18 de marzo de 2005

Perdonen las disculpas

Los intrépidos navegantes capaces de adentrarse por las procelosas aguas del servidor de comentarios de esta página habrán observado que ayer se produjo un hecho sin precedentes en la historia de estas salidas de emergencia. Algunos de los intervinientes se disculparon, en algún caso por dos veces, por sus opiniones. De alguna forma mi despedida habitual, esa que ven ustedes al lado de mi nombre al final de cada post, parece haberse trasladado a las discusiones, diálogos, comedias surrealistas o como quepa definir esos cruces de palabras que por aquí tienen lugar diario. Quizá sea oportuno puntualizar un par de cuestiones al respecto antes de que la cosa vaya a mayores.

Es tradición, al menos desde la escolástica y ejemplos muy anteriores a ella sobran, iniciar todo escrito con una declaración de (falsa) humildad. A pesar de que uno esté convencido de que acaba de parir la obra fundamental de la civilización occidental (cosa habitual, aunque no es mi caso) debe decir que aporta con toda modestia un granito de arena que, además, se apoya en la gran tradición anterior. Lo primero, la convicción de que la aportación propia es de gran valor, ya nos lo señaló Cervantes y tengo tendencia a repetirlo por todas partes.

... no hay madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño.
(DQ, 2ªP, Cap. XVIII)

Lo segundo, la declaración de (falsa) humildad, tiene un magnífico ejemplo en la introducción de Casiodoro de Reina a esa traducción de la Biblia que les traigo por aquí de vez en cuando:

... por la gracia de Dios no somos del número de los que o con razón o sin ella, presumen tanto de sí, que tengan por tan acabado lo que una vez sale de sus manos, que nada se le pueda añadir ni quitar. Confesamos que pudiera haber otros muchos en la nación adornados de mayores de Dios para esta empresa, mas Dios no les ha dado el querer ni el atrevimiento, ocupados por ventura en otras cosas, a su parecer más importantes y poco tenemos acá por qué entrometernos en este juicio, porque ellos verán qué cuenta darán en el juicio de Dios del bien o mal empleo de sus dones.

¿No me digan que no es una forma maravillosa de afirmarse con toda humildad? Más adelante sigue así:

... si aún con nuestra cortedad de vista habemos visto y hallado faltas y algunas no livianas en los que nos hacen ventaja sin comparación ansí en erudición como en espíritu, no hay por qué no creamos que en nuestra obra aún se hallarán muchas.

En los tiempos que corren, tan sana costumbre (mentir para, al menos, aparentar la humildad de la que la naturaleza humana carece) parece limitarse a las introducciones de tesis doctorales y algún que otro ensayo; y siempre a través de la manida fórmula de anteponer a la lista de agradecimientos aquella coletilla que dice “me hago totalmente responsable de los errores que las páginas que siguen puedan contener y quiero compartir los aciertos, si los hubiere, con...” (hay otras variantes, pero la cosa siempre es igual).


Un caso particular y curioso en relación con estas ‘humildades’ es una frase, hecha famosa por Sir Isaac Newton, que pasa por declaración de humildad sin haberlo sido en absoluto, al menos de la mano de quien la hizo célebre. En 1676 (algunos dicen que en 1675), en una carta a Robert Hooke, Newton escribió:

Si he visto más lejos, fue subiéndome sobre los hombros de gigantes.

Visto así, sacado de contexto, parece que Newton declara humildemente que su aportación, prabablemente la más grande de la historia de la ciencia, no es más que un pequeño añadido a la gran tradición existente. En realidad la carta a Hooke era parte de una agria polémica. Newton respondía a las acusaciones que Hooke le había hecho de haberle ‘robado’ parte de su trabajo. Newton le contestaba que a su vez Hooke lo había tomado de Descartes, insistía en que él ‘había visto más lejos’ y se permitía una pequeña broma a cuenta de la baja estatura de Hooke. Nada de modestia, por tanto.

La frase ha devenido proverbial. De hecho ya lo era en tiempos de Newton. En 1997 se incluyó en las monedas de 2£ del Reino Unido y todavía hoy son muchos los jóvenes que allí se maravillan de que en las monedas aparezca un verso de una canción del grupo Oasis (claramente no se encuentran sobre hombros de gigantes y no consiguen ver más allá). Un conocido sociólogo, Robert K. Merton, dedicó todo un libro a investigar el origen y uso de la frase, On the Shoulder of Giants. No he tenido ocasión de leerlo (una pena, porque si leen la reseña del libro en la página de Amazon que les he enlazado comprenderán por qué lo disfrutaría enormemente), pero parece que atribuye su primera formulación a un antiguo pensador cristiano, Bernard de Chartres que escribió alrededor de 1130 algo así como:

Somos como enanos sobre los hombros de gigantes y por eso podemos ver más y más lejos que los antiguos.

Esta sí que es una auténtica declaración de humildad y agradecimiento a los esfuerzos y aportaciones de los que vivieron, trabajaron y padecieron antes. Parece ser que la frase pasó desde allí hasta el Metalogicon de John de Salisbury en 1150 y fue convirtiéndose en un lugar común. Una de sus más conocidas formulaciones aparece en la Anatomía de la Melancolía, de la que ya hemos hablado aquí.

Though there were many giants of old in physic and philosophy, yet I say with Didacus Stella, “A dwarf standing on the shoulders of a giant may see farther than a giant himself”.

Este Didacus Stella no es otro que Diego de Estella (1524-1578), monje franciscano español (de Estella, naturalmente), predicador de la corte, cofesor del cardenal Granvela, consejero de Ruy Gómez de Silva y autor del Libro del desprecio de la vanidad del mundo. Fíjense si la frase ha viajado por el mundo.

Pero volviendo a las declaraciones de humildad, la Anatomía de la Melancolía de Burton, Robert Burton, contiene una magnífica introducción (ojo, nada menos que setenta páginas en la edición original; en la mía, New York Review of Books, son ciento veinticinco) titulada Democritus to the Reader, que insiste en estas formas. Siempre me gustó su principio, que dice así:

Gentle Reader, I presume thou wilt be very inquisitive to know what antic or personate actor this is, that so insolently intrudes upon this common theatre to the world’s view, arrogating another man’s name; whence he is, why he doth it, and what he hath to say.

A esto sigue una orgía de citas de autores clasicos que casa muy bien con aquello que decía Sir Thomas Browne sobre Juan de Pineda, que era capaz de citar en una sóla obra más autores de los necesarios para todo un mundo. En la cabeza tenía las palabras de Burton cuando en la declaración de principios de estas salidas de emergencia, allá por el cuatro de diciembre del pasado año, escribí:

Por último, una declaración: no soy, lo sé, quién para irrumpir como intruso en este teatro así que vayan aquí mis disculpas. Sólo puedo decir en mi descargo que mi psicólogo lo agradecerá.

No les pienso aclarar si mis propias disculpas son sinceras o responden más bien a la falsa modestia. Es parte del juego. Pero lo que no les voy a tolerar es que se disculpen ustedes en esta que es su casa. Pueden decir aquí lo que se les antoje sin ningún temor. Qué mejor prueba de ello que todo lo que han dicho ya sin consecuencias.