28 de marzo de 2005

Lecciones de filosofía en dos patadas

Es probable que su capacidad para explicar la economía en dos tardes, le costara al señor Jordi Sevilla la cartera de economía. No se puede consentir que alguien con tanta facilidad para penetrar los más insondables arcanos acceda a los más sensibles resortes del estado. Me voy a permitir hoy un ejercicio similar, explicarles la filosofía, no en dos tardes sino en dos patadas que para el caso viene a ser lo mismo. Quizá con ello me ahorre algún que otro doctorado honoris causa por la Universidad de Heidelberg.

La filosofía se cuenta entre los peores males de la humanidad. Siempre ha gozado de muy mala prensa pero jamás nos hemos conseguido librar de ella, ni siquiera en los planes de estudio. Cuando parece que la felicidad está al alcance de la mano siempre aparece algún indeseable con eso de ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Está bien robar para comer? ¿Y comer para robar? Vanos interrogantes cuyo único efecto es enquistar esta perniciosa disciplina en lo más hondo de nuestros corazones.

¿Se imaginan un congreso de físicos debatiendo sobre qué es la física? Los filósofos todavía siguen sin ponerse de acuerdo sobre qué es su disciplina, ni siquiera sobre si ésta existe (claro que tampoco se ponen de acuerdo sobre qué puede ser la física o un congreso de filosofía). Abandonaré tan estéril camino para hacerles un repaso, necesariamente sucinto y parcial, de la historia de la filosofía con la nada secreta esperanza de que abandonen toda esperanza (una salus victis: nullam sperare salutem). Si encuentran algo de interés en lo que sigue prometo plantearme desarrollar la cuestión en un futuro y colocarles aquí un curso de filosofía en condiciones. Por el momento se tendrán que conformar con esto.

Decir que la filosofía comenzó con el paso del mito al logos es como decir que la filosofía nació el día en que nació. Es afirmación que no aporta nada. Para entender claramente por qué la filosofía nació en la grecia clásica es necesario darse cuenta de que por aquel entonces no se había inventando el fútbol. Los griegos, muy dados al fanatismo deportivo, al no encontrar un Panathinaikos o un Olympiakos al que animar, e incapaces de inventarse otro deporte que no fueran las guerras o los juegos olímpicos, inventaron la filosofía para darse el gusto de formar hinchadas.

Aparecieron así los pitagóricos, los estoicos, los cínicos, los epicúreos, los más variados grupos de hooligans que despertaban grandes pasiones similares a las que vemos hoy en los estadios. Un hecho sorprendente que sin embargo ha llamado poco la atención de los estudiosos e historiadores de la filosofía es que muchos de estos precursores adoptaran el nombre de “Presocráticos”. ¿Cómo sabían de la posterior llegada de Sócrates? ¿Gozaban acaso del don de la clarividencia?

La filosofía siempre ha estado reñida con las más elementales normas de higiene. Desde sus inicios. No es necesario recurrir al archiconocido ejemplo de Diógenes para demostrar esta afirmación. Basta, por ejemplo, recordar a cierto oscuro filósofo efesio que encontraba serios problemas metafísicos para bañarse (de ahí ad-efesio, claro). No obstante, a pesar de esta falta de higiene, los filósofos supieron reproducirse como ninguna otra especie. Florecieron por todos los rincones y proclamaron las teorías más variopintas. Una tradición que merecería ser verdadera narra la muerte de Parménides arrollado por un tren de mercancías mientras intentaba negar el movimiento. Otra, no menos digna, sitúa a Heráclito, aquel efesio que escribía fragmentariamente, en el kilómetro setenta de la Nacional III en pleno Domingo de Resurección a las seis de la tarde, en pleno atasco kilométrico, inventándose aquello de que todo es movimiento. Algunas malas lenguas gustan de señalar la importante contribución del vino a la idea de Tales de que el agua era el principio de todas las cosas. Leucipo y Demócrito se sacaron de la manga el átomo, una cosa tan pequeña que costaba creer que a partir de ella pudieran obtenerse filósofos de la talla de Leucipo y Demócrito.

En esto llegó el tal Sócrates, un filósofo dispuesto a no dejar pistas ni al más avezado de los C.S.I. Pensó inocentemente que bastaba con no dejar nada escrito para que no pudiera acusársele de nada. Craso error. Como bien señaló don Eduardo Torres su afirmación, bien documentada, de que “no sabía nada” le valió el título de filósofo más ignorante de la historia. Algo más avispado, su discípulo Platón pretendió tan sólo haberlo olvidado todo. Gracias a ello goza a día de hoy de mucho mayor crédito.

Platón no encontró en su tiempo muchos opositores. Ello probablemente se debiera a su apodo, que literalemente significa ‘el de las anchas espaldas’, aunque más que al apodo se debía a las propias espaldas, que desanimaban a cualquiera dispuesto a debatir (quizá el único que hubiera podido enfrentarse a él en igualdad de condiciones fue Cleantes ‘el asno’, aquel discípulo de Zenón que había sido boxeador en su juventud, pero cometió la torpeza de nacer dieciséis años después de la muerte de Platón). A su sucesor, Aristóteles, debemos entre otras cosas una concepción del análisis que todavía pervive en los capítulos de Sesame Street (Barrio Sésamo para los de aquí) y que permite distinguir un cuadrado rojo de un círculo azul. Con esto sé que no le hago justicia, pero es que hoy no he venido aquí a repartir justicia.

Entre la gloria de los equipos griegos y la llegada del Renacimiento floreció la escolástica cristiana. Monjes y frailes dedicaban su tiempo a partes iguales a inventar nuevos licores de destilación y a poner ideas y palabras en boca de otros por lo que pudiera pasar. Ambas cosas se alimentaban mutuamente. Anduvieron especialmente preocupados por dejar clara la grandeza de Dios metiéndose en jardines un tanto peligrosos para la época. Cosas como: Si Dios lo puede todo, ¿puede acabar consigo mismo?; ¿Es el lagarto carne o pescado? y cosas por el estilo.

La cosa llegó a un punto tal de delirio que empezó a vislumbrarse la necesidad de una aproximación algo más metódica. Con el descubrimiento del ‘Método’ llegamos a una de las principales bifurcaciones del sendero filosófico: unos se decantan por aplicar el ‘método’, otros por hablar de él. En el colmo de la egolatría, don Renato Descartes se empeñó en hablar de sí mismo intentando hacerlo pasar por un problema general. Podía haber demostrado la existencia del Rey Luis XIII de Francia o incluso la de su vecino de enfrente, pero no, eso no era suficiente para el señor Descartes, no. Tenía que demostrar su propia existencia. La próxima vez que ante una ventanilla administrativa les exijan una ‘Fé de Vida’ esto es, acreditar que están vivos, que existen, recuerden que tan surrealista situación se debe a la perniciosa influencia de estas ideas.

Lo curioso es que para demostrar su propia existencia, don Renato se valio de uno de los argumentos más endebles que se han conocido jamás. En la ventanilla de la “Fé de Vida” todavía se estarían riendo si alguien les llegara con algo así: Pienso luego existo. Se ha querido argumentar que la única formulación válida habría sido: pienso luego pienso que existo. Nuestros funcionarios seguirían riéndose con algo semejante, conscientes de que la verdadera validez lógica está reservada a la afirmación tautológica: pienso luego pienso; afirmación a la que contestarían con mucha mayor lógica todavía: pues piense usted en otro sitio, ¿no ve que hay cola? Y vuelva usted mañana y traiga la Fé de Vida o no tiene nada que hacer aquí, la póliza de huérfanos es voluntaria.

Si les parece que no hay forma más egoísta de plantearse la filosofía es que no han oído hablar del empirismo, corriente paralela basada en el conocido principio de Si no lo veo no lo creo que, de alguna manera, ya fue prefigurado por el apóstol Tomás, el mellizo. La figura más destacable de todo este planteamiento es David Hume (gracias al cual, la palabra Hum, en inglés significa, ‘zumbido’ y al colibrí, picaflor o pájaro-mosca se le conoce por aquellos pagos como humming-bird). El señor Hume, ilustre precursor de Expediente X, estaba convencido de que “la verdad estaba ahí fuera” y de que un dia de estos le entraría por los ojos o por las orejas (no vayan más allá, que no se planteó más orificios). Nunca se cansó de esperar a que ocurriera.


(FIN DE LA PRIMERA PARTE, BLOGGER NO PERMITE POSTS TAN LARGOS. MAÑANA MÁS)