20 de marzo de 2005

Nueva Citerea o la aventura del Pacífico

Uno es de natural pacífico y supongo que por eso ha tirado siembre hacia el Pacífico, ese océano ‘descubierto’ por Vasco Núñez de Balboa y atravesado por primera vez por Francisco de Magallanes en aquella primera circunnavegación completada por Juan Sebastián Elcano. Muchas son las historias y leyendas que encierra el Pacífico, entre ellas la opinión, compartida por tantos entre los que me cuento de que contiene el paraíso, los legendarios ‘mares del sur’. Permítanme hoy que, en fecha tan significada, no dedique hoy esta sección náutica a un marino concreto sino a ese destino mítico que para muchos es algo más que un sueño.

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Comprenderán que repasar aquí la lista de navegantes del Pacífico resultaría muy aburrido, carente de sentido, poco adecuado y falto de interés. No está de más, no obstante, una breve, muy breve, introducción, hasta llegar adonde pretendo llegar hoy.

La exploración del Pacífico puede decirse que comenzó con un curioso personaje, don Álvaro de Mendaña, que arribó a las islas Salomon en 1567 (fíjense si era curioso que su mujer, Isabel de Barreto, era considerada en Filipinas como la Reina de Saba). En 1595 intentó regresar a ellas, pero no consiguió calcular correctamente la latitud (problema que un día de estos me dará para un post) y se las pasó de largo llegando a las islas Marquesas. La relación de estos acontecimientos se encuentra magistralmente expuesta en una novela de Robert Graves titulada Las islas de la imprudencia que no deben perderse. El piloto de Álvaro de Mendaña, Pedro Fernández de Quirós realizó una nueva expedición en 1606 en la que descubrió algunas de las islas Tuamotú (que casi descubrió Magallanes, porque las pasó rozando). Y con esto se cierra prácticamente la aportación ibérica a la exploración del Pacífico Sur. No es gran cosa, como ven.

Bajo pabellón holandés, desde la base establecida en la actual indonesia partió Jacques Le Maire para recorrer las Tuamotú, pero no fue hasta 1722 cuando Jacob Roggeveen avistó la primera de las islas de la Sociedad, Maupiti. No deja de ser curioso que Roggeveen no descubriera más islas, ya que muchas de ellas son visibles desde Maupiti y, desde luego, los nativos sabían de su existencia. Fueron los ingleses los que continuaron la exploración cuando en 1765 el abuelo de Byron el poeta, John Byron descubrió unas cuantas más de las Tuamotú. La cosa siguió en 1767, cuando otra expedición británica la de Philip Cartaret a bordo del HMS Swallow y Samuel Wallis, en el HMS Dolphin perdieron contacto entre sí tras doblar el cabo de Hornos conviertiéndose de hecho en dos expediciones independientes.

Cartaret descubrió la isla de Pitcairn, que poco después se convertiría en refugio de los amotinados de la Bounty. Wallis se convirtió en el primer europeo en arribar a Tahití. Menos de un año después, el siguiente viajero en pasar por allí, Louis Antoine de Bougainville, escribiría lo siguiente: Me enteré por Autorou de que unos ocho meses antes de nuestra llegada un barco inglés había abordado allí. Era el que mandaba el señor Wallis. El mismo azar que nos hizo descubrir esta isla condujo allí a los ingleses mientras nosotros nos encontrábamos en Río de la Plata. Pasaron allí un mes y, a excepción de un ataque que les hicieron los insulares que pretendían quitarles el barco, todo transcurrió amigablemente. He ahí de dónde proviene sin duda el conocimiento del hierro que hemos encontrado en los tahitianos y el nombre de ‘aouri’ que le dan, nombre bastante parecido al nombre inglés ‘iron’, que se pronuncia ‘airon’. Ignoro si los tahitianos, con el conocimiento del hierro, deben también a los ingleses el de las enfermedades venéreas que hemos encontrado allí naturalizadas, como se verá en seguida.

Con Bougainville comienza la leyenda de Tahití y el resto de islas de la polinesia como archipiélago(s) del amor. Fue él el que denominó a Tahití, Nueva Citerea, en recuerdo de la isla de Afrodita. (La isla, a la que en principio habíamos dado el nombre de ‘Nouvelle-Cythère’, recibe de sus habitantes el nombre de ‘Tahití’). La idea del paraíso perdido, ahora encontrado, cundió en las mentes de muchos occidentales. Piensen en Gauguin, en Robert Louis Stevenson, en tantos otros que ya repasaremos aquí otro día. Hoy quiero dedicar este post a un pequeño pedazo de roca volcánica de sólo treinta y ocho kilómetros cuadrados rodeada, como es costumbre entre las islas del Pacífico, por una barrera de coral que forma una tranquila laguna interior. Me refiero a esa roca que pueden ver al inicio de este post.

Pero antes de contarles la historia de una navegación por esas aguas, déjenme perder por un momento todo el pudor que suele acompañarme cuando escribo y referirles algún que otro asunto personal al estilo de lo que hacen muchos bloggers a diario. Hizo ayer siete años que invité a cenar a la señora Rus, a la que conocía desde dieciséis años antes. Aquella cena se convirtió, por casualidad o necesidad, en el inicio de nuestra relación de pareja. Por razones de eficiencia amén de otras casualidades convinimos en casarnos exactamente un año más tarde, el diecinueve de marzo de 1999. Les ahorraré los detalles, aunque conforman una bonita historia, porque el exhibicionismo no se cuenta entre mis muchos vicios.

Desde entonces hasta hoy, nos han ocurrido muchas cosas. Como saben algunos de ustedes, nos nacieron dos hijos, nos establecimos a seiscientos kilómetros de la familia y amigos, ... Hemos atravesado juntos muchas dificultades (bastantes de ellas causadas por mí). A pesar de ello, la señora Rus ha sabido convertir estos últimos siete años en los mejores de mi vida y, todavía más difícil, ha conseguido, a pesar de mis desequilibrios, hacer de mí una persona apta para la vida social e incluso para la paternidad responsable. Yo, por el contrario, me temo que sólo le he dado una alegría y ya hace demasiado tiempo desde eso. Siguiendo la estela de Moitessier, pero a bordo de un avión, todo hay que decirlo, me pareció obligado que nuestra luna de miel, viaje de bodas o como quieran llamarlo tuviera como destino los mares del sur. Tal día como hoy, hace seis años partíamos hacia París para enlazar con un vuelo a Los Ángeles (allí fue donde echamos aquellos cigarrillos con doble riesgo para nuestra salud) y de allí a Tahití. Total veinticuatro horitas de nada según el plan oficial que se conviertieron en veintiocho con pérdida, en Papeete, del enlace que nos llevaría a Bora Bora, ese pedazo de roca del que les hablaba. Nuestro destino concreto era una de estas cabañitas.

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No les cuento esto para darles envidia. Simplemente les he dado noticia de muchos barcos legendarios que surcaron aquellas aguas, como el Joshua de Moitessier. Hoy quiero hablarles de un barco que para mí ha llegado a tener el mismo carácter mítico. Les hablo del Te Mana III, un catamarán de crucero que tuve ocasión de alquilar en Bora Bora y que me permite añadir a la señora Rus a la lista de navegantes ilustres de los mares del sur. Aquí la tienen aproximándose a la barrera de coral de Bora Bora.

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Estoy seguro de que la señora Rus no me perdonará que coloque una foto suya aquí sin, por lo menos, compensar la cosa con una de este que les firma. Para su desgracia, aquí me tienen a bordo del Te Mana III.

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Permítanme hoy que abuse de esta tribuna para dirigirme exclusivamente a la señora Rus para darle las gracias por estos siete años y asegurarle que contra vientos y mareas, por violentas que sean las tempestades, lo mejor está por llegar; para darle las gracias por seguir, inexplicablemente, a mi lado a pesar de todas mis inconveniencias, y para asegurarle que volveré a llevarla a un paraíso que quizá está más cerca de lo que pensamos.