igual que a los marinos les ha dado por escribir, a unos cuantos escritores les dio por navegar. En realidad esto no es del todo exacto porque a algunos de ellos les dio por navegar antes de ponerse a escribir, pero la exactitud tampoco conduce a grandes paraísos. Un buen ejemplo puede ser aquel caballero nacido en 1819 que tras la ruina familiar se vio obligado a trabajar en las más diversas ocupaciones (empleado de banca, mozo de almacén,...) hasta que en la primavera de 1837 embarcó como grumete en el Highlander un mercante que cubría la línea Nueva York-Liverpool. En 1841 volvió a la mar, esta vez en un ballenero llamado Acushnet del que desertó a los dieciocho meses en las islas Marquesas. Tras una estancia de un mes entre los caníbales fue rescatado por un ballenero australiano, el Lucy Ann, en el que se produjo una suerte de motín que acabó con nuestro futuro escritor en prisión en Tahití. Deben reconocer que con una vida así, convertirse posteriormente en escritor debe resultar mucho más fácil que si lo intentáramos ustedes o yo. Estas experiencias fueron el material de sus dos primeras novelas Typee (que debe leerse como debería haberse escrito, Taipí) y Omoo (tres cuartos de lo mismo, Omú). Francamente divertidas, pícaras y recomendables. Me imagino que saben de quien les hablo, alguien que sabía bien lo que es un ballenero y que acabó construyendo el más famoso de la historia, el Pequod (alguien debería explicarnos por qué la actual operación en curso contra las mafias de blanqueo de capitales en Marbella se llama Ballena Blanca).

Otro notable escritor con pasado marítimo es aquel polaco llamado Korzeniowski nacido en Berdiachev en 1857 (si recuerdan aquel metafinal de Cabrera Infante del que les hablé hace días, les hago notar que el capitán de aquel barco era ‘Josef Teodor Achabowski, nacido en Korzeniev en la Ucrania rusa, entonces bajo dominio polaco’), que tuvo que abandonar su país tras la ocupación rusa y que acabó siendo un experimentado capitán de la marina mercante británica antes de dejar el mar para dedicarse a las letras con un nombre que no era el suyo, en un idioma que no era el suyo y que acabó siendo más suyo que el de muchos angloparlantes de hoy en día.

Dado que ésta es nuestra habitual sección naútica, supongo que esperarán que les cuente la historia de un experimentado marinero que se propuso y llevó a cabo alguna hazaña increíble. De alguna forma todos los que les he traido por aquí están cortados por ese patrón. Slocum y Voss eran marinos profesionales con muchos días de navegación sobre sus espaldas. Dumas y Chichester llegaron algo más tarde a la vela, con ánimo deportivo, pero cuando realizaron sus proezas sabían muy bien lo que hacían. Moitessier es caso aparte, pero desde niño había estado a bordo de un barco. Los escritores que no les he mencionado antes también eran experimentados marinos y ya tendrán aquí su día, que no será hoy. No puede decirse, a la vista de estos ejemplos, que este tipo de empresas esté al alcance del común de los mortales. ¿Podría cualquiera de ustedes plantearse hacer algo así?

Supongan, por ejemplo, que no tienen ni idea de navegación, ni mucho menos de construcción naval. ¿Se atreverían a construir un barco y zarpar en él para surcar los mares del mundo? Parece que no cabe en cabeza alguna una idea semejante. Y sin embargo hubo una vez una cabeza en la que cupo; una cabeza peculiar, sin duda, en la que por lo visto cabían muchas cosas. Hoy les contaré alguna que otra cosa sobre esa cabeza y el resto del cuerpo que la acompañaba.

Un 12 de enero de 1876 Flora Wellman, una madre soltera, daba a luz un niño en el 615 Third Street de San Francisco. Es nuestro protagonista de hoy, que ya de niño tuvo que trabajar en una fábrica con jornadas de dieciséis horas. Su principal defecto fue la afición por la lectura, pernicioso vicio que le llevó a intentar las más curiosas aventuras. Finalmente acabó escribiendo y, desde el primer momento, su éxito fue enorme. Se impuso un ritmo de mil palabras diarias, cosa que yo no sabía cuando tomé la misma decisión no hace mucho. En 1905 fue corresponsal de guerra en el conflico ruso-japonés. Su regreso de esta guerra señala el comienzo de nuestra historia de hoy. Por entonces ya se había separado de su primera mujer, Bessie y se había casado con la segunda Charmian.


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Todo empezó en la piscina de Glen Ellen. Entre nuestros chapuzones nos gustaba tumbarnos en la arena y dejar que nuestra piel respirase el aire cálido y se tostase al sol. Roscoe era un navegante. Yo no sabía demasiado acerca del mar pero era inevitable que hablásemos de barcos. Hablábamos de barcos pequeños y de la gran navegabilidad de estas embarcaciones. Solíamos comentar el viaje de tres años alrededor del mundo realizado por Joshua Slocum a bordo del ‘Spray’.

Este caballero no tenía blog con sistema de comentarios pero más o menos vino a ocurrir lo que ha sucedido aquí. Poco a poco se conformó una tripulación decidida a intentar una aventura similar, sólo que estos lo decían en serio: este tal Roscoe y la mujer de nuestro protagonista, Charmian. Podrían parecer locos, juzguen ustedes mismos: Resulta que Roscoe, que es mi co-navegante, es un acólito de un tal Cyrus R. Teed. Y resulta que Cyrus R. Teed cree en una cosmología totalmente diferente a la globalmente aceptada, y Roscoe comparte sus ideas. Por lo tanto, Roscoe está convencido de que la superficie de la tierra es cóncava y que nosotros nos encontramos situados en la cara interna de una esfera hueca. De modo que, dado que navegaremos en el mismo barco....Roscoe estará dando la vuelta al mundo recorriéndolo por su cara interna mientras que yo estaré recorriéndolo por la cara externa. Como para dejar en manos de este navegante los cálculos náuticos para establecer la posición de la embarcación, ¿no creen? De hecho, y aunque suponga adelantarme a los acontecimientos, aquí tienen a Roscoe intentando aprender a manejar un sextante.


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A ninguno de ellos le pareció importante el hecho de que no supieran nada de construcción de barcos. Se pusieron manos a la obra inmediatamente y gastaron una verdadera fortuna procurando que todo fuera de la mejor calidad, procurando entre otras cosas que fuera “el barco más estanco y resistente de cuantos surquen los mares”. Finalmente, con bastante retraso sobre los planes iniciales zarparon en abril de 1906 sin haber terminado la construcción al completo (llevaban, por ejemplo, el motor sin instalar) y sin llevar ningún verdadero navegante a bordo, aprendiendo sobre la marcha. Veintisiete días después, para sorpresa general, llegaron a la isla de Oahu, en Hawai donde acabaron de construirlo además de aprender a hacer surf.

El diseño del barco no fue muy exitoso que digamos. Nunca fue estanco, no era capaz de orzar, ni aproarse. Nada que a nuestros tripulantes les echara para atrás, por otra parte, que navegaron durante dos años por el Pacifico Sur visitando las Marquesas, las islas de la Sociedad, las islas Salomon hasta que una misteriosa enfermedad en las manos de nuestro escritor les obligó a regresar a California. Les hablo de Jack London y del El crucero del Snark que pueden leer aquí .

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En el relato de este viaje, a la llegada a las Marquesas, Jack London recuerda la estancia de nuestro ballenero entre los caníbales: ...el valle de Typee. En la carta estaba señalizado como Taipí, pero yo prefiero seguir llamándolo ‘Typee’ y pienso seguir llamándolo así. Cuando yo era pequeño leí un libro que tenía ese título...y pasé muchas horas soñando entre sus páginas. Pero no todo eran sueños. Decidí entonces que, fuera como fuese y pasara lo que pasase, cuando me hiciese más fuerte y tuviese algunos años más, yo también viajaría a Typee. Ya les dije que leer es vicio pernicioso que sólo trae problemas. Tengan mucho cuidado con lo que leen.

P.D. Si debe decirse Taipí y no Typee es sencillamente porque los polinesios han tenido la amabilidad de usar un idioma con sólo cinco vocales (a, e, i, o, u, para más señas) cuya pronunciación coincide exactamente con la de nuestro viejo español.


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Informe sobre el relato colectivo

El primer turno continua su curso. Debo anunciarles que ya se ha producido el primer salto de turno por falta de respuesta. Estén más atentos, por favor. Por otra parte se ha recibido una solicitud para modificar un adjetivo que la comisión reglamentaria está estudiando en estos momentos. Se informará sobre su decisión.