20 de abril de 2005

Cinco sinrazones (y cinco razones)

Lamento haber tenido algo preocupados a algunos de los fieles de esta parroquia. No me ocurre nada que no me ocurriera ya el día que abrí esta bitácora. Y eso que sí me ocurre no creo que deba ocupar este espacio (aunque alguna vez algo se me ha escapado: “los problemas siempre están dentro de uno y es allí dentro donde deben solucionarse”). Además, no me resultaría nada fácil explicarles algo que ni yo mismo me sé explicar del todo.

Si en este mundo hay alguna miseria sin consuelo es la presión que ejerce sobre el corazón lo ‘incomunicable’. Y si surgiese una nueva esfinge para proponer otro enigma al hombre, diciendo: ¿cuál es la única carga insoportable para la entereza humana?, yo respondería enseguida: es la ‘carga de lo incomunicable’.
(Thomas de Quincey)

Queda la duda de si lo ‘incomunicable’ es efectivamente incomunicable, o simplemente lo vuelve de esa condición el rechazo a reconocer lo desagradable. Son miserias que me acompañan desde hace ya unos cuantos años y con raíces claras en dos acontecimientos concretos. Pero no se alarmen, entre mis virtudes, al igual que entre mis defectos, se cuenta la incapacidad para compartir lo malo. No les lloraré mis penas. Turgéniev lo expresó de forma harto dramática:

Pero los sueños de los hombres son irrealizables y sus lamentos vanos. Quien no ha obtenido un número ganador debe contentarse con el de perdedor y no decirle una palabra a nadie.

No puedo decir que mi situación justifique tan terribles palabras, pero sí justifica mi silencio al respecto. Fríamente, como deben pensarse las cosas, como nunca se piensan las cosas, no tengo razones para quejarme de nada. He sufrido graves traiciones en lo personal y en lo laboral, sí. Pero también he sido bendecido con una mujer que no me merezco, que ha traído al mundo a esos dos grumetes que ya conocen los habituales. Me han sobrado las oportunidades, aunque nunca las supe aprovechar antes de que aparecieran los enemigos. Porque éstos aparecen siempre, aunque uno no los busque, aunque siempre obre de buena fe. Quizá precisamente porque obra de buena fe. Y uno se consuela creyendo que al final la verdad prevalecerá, como Fray Luis de León.

No siempre es poderosa,
Carrero, la maldad, ni siempre atina
la envidia ponzoñosa
y la fuerza sin ley que más se empina
al fin la frente inclina.
(XVI)

Sin embargo, en una luminosa sátira que continua siendo de plena actualidad (On Political Lying, aparecida en The Examiner, nº14, el 9 de noviembre de 1710), Jonathan Swift, escribió algo así como (en libérrima traducción propia): Considerando la natural disposición para mentir de muchos así como la de las multitudes para creer, me llena de asombro esa máxima tan frecuente en boca de todo el mundo de que la verdad prevalece al fin. Ante mi innegable impericia traductora, aquí tienen la versión original para disfrute de aquellos que dominan la lengua del 'Cisne del Avon'.

Considering the natural disposition in many men to lie, and in multitudes to believe, I have been perpelexed what to do with that maxim so frequent in everybody’s mouth, that truth will at last prevail.

Obviamente, se trata del mismo Swift que aquel que fue capaz de imaginar un Lemuel Gulliver capaz, con gran esfuerzo, de deshacerse de “aquella diabólica costumbre de mentir, fingir, engañar y confundir” (léanlo en la Carta del Capitán Gulliver a su pariente Sympson). Pero no cabe esperar que haya muchos Gulliver por ahí. Robert Burton, entre la orgía de citas de su magnífica introducción a la Anatomía de la Melancolía, recuerda unas palabras de Justo Lipsio (o Joest Lips, o Justus Lipsius, como ustedes prefieran): Facilia sic putant omnes quae jam facta, nes de salebris cogitant, ubi via strata, que en mi ‘interpretación’ más que ‘traducción’ viene a ser: ‘Cuando algo ha sido hecho una vez, la gente lo cree fácil; cuando el camino se ha hecho, olvidan lo duro que era el viaje’. Quizá el amigo Consultor sepa un día explicarnos la ‘falta de reconocimiento’ a que parecen condenadas ciertas actividades.

Pero todo esto, nimiedades cotidianas que el tiempo se lleva, no es nada. Lo que es ‘algo’ es eso ‘incomunicable’ que instala el bloqueo y es capaz de acabar con todo. En las películas de Woody Allen es frecuente el concepto de ‘anhedonia’, que yo conocí el día de la liberación de aquel funcionario de prisiones, Ortega Lara. Anhedonia o incapacidad para disfrutar de nada. Anhedonia y bloqueo. Bloqueo emocional, laboral, y muchas otras cosas más que acaban en –al . Cierta incapacidad, en definitiva, para enfrentarme a mí mismo y luchar por aquellos a quien quiero.

Decía no hace mucho IHQ en un comentario en su propio blog, que “cómo decía alguien por ahí, es una herramienta cojonuda para los deprimidos, para escaparse de la realidad”. Quizá ese alguien fuera yo mismo, que en mi aportación a la ‘telenovela blogosférica’, había escrito: “Quizá los blogs sean el reducto ideal para depresivos y deprimidos”. Y eso, exactamente eso, es lo que no quiero que sea este rincón de la red.

Y es que uno siempre acaba preguntándose lo mismo. ¿Para qué tengo un blog? Pasados los primeros momentos, aquellos en que la cosa se parece mucho a ese juego de imprenta que nos regalaron de niños y con el que uno se divierte editando el ‘Periódico de la Escalera Izquierda’ que los vecinos adquieren por compromiso, la pregunta se torna irresoluble. De todas formas, en este tiempo he logrado aclararme al menos sobre para qué NO tengo un blog.

  • Para anunciar el nombramiento del nuevo Papa (enhorabuena a los medallistas olímpicos: primera posición y medalla de oro para Nacho Escolar; Segundo y medalla de plata, Qué me Cuentas; y tercero y medalla de bronce para Criterio)


  • Para competir con la televisión y más concretamente con los llamados ‘programas de testimonio’ donde un montón de gañanes (y gañanas) exponen sus intimidades sin el más mínimo rubor a cambio de sus cinco minutos de escarnio que ellos confunden con la gloria (¿recuerdan? “...por verse con fama, aunque infame”, DQ, 2ªP, Cáp. VIII). Y ello a pesar de lo que he escrito hoy aquí.


  • Para desahogarme contándole mis penas al primer desconocido que pase. Para eso están los Barman, aunque cada vez quedan menos profesionales del asunto y se están llenando las barras de amateurs que ni saben escuchar, ni preparar un Dry Martini en condiciones.


  • Para escapar de mi realidad, por desagradable que pueda ser a veces, porque eso sólo lleva a convertirla en más detestable aún.


  • Para recibir vanos aplausos, loas varias y demás alimentos del ego. Mi ego está muy bien, gracias. Lo que tengo tocado es el Id.


Sé que esto no ayuda mucho. Por tanto, en justa compensación a don Iñaki García, que nos expuso sus diez razones para mantener un blog, aquí van las cinco que a mí se me ocurren a bote pronto.

  • Para ejercitar la mano a la hora de escribir.

  • Para ejercitar la cabeza en justo equilibrio con el punto anterior.

  • Para compartir pasiones, que es lo único que merece la pena compartir.

  • Para conocer puntos de vista alternativos y discutir amablemente.

  • Para reírme.


En definitiva, seguiré viniendo por aquí, pero sin huir de ninguna parte. Las verdaderas ‘Salidas de Emergencia’ son, efectivamente, vías de escape. Pero éstas, que son de juguete, no han de serlo bajo ninguna circunstancia. De alguna forma se estaban convirtiendo en forma de evasión y, en consecuencia, aumentando las cargas en ese otro mundo que llamamos realidad. Quizá IHQ llevara razón al decir que “Escribir en un blog engancha, y te hace perder la perspectiva, a todos, a mi la primera”. Seguiré viniendo, sí, pero probablemente a menor ritmo que el que he mantenido hasta ahora, a todas luces un exceso (no tengo planes, pero supongo que bajar el ritmo a la mitad bastará). He de atender otras cosas. Por supuesto, seguiré apareciendo por los bogs de los habituales. Agradezco a todos sus preocupaciones, que no merezco (especialmente a los 23 que no han fallado ni un solo día), y los comentarios de apoyo, que siempre son de ayuda. Gracias, me despido hasta mi próxima recaída. El próximo post lo escribirá el otro Eduardo, el que suele escribir por aquí y tiene mejor humor que yo.