1 de abril de 2005

El cánon celtibérico

Me imagino que recuerdan el revuelo que se formó cuando Harold Bloom publicó, en 1994, El Cánon Occidental. No vengo hoy aquí a discutir sus tesis, alguna muy discutible (hablamos de un señor que dijo, en 2003, que Saramago era el novelista vivo más dotado en la actualidad) y otras ciertamentre artículos de fé para quien esto les escribe (como que el final de Sopa de ganso, de los hermanos Marx, es una de las grandes obras de arte norteamericanas del siglo XX).

A Harold Bloom debemos además un concepto harto interesante. Alguna vez he dejado caer una frase por aquí que le hacía un guiño. Me refiero a La ansiedad o angustia de la influencia (The Anxiety of Influence), que es el título de su primera gran contribución teórica a la crítica literaria. Desde 1973 hasta hoy la cosa ha devenido lugar común. Tanto, que aparece por todas partes. Mi primer contacto con ella tuvo lugar, por casualidad como todo en esta vida, cuando leía a la vez aquella novelilla de Umberto Eco, La isla del día de antes, y la Farsalia de Lucano.

En la novela de Eco, hacia el final, puede leerse: “En definitiva, si de esta historia quisiera sacar una novela, demostraría una vez más que no se puede escribir si no es haciendo palimpsesto de un manuscrito encontrado; sin conseguir substraerse jamás a la Angustia de la Influencia”. En la introducción a la Farsalia que manejaba se decía los siguiente: “La rivalidad poética, más aún, la ansiedad de la influencia en el caso de Lucano es más visible, por auto-consciente, que en otros poetas”. Me resultó imposible no toparme con Bloom entre aquellas lecturas. Pero volvamos al cánon, que es de lo que quería hablar hoy.

El caso es, señores (y señoras, y transexuales , y travestidos, y hermafroditas, y asexuados, qué difícil se está poniendo esto con lo de la correción política) que yo vivo en España. Y por estos pagos, más que el cánon occidental, impera el cánon celtibérico, que se caracteriza, ante todo, por la ansiedad por el dinero. Escritores (y escritoras) y, por extensión, artistas (y artistos) de toda índole, calaña, ralea o pelaje andan más preocupados que nadie por eso que los griegos llaman algo así como Eypos y los demás europeos llamamos Euros. Entre ellos, de todas formas, destacan esos que se agrupan bajo esas siglas que Google, con muy buen criterio, asocia a la palabra ladrones y que suelen merendar con una ministra que lleva la alopecia en el carnet de identidad.

Vaya por delante que respeto el derecho de todos a ser avariciosos. Respeto incluso el derecho a ser imbécil. Por respetar, hasta respeto el derecho a insultar la inteligencia de las personas. Simplemente exijo a cambio que se respete mi derecho a expresar lo que tengo claro que es avaricia, estupidez, insulto a la inteligencia y abuso del término cultura. Los de allá no sé si estarán al tanto del ansia recaudatoria que por aquí tienen esas ‘sociedades’ (más bien ‘cuadrillas’, en justa traducción del término inglés ‘gang’) de gestión de los derechos de autor. Me permitiré un brevísimo resumen por si acaso.

Hasta la entrada en vigor de la ley actualmente vigente, la gestión del cobro de derechos de autor se realizaba en régimen de monopolio por esa panda de, no lo digo yo lo dice Google, ladrones. En otras palabras, para cobrar cualquier derecho, era obligatorio darse de alta en dicha sociedad y permitirles descontar unos ‘gastos de gestión’ que alcanzaban porcentajes alarmantes sobre el total. Con la nueva ley, el único cambio sustancial fue que se eliminó el monopolio. Todas las sociedades que surgieron después, que siguen siendo minoritarias, y que ahora tan bien se llevan entre sí, no eran más que grupos de ‘artistas’ descontentos con el atraco que la antigua sociedad les hacía periódicamente.

Llegaron los nuevos tiempos, la globalización, la interné, el top manta, Napster, etc. y empezaron a ver que el chiringito ya no rentaba como antes. ¿Quiénes lo empezaron a ver? Pues los que de verdad empezaron a ver peligrar sustanciosos ingresos que parecían llegar de la nada, las productoras y aquellos que detraían ‘gastos de gestión’. Los ‘artistas’, salvo tres o cuatro megaestrellas, prácticamente no cobran nada en concepto de ‘derechos de autor’. Si observan la liquidación de royalties de Kiko Veneno correspondiente al primer trimestre de 1993, comprobarán que por aquel entonces se llevaba unos seis céntimos de euro (10 pesetas de entonces) por disco vendido. Es decir, que las cincuenta mil copias que en el mercado nacional suponen ser ‘disco de oro’ significan unos ingresos de unos tres mil euros de entonces que actualizados a precios de hoy vienen a ser poco más de cuatro mil doscientos. Vaya capitalazo. Por eso todos los artistas ‘disco de oro’ viajan en sus jets privados y viven en palacios semejantes al de Versalles.

Pero el caso es que estos chicos y su ministra han dado con la solución. Cómo hay quién usa CD’s vírgenes para realizar grabaciones (con 'b') piratas, basta con gravar (con 'v') los CD’s vírgenes con un cánon en concepto de derechos de autor aunque el comprador los adquiera para almacenar las fotos de la primera comunión de su sobrino. Llevamos ya unos cuantos años pagando religiosamente ese cánon, que es hijo del que tiempo atrás introdujeron con las cintas vírgenes de vídeo. Reparen en dos o tres hechos que se deducen de su razonamiento.

1) En primer lugar se presume la culpabilidad de todo aquel que adquiere un CD. Se presume que cualquier compra de CD’s vírgenes se realiza con propósitos ilícitos. Todos somos culpables por decreto.
2) En segundo lugar, los ‘autores’ cobran, formalmente, los derechos de autor por duplicado. Por un lado el que les corresponde y, por otro, el que se deriva del cánon. Si las actuaciones policiales lograran que no se vendiera un disco pirata durante un mes, ellos cobrarían el doble de lo que les corresponde (digo yo que si ya pagamos, y ellos cobran, por lo que se les piratea, debería dejar de perseguirse la piratería).
3) Si los perjudicados por un delito (nadie niega que la piratería lo sea) tienen derecho a exigir compensaciones a los fabricantes de aquellos materiales utilizados para cometer tales delitos, la cosa debería ampliarse mucho más. Todos aquellos comerciantes con escaparates deberían cobrar de los fabricantes de ladrillos (o automóviles, que ya se puso de moda hace tiempo asaltar escaparates estrellando un coche contra ellos). Al fin y al cabo, todo el que compra un ladrillo (o un automóvil) es un asaltante potencial.

Pero parece que la cosa ya no es suficiente. Quieren más. Por eso se les ha ocurrido la ingeniosa idea de crear un nuevo cánon sobre las conexiones a internet de banda ancha, ya que son instrumento a través del cual se descarga mucha música pirata. No acabo de entender por qué no llevan el argumento hasta sus últimas concecuencias. Los piratas también consumen electricidad para cometer sus fechorías, ¿por qué no añadir un recargo a la factura de la compañía eléctrica? Podría incluso crearse un cánon sobre la venta de mantas, que es lo que utilizan los vendedores callejeros para exponer su mercancía ilícita. No sé por qué los fabricantes de CD’s tiene que aguantar que les incrementen arbitrariamente el precio de sus productos mientras otros muchos señores duermen tan tranquilos (y calentitos).

Ayer, propuse el establecimientode un cánon sobre la memoria (la suya, la que tienen en la cabeza, no la RAM). El señor Aquende, como les señalé, lleva tiempo proponiendo un cánon sobre el folio en blanco. Los lienzos, en la medida en que sirven para falsificar cuadros, deberían llevar su correspondiente cánon. De hecho, todo debería llevar un cánon para estos chicos, habida cuenta de que en los tiempos que corren se puede hacer ‘arte’ con cualquier cosa. Apoyen esta medida, aunque sólo sea por darnos el gusto de ver qué se les ocurre pedir cuando todo, hasta el aire que respiramos, esté gravado con un cánon ‘cultural’ de lo más celtibérico.

Lo más gracioso de todo esto es que siguen insistiendo en aquello del ‘atentado a la cultura’ para defender lo que no es más que una ‘industria’. La señora ministra se alinea con la defensa de los ingresos de David Bisbal y, sobre todo, de sus productores, y se permite el lujo de mezclarlo con Beethoven. Pero no insistiré mucho más en esto porque me hace sentirme como aquel rayo que cayó dos veces en el mismo sitio (esto, como lo del mono que quería ser escritor satírico de ayer, es un guiño a nuestra corsaria favorita). Ya sabemos que es una batalla perdida y que, como vencidos que somos, sólo nos queda la esperanza de no esperar salvación. Ya que salió antes la Farsalia por aquí, concluyamos con ella: La causa de los vencedores agradó a los Dioses; pero a Catón la de los vencidos. Bioy refiere lo siguiente en De jardines ajenos: “Según De Quincey, éste es el más extraordinario elogio que se ha hecho de un hombre, ya que de un lado se pone a todo el Olimpo y del otro lado a él”. Catón estaría hoy de nuestro lado, seguro.