13 de abril de 2005

Ante todo, corrección

Pasan los días y ciertas cosas vuelven a la normalidad mientras otras huyen de ella. Don JPQ, por ejemplo, por fin regresó de su periplo y vuelve a regalarnos sus impresiones y comentarios diarios. El caballero Borgeano asoma tímidamente de vez en cuando y nos dispensa alguna de sus perlas. Hace unas horas, sin ir más lejos, acaba de acuñar aquí el término ‘Fastidiegressumfobia’ que, por lo visto, viene a ser el temor a aburrirse con estas ‘Salidas de Emergencia’. Temor que tiene su paralelo en el que yo siento a diario cada vez que me siento ante el teclado dispuesto a escupirles unas apresuradas letras, el miedo a aburrirles.

Y es miedo que en los inicios de este blog, en el lejanísimo diciembre pasado, me resultaba inimaginable. Al fin y al cabo este juego no era más que una simple gimnasia mental y redactora. De alguna forma sigue siéndolo pero con la nada sutil diferencia de que ahora están ustedes ahí, al otro lado de la pantalla. Ayer se cumplieron ciento treinta días desde que abrí esta puerta y en ese tiempo les colocado aquí más de un centenar de tostones que, por misteriosas razones que no pienso escrutar, parecen haberles divertido hasta el punto de hacer surgir esta enigmática y sorprendente fobia.

Entiéndanme, no está mal completar los manuales de psiquiatría con nuevas y desconocidas patologías mentales toda vez que, por lo visto, los que por aquí paramos no acabamos de encajar en ninguna de las categorías que manejan los profesionales de estas cosas. Pero mi insistencia en continuar con este insano juego y comparecer aquí (casi) a diario me está obligando a replantearme alguna que otra cosa. La primera de ellas empezar a escribir textos y dejar de excretarlos. Me imagino que se preguntarán por la sutil diferencia entre ambas cosas.

Hace unos días tuve ocasión de recordar aquí, en los comentarios, una anécdota sobre el encuentro de Augusto Monterroso y Alfredo Bryce Echenique. La cosa venía a cuento de la necesidad de corregir textos, cosa que estos que suelo ofrecerles necesitan con urgencia. Permítanme que se la reproduzca con palabras de don Tito:

... Alfredo, con su ingenio habitual, le contó a un público sumamente atento cómo escribía (casi sin corregir), mientras yo deseaba que alargara lo más posible su intervención porque el siguiente era mi turno. Cuando éste llegó, a mí, paralizado por el miedo, no se me ocurrió otra cosa que decir: «Yo no escribo; yo sólo corrijo», lo que al público, no sé por qué, le pareció gracioso y comenzó a reírse y a aplaudir, y a mí me dio la impresión de que los estudiantes y los maestros tomaban la cosa como que yo estaba diciendo que mi forma de escribir era mejor que la de Bryce y ya no pude decir nada más, ni mucho menos ponerme a dar explicaciones; pero Alfredo, que aparte de un gran escritor es un hombre de mundo, lo tomó con humor y después en el pasillo nos confesamos riéndonos que ambos habíamos dicho lo que habíamos dicho nada más por miedo escénico.

Estoy seguro de que don Augusto sí estaba diciendo, quizá sin querer, que su forma de escribir era mejor que la de Bryce, porque no hay escritura sin corrección. Repasando los cuadernos de Adolfo Bioy Casares, en ‘Descanso de caminantes’ concretamente, puede uno encontrar un apunte que abunda en esta cuestión.

Veo ‘Corregir’ en Corominas. De ‘regere’, regir, gobernar. Qué cierto, digo. Al corregir uno rige, gobierna sus escritos; por eso no cabe esperar mucho de escritores que dicen: «Yo no corrijo, no puedo corregir».

Escribir, por tanto, se diferencia de excretar en que también implica corregir, molestarse en repasar lo escrito, componerlo, trabajarlo, en definitiva ‘enmendar lo errado’ como muy bien recoge el DRAE, que también añade una sexta acepción, de uso en Cuba, que parece echar por tierra todo lo que les estoy aquí diciendo. No insistiré en esta idea porque nuestro amigo Kill-9 ya nos ha descubierto que por fin la Universidad española se dedica a las materias para las que está verdaderamente preparada y constituyen su destino en lo universal.

El caso es que cuando releo lo que llevo aquí publicado, cosa que hago muy pocas veces, advierto escaso gobierno de mis escritos y si ustedes se empeñan en seguir leyéndome tendré que agarrar, como dijo en su día Joan Pich i Pon, ‘el toro por los dientes’, con el consiguiente riesgo de que sea yo el que empiece a aburrirse, o seamos todos los aburridos. Ya sé que uno escribe para ser leído, pero ya me dirán cómo se hace para superar el miedo escénico cuando el número de lectores crece, ese miedo escénico que un maestro como Monterroso también sentía al hablar en público. En los últimos días, entre la tediosa discusión blogosférica y mi (voluntaria, todo hay que decirlo) aparición en el BlogZone de Periodista Digital, la cosa se ha disparado un poquito. Tampoco mucho, pero lo suficiente para alcanzar una modesta cifra de visitas para la que no me encuentro preparado. La famosa blogosfera no deja de crecer. El mundo parece estar lleno de gentes que tienen algo que decir. O que creen tener algo que decir. Ninguna de las dos cosas me ocurre a mí. Los antiguos recordarán que esto ya me pasó una vez. Como entonces, supongo que lo superaré. Pero ya va siendo hora de que, al menos, empiece a cuidar un poco la prosa, que ustedes lo merecen.

Tampoco deben alarmarse en demasía por esto los habituales. No pienso cambiar gran cosa lo que suelto por aquí. De momento me limitaré a eliminar en lo posible los errores ortográficos y gramaticales (que se me han escapado más de lo que algunos creen), procurar una cierta estructura a los textos (sin que dejen de ser caóticos), intentar exprimir al máximo mi escaso ingenio (para no tener que recurrir a textos huecos como este), mostrar la sensibilidad que suelo ocultarles (sin renunciar por ello a la ironía e incluso al sarcasmo) y seguir intentando encontrar tesoros en estas azarosas combinaciones de letras.

Para terminar, les dejo aquí una pequeña duda. El encuentro entre Monterroso y Bryce tuvo lugar en 1984 y está recogido en ‘La letra e’, publicado en 1986. El apunte de Bioy es de 1988 ó 1989. ¿Sabría Bioy de este encuentro cuando escribió que no cabía esperar mucho de los escritores que dicen : «Yo no corrijo»? Les dejo ya, que, por si acaso, tengo que ponerme a corregir esto antes de publicarlo.