30 de abril de 2005

Cinco sentidos

Hace ya más tiempo del que quiero recordar aquí, don Augusto Monterroso nos regaló una fábula sobre un búho sabio que lleva por título Los otros seis. Como todo lo debido a la mano de don Tito, la cosa es lo suficientemente breve (de hecho es una sóla frase) como para que pueda reproducírsela aquí al completo.

Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos años un Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando, pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos, biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas más, llegó a saberlo y a tratarlo prácticamente todo en cualquier género de los conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas contemporáneos pronto lo declararon uno de los Siete Sabios del País, sin que hasta la fecha se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis.

Debido a alguna extraña razón que se me escapa (como tantas otras cosas), parece haber acuerdo universal en que el número de sabios es y debe ser exactamente igual a siete (ya saben que el de los necios, como reza arriba, es infinito). Este tipo de concreciones numéricas es harto frecuente: los dioses crean los universos en exactamente seis días; independientemente del número de contenidos, los continentes siempre son cinco; cuatro, ni más ni menos, son los puntos cardinales; el número de los sudamericanos es tres; dos son las Españas que hielan el corazón, y madre no hay más que una. De todas formas, no siempre las cosas resultan tan exactas. Por ejemplo, el número de mosqueteros es de 3,5 con un error de ±0,5 por culpa de ese indefinido gascón que atiende por Dartagnan.

Pero ya ven. Si miran a su alrededor con la necesaria atención comprobarán que las más de las realidades se presentan siempre en cantidades concretas e invariables. Los magníficos siempre van de siete en siete; los cerditos de tres en tres, como las carabelas (y eso que la Santa María jamás fue una carabela sino una nao, gallega, para más señas); los negritos viene en paquetes de diez, como los mandamientos; las vírgenes de once mil en once mil, y los hijos de San Luis de cien mil en cien mil, ni uno más ni uno menos.

Razones similares han llevado a establecer que los sentidos son sólo cinco a los que suele añadirse un exótico ‘sexto sentido’ al que me referiré más adelante. Sin embargo, con los sentidos ocurre lo mismo que con los sabios, que hay arreglo sobre su número pero no parece existir convenio o avenencia sobre cuáles puedan ser aquellos. Yo, modestamente y sin ánimo de imponer nada a nadie, me manejo hace tiempo con la siguiente lista.

  • Sentido del humor

  • Sentido de la orientación

  • Sentido del equilibrio

  • Sentido de la responsabilidad

  • Sentido del deber


Sé que otros mantienen, crean, disponen o utilizan otras listas. La Dirección General de Tráfico, sin ir más lejos, establece en numerosas vías ‘sentidos obligatorios’ que poco tienen que ver con los que les he nombrado. Hay quien habla de un extraño ‘sentido común’ que nadie ha visto jamás y cuyo brillo parece deberse más a su ausencia que a cualquier otra cosa. Qué decir del ‘doble sentido’ que ni siquiera se sabe si es uno o son dos. Pero estos que les digo son los sentidos que considero indispensables para manejarse en este mundo que nos ha tocado vivir. Si alguno les falta tengan por seguro que están de alguna forma ‘discapacitados’ y, en consecuencia, condenados a grandes incomodidades, penurias y problemas por no estar adaptados a las condiciones del medio.

De hecho, no soy el único que los considera importantes y la mejor demostración de ello es que las autoridades públicas hacen grandes esfuerzos periódicos por conocer el estado y evolución de cada uno de estos ‘sentidos’ en nuestro país. Sé bien que no suele hacerles gracia que les traiga por aquí las áridas estadísticas, pero es que siempre me ha sorprendido la existencia de las ‘estadísticas sensoriales’, esto es, las estadísticas que informan sobre el estado y evolución de los sentidos que acabo de enumerarles.

Para aquellos que no me crean, que de todo ha de haber, les hago una breve presentación de tales estadísticas. El sentido de la orientación, quizá el más básico de todos, puede investigarse aquí. El sentido del equilibrio tiene su principal intrumento, como cabía suponer, en la Balanza de Pagos. El sentido de la responsabilidad, como es obvio, está reflejado en las Estadísticas judiciales así como en las de población reclusa. El sentido del deber, por último, se analiza a través de cuatro operaciones complementarias: la Estadística de efectos de comercio impagados, la Estadística de suspensiones de pagos y declaraciones de quiebras, la Estadística de hipotecas y la Estadística de ventas a plazos (hoy desaparecida).

Habrán observado que me he saltado el sentido del humor. No es que éste no tenga su estadística propia. Simplemente se trata de una cosa tan escurridiza e inaprehensible que resulta de muy dificultoso examen. Mi (algo más que) sospecha es que el sentido del humor queda convenientemente reflejado en esta serie de índices así como en estos otros datos, pero, como en todo, son ustedes muy libres de no aceptar las conclusiones a las que he llegado con no poco esfuerzo.

Junten ustedes toda esta información y obtendrán una clara imagen del estado de los sentidos o sinsentidos que nos rodean (porque si los sentidos son sólo cinco, los sinsentidos son muchos más). Quedarán así dispensados de tener que atender a los llamados ‘medios de comunicación’. Olvídense del periódico, de los telediarios, de la radio. Bastan estos cinco datos para tener claro si estamos en crisis.

¿Y el ‘sexto sentido’? ¿Tienen alguna noticia sobre él? Les confieso que yo he investigado mucho al respecto y he llegado a una conclusión: como último y especial sentido, éste no puede ser otro que el ‘Sentido pésame’, que también tiene sus estadísticas propias (ésta y esta otra) y sobre el que ya escribió la corsaria que me gusta citar por aquí.

Quién sabe, lo mismo un día de estos les diga a cuento de qué viene todo esto. No creo, porque quizá se den cuenta de que carezco de sentido del ridículo.