11 de marzo de 2005

Un personaje y su mamotreto

Superados mis conflictos informáticos (virgencita, virgencita...) y en cierta medida las indisposiciones de mis vástagos, intentaré retomar hoy el pulso habitual de las ‘Salidas de Emergencia’. Como siempre sin rumbo ni destino. Tirando de alguno de los ciclistas que me habían quedado por ahí. Había prometido en algún lugar tratar aquí sobre una fascinante palabra: Mamotreto. Quizá sea hoy el momento de hacerlo y para empezar, qué puede ser mejor que recurrir a nuestros ilustres académicos de la lengua.

mamotreto.
(Del lat. tardío mammothreptus, y este del gr. tardío μαμμóθρεπτος, literalmente, 'criado por su abuela', y de ahí, gordinflón, abultado, por la creencia popular de que las abuelas crían niños gordos).
1. m. armatoste (objeto grande).
2. m. coloq. Libro o legajo muy abultado, principalmente cuando es irregular y deforme.
3. m. desus. Libro o cuaderno en que se apuntan las cosas que se han de tener presentes, para ordenarlas después.

Estarán de acuerdo en que la tercera de las acepciones, lamentablemente en desuso, describe en buena medida un blog. Sin embargo, no es de esa acepción de la que quería hablarles hoy sino de las anteriores y de esta curiosa etimología de las abuelas. El camino desde la abuela criando rollizos chavales hasta el libraco descomunal es, por lo visto, algo más largo. El Mamotrectus super Bibliam es un afamado comentario bíblico del siglo XIV debido a la mano del franciscano Giovanni Marchesino o Johannes Marchesinus.

Como saben, mi latín es más que deficiente por lo que no sabría traducirles correctamente el título del comentario. Imagino que ‘La Biblia criada por su abuela’ no es muy acertado. Más bien viene a ser algo así como ‘El sustento de la Biblia’, entendiendo por sustento su alimento. Marchesinus pretendía explicar los conceptos y palabras ‘dificiles’ de la Biblia, aportar una serie de definiciones y explicaciones que facilitaran su lectura e interpretación. Al margen de la importancia que tuvo como libro de estudio en su época es conocido por ser uno de los primeros libros impresos de la historia. De hecho su primera edición, de 1470 (quince años después de aquella famosa Biblia de Gutemberg), pasa por ser el primer libro impreso en Suiza como pueden comprobar en la página de la British Library. Aquí pueden ver físicamente un mamotreto de 1476.

Erasmo de Rotterdam en su famosa carta a Martin Dorpp de mayo de 1515 ya empieza a prefigurar la idea del Mamotreto como glosario inútil yde proverbial pesadez.

Entre ellos [los teólogos], como es bien sabido, hay algunos individuos que parten de un talento y un juicio tan insignificantes que no están capacitados para ninguna forma de estudio, y menos aún para la teología. Entonces, cuando ya se han aprendido unas cuantas reglas de gramática tomadas de Alexandre de Villedieu y se han hecho con un poquitín de la sofistería más tonta, y han pasado a memorizar, aun sin entenderlas, las diez proposiciones tomadas de Aristóteles y se han aprendido otros tantos tópicos sacados de Escoto y Ockham –lo que queda esperan sacarlo del ‘Catolicón’, del ‘Mamotreto’ y otros diccionarios del mismo estilo como si del cuerno de la abundancia se tratara–, es digno de verse cómo levantan las crestas. ¡No hay nada más atrevido que la ignorancia!

No mucho después, François Rabelais lo parodió situando un Marmotretus (por influencia de Marmot, ‘mono’) entre los libros que Pantagruel encontraba en la Biblioteca de San Víctor. Dicho volumen llevaba el subtítulo de ‘de baboinis et cingis cum commento Dorbellis’, algo así, en latín macarrónico, como: ‘de los babuinos y los monos con un comentario de Des Dorbeaux’. Este Marmotreto volvería a aparecer entre los libros con que el sofista Tubal Holofernes (nada que ver con el nieto de Noé que dio origen primero a los vascos y luego al Partido Nacionalista Vasco; no está de más recordar que Tubal significa literalmente ‘confusión’ por lo que resulta muy apropiada su figura como primer poblador de la península ibérica) intentó instruir a Gargantúa antes de ser despedido. Nada de esto tiene que ver con abuelas de cría, pero, qué quieren, a mí me parece mucho más relacionado con la idea de mamotreto que tenemos hoy en día que con lo que los ilustres académicos proponen. Debe ser, como decía Erasmo, que la ignorancia es atrevida. Líbreme el cielo de enmendar la plana a tan sabios señores y menos con las cuatro fuentes dispersas que manejo para contarles esta chorrada.

Una insana costumbre que mantengo desde la adolescencia es la creación de personajes (tan perdurables, que dice don JPQ). Imagino que en algún rincón se esconde la secreta esperanza de utilizarlos algún día, de concederme esa nueva oportunidad con la ficción que algunos inconscientes me ruegan. Hoy les contaré el nacimiento de uno de ellos, cuyo nombre, Juan Marquesino, pueden suponer de donde deriva. Transcribo literalmente mis notas iniciales sobre el personaje, rescatadas de un viejo cuaderno (recuerdo perfectamente haberlas escrito en el sanatorio, cuando nació mi primer hijo, mientras cenaba un sandwich mixto en la cafetería). Espero que Wally no se ofenda por mi visión del plural mayestático:

Escribe con gran pompa aunque es incapaz de hablar dándose la misma importancia (ya quisiera él) (“Somos de la opinión…”). Al menos no es un ignorante (aunque ignora la relación del mundo y las ideas). Todavía no sé su especialidad (quizá hermenéutica porque es lo más parecido a un comentario bíblico). Idea: Llevaba medio “Verdad y Método” traducido cuando salió la edición de Sígueme. La abandonó. Es su gran secreto. Tiempo después la quemó en un arrebato. Le gustan los adverbios en -mente (en particular, “indudablemente” y “ciertamente”) sin embargo, como buen hermeneuta, es incapaz de utilizar el giro “en absoluto”. Es en alguna medida (sólo en alguna) un espíritu positivo. Tendencia al aleman y al latín: es un sofista clásico cuya gran trageda es ser incapaz de digerir el idealismo en el que cree creer (Kant quizá, pero ¿Hegel?). Más que hombre de acción es hombre de redacción (cosa que le gusta decir). Siempre está lejos de los hechos (casi siempre de espaldas a los hechos). Cita frecuentemente la Biblia pero es más un ejercicio de clasicismo que de fervor religioso. Desprecia a sus colegas en una mezcla de envidia y juicio (envidia sus éxitos pero no ignora su incompetencia). Su “Gran Obra” sólo ha sido leída por alumnos (los suyos) y nunca (en esto hay acuerdo entre autor y lectores) comprendida. Sus mil doscientas cincuenta y seis páginas no ayudan mucho. Juan insiste en que al esfuerzo de redacción debe corresponder un esfuerzo de lectura. La cultura del esfuerzo tiende a desaparecer (Palabras suyas: La cultura del esfuerzo, es decir, lá única cultura) (Redundante figura literaria). Hubo que cambiarle el título a última hora porque se lo pisaron (no parece haber superado el trauma, sobre todo desde que leyó la que llama la “obrita”). La Academia lo respeta pero más porque así puede aprovecharse de él que porque sepa lo que es el respeto (especialmente el respeto intelectual). Es difícil saber lo que piensa. Sus ojos dicen poco (esto alimenta en algunos la sospecha de su estulticia). Se considera metódico y ordenado aunque a simple vista demuestre lo contrario (¿engañan las apariencias?). Tiene un pasado, quizá trágico, que oculta con gran celo (y éxito notorio que quizá se explique por su incapacidad para suscitar interés, ni siquiera el misterio despierta interés). Precisamente por ello, es el mejor guardian de secretos (con gran sorpresa puede resultar el gran referente, el único que conoce todo, quien ha oído todas las versiones… aunque siga siendo imposible saber lo que piensa). Representa la pedantería, pero también el conocimiento. Nada es puro y todo tiene precio. (Aquí debí acabar al sandwich porque el texto se interrumpe).

Si les he presentado a este caballero aquí hoy es porque, como saben, ayer Ana se sumó a la petición de Borgeano de que me conceda una nueva oportunidad con la ficción. Como dos ya son multitud en el reducido elenco de seguidores de estas páginas casi estoy decidido a remedar en lo que pueda las páginas iniciales de un proyecto inacabado en el que este Juan Marquesino desempeña un papel fundamental. No vayan a creer que lo conocen por haber leído estas notas. Más bien era yo el que no lo conocía al escribirlas. De hecho, a día de hoy me parecen una descripción bastante desacertada del mismo.

Marquesino, o mi percepción del mismo, fue cambiando según se iba desarrollando la historia hasta convertirse en un personaje fascinante que me ha tenido obsesionado durante varios años. Deben entender, no obstante, que mi compromiso se limita al intento, ya veremos si a la realización. Retomo en este momento la introducción y el primer capítulo de aquel proyecto a ver si, con un poco de suerte y el concurso de las musas antes de que acabe el mes puedo traerles aquí algo. Esperen sentados. Y ya que les cité antes la carta de Erasmo a Martin Dorpp, me despido con la curiosa visión de la literatura que contiene esa misma carta.

En primer lugar, es el placer lo que capta la atención del lector y la mantiene cuando ya está en su poder. En otros aspectos no hay dos lectores que busquen la misma cosa, pero el placer engatusa a todos por igual, a no ser que alguien sea demasiado estúpido como para ser sensible a los goces de la literatura.


Actualización 12 de Marzo, 4:00 a.m.

Lista defintiva de participantes en nuestra particular idiotez:

1. Ikoki ben Aquende
2. Atenea
3. Ana
4. Aquende
5. Wally
6. Borgeano
7. Rus
8. Javier
9. Peluche
0. Eduardo

Que sea lo que Dios quiera. Y ahora me voy a dormir la mona, que no sabeis lo que me ha costado teclear esto.