16 de marzo de 2005

Pequeña traición

Cuando hace poco más de cien días abrí este blog tenía muy pocas cosas claras sobre qué hacer de él. Una de ellas es la que voy a traicionar hoy, porque, en efecto, me propuse con toda la firmeza de que soy capaz (ya ven que no es mucha) no tratar jamás aquí sobre el célebre manuscrito de Voynich. Es asunto al que no le niego su dosis de intriga pero que ya está demasiado sobado por los adoradores de lo esotérico, aquellos que el otro día me dieron pie a proponer el neologismo ‘parapsicofrénicos’ y no es cosa de competir con ellos, que temas hay muchos.

Pero el caso es que el otro día, al hablar de ciertos personajes con los que ando trabajando en esa ficción que les tengo prometida y que avanza a buen ritmo, no me quedó más remedio que confesar que uno de ellos era un viejo librero judío llamado Mario Cornelio Voynich. Este apellido, obviamente, está sacado del descubridor del manuscrito (ya es casualidad que descubriera un manuscrito que lleva su nombre ¿verdad?). Este Voynich, el real, no se llamaba Mario Cornelio, se llamaba Wilfrid, nombre a todas luces mucho menos literario y que no permite reproducir aquellas iniciales de La Biblioteca de Babel. A raíz de esto, alguien apareció via Google por aquí y llegó a optar al premio OSEA a la mejor sintaxis. Les reproduzco la parte correspondiente de la ceremonia a continuación:

2. poema el manuscrito voynich sobre
Por su excelente construcción que deja claro que en el sobre donde se encontraba guardado el manuscrito de Voynich alguien escribió un poema lamentablemente perdido.

Aquí no acaba la cosa. Mi insistencia en dejar constancia de las búsquedas más llamativas por las que se llega aquí tiene como consecuencia, entre perversa y pretendida, que esas mismas búsquedas regresen con mayor probabilidad. Gracias a insistir aquel día sobre una búsqueda relacionada con el dichoso manuscrito, ayer o antesdeayer, no recuerdo bien, apareció un ‘blogógrafo voynichiano’, el único del que tengo noticia, que en los comentarios a aquella ceremonia dejó el siguiente comentario:

El poema existe. Lo escribió un argentino, y
http://manuscritovoynich.blogspot.com en publicado está.

A la vista del comentario coincidirán conmigo en que las candidaturas al premio a la mejor sintaxis estaban más que justificadas. En todo caso debo confesarles que yo perdí todo interés por el manuscrito hace mucho tiempo. En su día me divirtieron algunos estudios estadísticos sobre distribución de palabras pero eso deben contarlo entre mis rarezas. Sin embargo, dado que en mi ficción también aparecía un manuscrito indescifrado me pareció una broma inocente que el librero que lo encontrara llevara ese apellido. Por si alguno de ustedes no conoce la historia del manuscrito, les hago un breve resumen.

Se trata de un manuscrito auténtico (al menos lo parece) que se conserva en la Beinecke Rare Book Library de la Universidad de Yale (aquella que también conserva un original completo de nuestro buen amigo Kuhlmann). Se ignora la fecha de su composición (aunque en todo caso es anterior a 1612, primera fecha en la que se tiene constancia de la existencia del manuscrito). Obviamente, también se ignora su autor (hay teorías para todo, algunos lo atribuyen a Roger Bacon pero parece ser que esto es poco probable). Por ignorarse, se ignoran muchas más cosas. Por ejemplo, se ignora el alfabeto en que está compuesto. Utiliza unas letras desconocidas y no registradas en ningún otro documento (se trata en sentido estricto, de un “alfabeto único”, específico para un escrito particular). En consecuencia, se ignora su contenido. Cabe suponer que si el alfabeto que utiliza es único, se trate de una clave (algún que otro elemento en el manuscrito así parece indicarlo). Numerosos especialistas en los más diversos asuntos (historiadores, filólogos, criptólogos, estadísticos, etc.) han intentado infructuosamente descifrarlo desde 1912 hasta hoy. Ni siquiera se sabe cual es, caso de tratarse de un texto en clave, el idioma original en que fue compuesto (o idiomas porque podría ser multilingüe). En fin, que se trata de 234 páginas que se cuentan entre las más enigmáticas de la historia (junto con los caracteres del Disco de Festos y las obras de algunos novelistas contemporáneos) y, por supuesto, de la única clave criptográfica que ningún servicio secreto ha conseguido jamás romper. La cosa tiene un aspecto más o menos así:

Image hosted by Photobucket.com

Amplío el texto de esta imagen, para que se hagan una mejor idea de lo que estoy hablando (o escribiendo):

Image hosted by Photobucket.com

Si tienen interés pueden informarse detalladamente en la página que mantiene un tal René Zandbergen, caballero que afirma ser System Analyst and Consultant in the Space Sector en Darmstadt, Alemania (con ese cargo hay que reconocer que la cosa tiene que ser bien seria, ¿no creen?). Después de esto, si se les enciende la imaginación, apáguenla con una lectura sosegada del artículo de El escéptico digital que ya les he dejado por aquí en un par de ocasiones.

La base principal de la tesis del señor Gordon Rugg es aquella ley fundamental de la criptografía que citaba Umberto Eco. Todo mensaje cifrado es descifrable siempre y cuando se trate de un mensaje. Es comprensible que la idea de un oscuro, secreto y desconocido conocimiento levante más encendidas pasiones que la de un simple juego combinatorio sin sentido. Pero hay que reconocer que del manuscrito sólo sabemos que presenta una ‘complejidad lingüística’ que parece posible que pueda reproducirse a través de técnicas documentadas al menos desde el siglo XVI. Pueden leer directamente a Rugg aquí. Ya les digo, yo tengo perdido el interés por esto hace bastante, pero hace años pasé buenos ratos haciendo algún análisis del manuscrito. Quizá se diviertan, que hay gente pa tó.