6 de marzo de 2005

La isla del tesoro

Si creen que Jim Hawkins es el único en haberse embarcado en busca de un tesoro escondido en una isla están equivocados. Al menos otra persona ha hecho lo mismo. Se la presentaré hoy, su nombre es John Claus Voss.

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Nació en 1858 en Suecia, aunque se nacionalizó canadiense. Su vida de navegante comenzó en 1877 y ocupó todo tipo de puestos, “desde grumete hasta capitán”. En 1897, cuando ya era un renombrado capitán, se presentó ante él un tal señor Haffner en el hotel Queen’s, en Victoria. Llevaba un carta de presentación de un viejo amigo del capitán. Decía así:

Querido John:
Te sorprenderá saber que me encuentro en mi lecho de muerte. Sí, querido amigo, en este momento estamos muy lejos, mar afuera en el océano Pacífico y nunca más podré volver a ver tierra, sino que me sepultarán en el mar como a un perro y el Pacífico será mi tumba.
El portador de este misiva es el señor George Haffner, quien conoce la ubicación del gran tesoro que yace en la isla del Coco. Confía en él y te hará rico. Te ruego que saludes en mi nombre a todos mis viejos amigos. Tu amigo Moribundo.
Jim Dempster

Les aseguro que nada de esto es fruto del trabajo de los brownies de Stevenson. Ocurrió tal y como lo están leyendo. Sin embargo, tras algunos intentos por encontrar un barco adecuado, Haffner decidió dejar de lado a Voss e intentarlo de forma más segura poniéndose en manos del almirante Pallister y zarpando en su buque insignia Imperieuse escoltado por un crucero. Tres meses después de su partida Voss recibió una carta de Haffner.

Querido Voss:

Debo admitir que siento muchísimo no haber aceptado su consejo con respecto a la goleta de cien toneladas y las ventajas de su compañía para un viaje a la isla del Coco, pero usted sabe que en ese momento estaba seguro de que me convenía servirme del buque de guerra.
Lamento decir que la travesía resultó un fracaso completo, puesto que nunca habría podido hacer uso del tesoro después de haberlo embarcado en el ‘Imperieuse’.
Un día, durante el viaje de ida, un oficial me interrogó sobre el tesoro y me preguntó qué se haría con él cuando estuviera a bordo, y cuando le dije: “Será llevado a Victoria”, replicó que un tesoro como ése, una vez embarcado en un buque de guerra británico, debería ser entregado por el almirante al gobierno británico, que a su vez lo devolvería a su legítimo dueño; por ejemplo, el gobierno costarricense.

La carta continuaba describiendo como Haffner indicó incorrectamente el lugar donde había que buscar el tesoro hasta que se cansaron de buscar y partieron hacia Acapulco.

Debo reconocer que los ingleses son buena gente, pues no tomaron el asunto a la tremenda. Si les hubiera jugado esa mala pasada a los americanos, estoy seguro de que me habrían hecho pasar por debajo de la quilla primero y colgado luego de la verga mayor, y acto seguido me habrían metido doce balas en el cuepro, después de lo cual me habrían ahogado para asegurarse de que estaba muerto
Pues bien, mi querido amigo, por la presente le repito el ofrecimiento que le hice en Victoria. Venga tan pronto como le sea posible con el barco que considere apropiado, y partiremos enseguida hacia la isla del Coco, sacaremos el tesoro y cargaremos a bordo tanto como se pueda transportar sin riesgo. Si no podemos llevárnoslo todo de un golpe, dejaremos el resto en la isla y haremos un segundo viaje, pues donde ahora se encuentra quedará enteramente a salvo.
Le ruego me responda lo antes posible al Correo Central, Acapulco, México.
Atentamente,
G. Haffner

Voss sólo consiguió hacerse con un pequeño Sloop de diez toneladas llamado Xora. El cinco de julio de 1898 partió junto con dos amigos, Mac y Hahn, sin hacer referencia al verdadero motivo de su viaje y despachándose como yate de recreo. Pero al llegar a México descubrieron que Haffner había fallecido en Acapulco. A pesar del contratiempo, decidieron proseguir sólos: ¿Qué sentido tenía haber recorrido todo este camino para dar media vuelta cuando la isla del Coco sólo estaba a 1.800 millas? Por otra parte, tenía el plano de Haffner de la isla impreso en mi mente y estaba seguro de poder recordar las marcas que conducían al tesoro.

Al llegar a la isla del Coco fueron recibidos por el señor Giesler, gobernador de la isla, y su esposa. Giesler les preguntó nada más llegar, “¿vienen por el tesoro, no?” Ni que decir tiene que no consiguieron más que una agradable estancia en compañía de los Giesler antes de regresar. Pero gracias a la travesía del Xora Voss recibió en 1901 otra original propuesta. Un periodista canadiense llamado Luxton le preguntó si creía poder realizar un viaje alrededor del mundo en una embarcación más pequeña que el Spray del capitán Slocum.

- ¿Cuánto desplazaba el Spray? –inquirí.
- Unas doce toneladas –respondió Luxton
- Bueno, creo que podremos mejorarlo –dije.
- Hay cinco mil dólares en juego, de los cuales recibirá dos mil quinientos si cruzámos los tres océanos –me dijo Luxton- y, además, publicaré un libro ilustrado después del viaje. A usted le tocarán la mitad de los derechos de autor.
- ¿Entiendo, señor Luxton –dije–, que tiene usted intenciones de participar en la travesía?
- Naturalmente –respondió– . ¿Cómo podría, si no, publicar un libro?
- ¿No me dijo usted que nunca estuvo en alta mar, y que jamás navegó?
Sí. Pero ¿no me dijo usted también que podría conducir solo un barco alrededor del mundo? Ahora quiero que demuestre lo que afirmó. En lugar de hacer el viaje solo, bien podría llevarme con usted, y le doy mi palabra de que haré todo lo posible para ayudarle a manejar el barco.

Aquel barco se llamó Tilikum, un nombre indígena que significa, “amigo”. Tenía 38 pies de eslora, incluyendo el mascarón de proa, y 5,5 piés de manga. En mayo partieron para vivir esta aventura. Luxton no consiguió completar el viaje ni, por lo que sé, su libro. Voss, en cambio, sí escribió Cuarenta mil millas a bordo del Tilikum. En este relato se cuentan todas las peripecias del viaje, algunas de ellas trágicas, como la pérdida de un tripulante barrido de la cubierta por una gran ola.

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Tras su circunnavegación, Voss pasó unas años en embarcaciones dedicadas a la caza de focas hasta que en 1912, mientras estaba fondeado en Yokohama, un par de jóvenes desconocidos le propusieron otra vuelta al mundo en un pequeño yawl de 7,65 metros de eslora, el Reina del Mar. El barco, y Voss con él, se haría famoso, pero no por realizar una nueva circunnavegación sino por atravesar un tifón frente a las costas de Yokohama nada más partir y regresar a salvo.

Aquí tienen otro marino excepcional. Todos sus viajes se encuntran recogidos en el volumen Los viajes del capitán Voss. Me parece que la despedida de este libro puede ser la mejor despedida para esta sección náutica que regresará la semana que viene.

La llamada del mar es difícil de resistir. Las olas azules y las brisas sibilantes tienen un encanto infinito para quien haya pasado la vida en su compañía. Y aunque demanden mucho esfuerzo y den poco rédito, eso no cambia nada. Como ya he dicho, estoy avanzado en años pero aún me siento con la fortaleza y la confianza como para aventurarme en otro crucero. Tengo ansias de visitar viejos lugares y de volver a estrechar la mano de antiguos amigos. Si la fortuna me favorece y puedo llevar a cabo ese deseo, estaré listo para concluir la vida como viajero del mar. Y a todos aquellos para quienes el océano no es un desierto estéril, sino fuente de vida y de alegría total, les deseo de todo corazón mucha suerte y buenos vientos.