29 de marzo de 2005

Lecciones de filosofía en dos patadas (y II)

(Este texto es la continuación del publicado ayer con el que forma una unidad indisoluble no comprendida por el servidor de blogger. Por razones ajenas a la voluntad del que esto escribe ha sido necesario dividir esta importante contribución cultural en dos partes. No obstante recomendamos encarecidamente que se lean ambas seguidas y del tirón, exactamente tal y como fueron concebidas. Disculpen las molestias).

Cuando se produce una bifurcación de esta magnitud, no queda más remedio que la aparición de una figura fuera de serie, de excepcionales cualidades, capaz de volver a llevar todas las aguas a un mismo cauce. Lamentablemente, ésta no apareció y en su lugar llegó el señor Kant, que se propuso explicar el universo al completo sin salir de su pueblo. Si ese pueblo, en lugar de Könisberg (luego Kaliningrado, luego Könisberg, y ya veremos cómo se llama después), se hubiese llamado Matalascañas de Arriba (que siempre se llamó así) mucho nos habríamos ahorrado. Los principales hallazgos de Kant fueron dos. El primero, un título fácil de imitar, que ha servido para explicar la filosofía como “crítica de la razón publicitaria”, para hablar de Cortázar como “crítica de la razón pragmática”, para tratar la “razón histórica” e incluso para enfrentar la “razón inerte” a la “razón erótica” (los ejemplos son infinitos, véan este, o éste otro).


La segunda de las aportaciones de Kant es asaz interesante, aunque quizá resulte algo técnica para esta breve introducción: la afirmación de la existencia de juicios sintéticos a priori. Recurriré a uno de los ejemplos propuestos por el propio Kant, puesto en forma de diálogo para hacérselo más llevadero y, de paso, honrar al dramaturgo Platón:

KANT: La recta es la distancia más corta entre dos puntos
EDUARDO: ¿Me lo dice por experiencia?
KANT: Nooo, se lo digo porque me ha ‘pasao’.
EDUARDO: Qué le va a haber pasado a usted si nunca ha salido de su pueblo.
KANTo: Lo que yo le diga, oiga.

En otras palabras, Kant se propuso negar el empirismo de Hume con un argumento de una lógica aplastante que, traducido al lenguaje llano viene a ser: el empirismo de Hume es falso porque lo digo yo.

A todo esto llegó el señor Hegel con una curiosa apreciación. Cuenta la leyenda que una vez se miró al espejo y se dijo, gracias a que yo soy tan feo otros pueden llamarse guapos. Como era alemán, a eso lo llamó dialéctica y le dio para ganarse la vida. Comprender a Hegel no es fácil, queridos lectores. Por ello he visto la posibilidad de negocio y detendré aquí mi exposición sobre su obra. La próxima vez que vean a una persona luciendo una chapita diciendo ‘Yo he entendido a Hegel, pregúnteme cómo’, háganlo y les venderá un ejemplar de mi método a muy buen precio.

Por seguir un cierto pero innecesario orden lógico conviene hablar continuación de Karl Marx, el hombre que vivió la dialéctica hegeliana en sus propias carnes. Sólo así puede explicarse cómo pudo espantarse ante la explotación del hombre por el hombre mientras aprobaba sin contemplaciones la explotación de un hombre (Friedrich Engels) por otro hombre (el propio Marx). Así, Engels, empresario él, se adueñaba ilegítimamente de la plusvalía que generaban sus empleados y Marx se adueñaba de la ilegítima plusvalía de Engels en beneficio de la liberación del proletariado. Todavía se discute sobre si esto constituye parasitismo o simbiosis.

Marx fue el inventor del hombre-objeto, mérito que en los tiempos que corren no suele reconocérsele. Los más jóvenes quizá no recuerden que no hace mucho era sencillo escribir un sesudo tratado de seiscientas páginas sobre las sutiles diferencias entre los conceptos de cosificación, extrañamiento y alienación. A día de hoy la habilidad para marear la perdiz durante horas sobre una ínfima cuestión sólo se conserva entre los guionistas de las teletiendas nocturnas, capaces de escribir el mismo número de páginas sobre un pelapatatas automático.

Al amigo Marx hay que reconocerle, de todas formas, cierto gracejo en el insulto que en los tiempos que corren se echa de menos en nuestros políticos. De alguna manera, el último marxista fue don Alfonso Guerra y tampoco puede decirse que siempre estuviera a la altura de su maestro. Cuando don Alfonso llamó a don Adolfo Suárez “tahúr del Mississipi”, no pude evitar oir los ecos de don Karl Marx llamando “pigmeo de la economía” a Bastiat (El Capital, Cap. I). Por último, no está de más recordar que Marx, en sus tiempos de estudiante presidió la «Unión Estudiantil Treverina de Amigos de la Juerga». La relación entre este episodio y el desarrollo posterior de los acontecimientos está todavía pendiente del juicio de la historia.

Tanto Marx como Hegel compartían una peligrosa idea, la fé en el progreso, una cierta idea de que la Historia se desarrolla ‘hacia delante’ (hacia lo que ellos denominaban ‘adelante’, pero es lo que tiene subierse sobre los hombros de los gigantes, que mire uno para donde mire, siempre parece hacia adelante). Esto no es más que otra consecuencia perversa de su afición por esta lacra llamada filosofía que desde Platón viene colocando las ideas por encima de las cosas, las cosas por encima de los hombres y los hombres por encima de las mujeres. Los seguidores de Marx han sido muy diversos y sólo tienen en común el no seguir a Marx en absoluto.

Sé que se me han quedado en el tintero muchas otras verrugas filosóficas: el estructuralismo o cómo explicar la catedral de Burgos a partir del andamio que la rodea; la filosofía posmoderna, el llamado ‘pensamiento débil’, que no da muestras ni de debilidad ni de ser pensamiento; la mónada (con acento) de Leibniz, que es una verdadera monada (sin acento); la fascinante idea heideggeriana de que sólo se puede filosofar en alemán, o, lo que es lo mismo traducido, con sus limitaciones, al español: ‘en alemán se te ve menos el plumero, chaval’; el empeño de Bergson en no entender la Teoría de la Relatividad de Einstein aunque se la explicaran en alemán o en esperanto; las extrañas circunstancias que perseguían a tanto a Ortega como a Gasset; la necesidad popperiana de que sólo pueda ser verdad lo que pueda ser mentira con excepción de las ideas de Popper; y tantas otras. Sólo si demuestran ustedes verdadero interés me encontrarán dispuesto a desarrollar aquí con detalle suficiente tan abstrusas materias para su mejor instrucción y deleite. Y paro aquí, que he escrito todo esto de corrido y ya me va faltando el aire.