22 de marzo de 2005

Presunciones

No sé si se han dado cuenta de la cantidad de cosas que se presumen ultimamente. No es difícil imaginar un telediario en el que el locutor nos refiera impasible alguna noticia como esta: ‘El presunto terrorista fue presuntamente detenido por presuntos policías que presuntamente le acusaron de un presunto secuestro’. De hecho, con tanto presumir, me ando pensando sustituir el cuento infantil La ratita presumida por La presunta ratita cuando lleve esta noche a mis hijos a dormir.

Lo curioso es que ante la comisión de un delito, el sospechoso pasa a encontrarse en una chocante situación: se presume su inocencia (gracias a las bondades del estado de derecho) y se presume su culpabilidad (¿a santo de qué estaría si no en el calabozo?). Y es que nos pasamos la vida presumiendo. El taxista del aeropuerto presume que uno está dispuesto a escuchar una encendida valoración política de ‘la cosa’ o en su defecto un ácido resumen de la última jornada futbolística (aspecto este último compartido con los peluqueros). El político en campaña presume que la repetición insaciable de cuatro consignas bastan para convencer de que detrás de ellas hay algo más que ansias de poder. El tertuliano televisivo presume que la información se genera espontáneamente en su cabeza sin necesidad de esfuerzo por su parte. Los ministros locales presumen que ciertas miríficas palabras pueden sustituir cualquier discurso y valen lo mismo para un roto que para un descosido. En fin, los ejemplos son casi infinitos.

Y es que esto de presumir, por feo que le parezca a uno, resulta necesario y fundamental para que la vida siga su curso. ¿Se imaginan tener que salir a la calle a diario obligados a formarse un juicio sobre todo lo que ignoran? No se engañen, gracias a las presunciones (y a los prejuicios) llenamos los huecos que el entendimiento no es capaz de llenar y nos hacemos una serie de ilusiones. Una de ellas, que ya ha aparecido por aquí algunas veces, es que todos leemos o entendemos lo mismo en las palabras. No puedo evitar recordar a un ilustre (a mi juicio, no al de la academia) maestro valenciano de mis tiempos universitarios que solía repetir que ‘el lenguaje es antes connotativo que denotativo’. Algo que a día de hoy yo dejaría simplemente en ‘el lenguaje es connotativo, no denotativo’. Sin embargo, hay ocasiones en que resulta preciso (aunque imposible) ‘denotar’, no dejar resquicio alguno a la interpretación.

Si le ando dando vueltas a todo esto es porque, como saben algunos, ayer acudí al puesto principal de la Guardia Civil a prestar declaración en relación con un asunto que prefiero mantener, por el momento, bajo secreto sumarial. A raiz de ello, y ante las dificultades por componer con cierto orden el texto de mi declaración sobre una enrevesada historia, se produjo un interesantísimo diálogo del que les extraigo un jugoso cruce de frases que se inicia cuando el agente me leyó una parte de mi declaración para comprobar si ésta se ajustaba a la realidad:

–Entonces, ¿es esto correcto?
–Sí, lo es. No se preocupe por las formas. Lo importante es que se entienda, que tampoco pretendemos el premio nobel de literatura.
–¡Ya me gustaría ver aquí tomando declaración a un nobel de esos!

No pude menos que estar de acuerdo con él. Entre risas convinimos en que nuestra idea inicial de proponer que la Guardia Civil contara con un ‘Cuerpo Especial de Novelistas’ para hacerse cargo de poner orden en lo que los declarantes contaban no tenía mucho sentido. La literatura consiste, precisamente, en dejar huecos; la declaración ante las autoridades persigue, inútilmente, lo contrario. A lo largo de toda la declaración, que por tradición siempre se alarga innecesariamente, la duda sobrevuela la cabeza del declarante. ¿Qué narices entenderá un tercero cuando lea este papel? ¿Habrá una mínima correspondencia entre lo que está en mi cabeza y lo que se deduzca de mis palabras? ¿Qué demonios apuntaría el teniente Columbo en su libreta cuando interrogaba a los sospechosos?

Permítanme al hilo de esto un par de consideraciones pedantes de las que por aquí se estilan. La primera de ellas es la idea de que las palabras, el lenguaje, constituyen un auténtico lecho de Procusto (imagino que ciertos viejos estructuralistas y el incansable Habermas se podrán a reclutar una fuerza de asalto al leer esto). Por si alguno no conoce quién es este Procusto (aunque, lógicamente, yo presumo su vasta cultura, queridos lectores) les cuento que se trata de una figura mítica, posadero eleusiano, cuyo verdadero nombre era Damastes. ‘Procusto’, literalmente ‘el estirador’, era el apodo que recibía por sus particulares teorías sobre la comodidad de sus huéspedes. Así, cuando el huésped resultaba demasiado alto, Procusto le serraba los piés que sobresalieran de la cama. Si el huésped, por el contrario, resultaba demasiado bajito, Procusto lo estiraba a base de pesas hasta que ocupaba el lecho por completo. Más o menos esto es lo que hacemos nosotros a diario, intentar encajar la realidad en un lecho (el lenguaje) serrando o estirando para que se acomode bien (como saben, algunos sindicalistos han decidido por el contrario serrar el lecho a la medida de un único viajero, inconscientes de que el problema seguirá siendo el mismo independientemente de las medidas del lecho).

La segunda de mis consideraciones es consecuencia de la anterior. Si creo que el lenguaje es connotativo, es precisamente porque nos obliga a reconstruir la realidad a partir de información parcial, la que se ajusta a o cabe en el lecho. Cuando alguien les cuenta algo que ha ocurrido (y esto vale tanto para su mejor amigo como para el periodista más independiente) sólo obtienen, no puede ser de otra forma, una versión distorsionada de los hechos. No sólo por su interpretación de los mismos, sino tambien porque estos no caben en las palabras, no se acomodan a ellas.

No les quiero aburrir más, que ya veo que hoy me he levantado especialmente pedante. Para terminar sólo les señalaré un último detalle. De ‘presumir’ no podemos librarnos, pero al menos debieramos presumir con coherencia. Si don JPQ nos mostraba ayer otro jugoso diálogo, esta vez con la inefable (esta sí que no cabe en ningún lecho) Ministra de Cultura. ¿No deberíamos exigirle que su Ministerio pasase a denominarse ‘Ministerio de Culturas’? Si nuestros sindicalistos insisten en que la palabra género abraca muchas más cosas que la palabra sexo, ¿No deberíamos considerar que el ‘sexismo’ es cosa muy lógica y razonable y lo condenable es tan sólo el ‘generismo’? Una cosa es que la realidad no quepa en el lenguaje y muy otra que éste sea el pito del sereno, por no hablar de cierta parte de la anatomía de una señora llamada Bernarda.