29 de abril de 2005

Estanqueros

[Hace unos meses nuestra Corsaria tuvo a bien enviarme un diálogo, de su autoría, entre un suicida y un estanquero. El que esto les firma, que a veces no sabe bien qué hacer para abstraerse un rato de sus obligaciones laborales, no tuvo mejor idea que devolverle una variación sobre el mismo tema. A aquella variación sucedió otra al dia siguiente. Luego fue otra. Y luego otra. En vista de que en los comentarios del post anterior, estos estanqueros (o este estanquero, porque podría ser el mismo) asomaron brevemente, se los traigo hoy aquí y, de paso, me ahorro tener que escribir hoy, que he tenido un día algo durillo]

Un estanquero keynesiano

– Buenos días. Deme usted algo bueno para suicidarme.
– No puedo ayudarlo, llame usted al teléfono de la esperanza.
– Ya lo pensé, pero mi determinación es firme. Pero como soy muy aprensivo, con sólo ver sangre me mareo, he pensado que ya que dicen que fumar puede matar...
– ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo puede creer usted eso? ¿No le enseñaron en el colegio que las apariencias engañan?
– ¿Quiere usted decir que el tabaco no puede matar?
– Veo que no me escucha. O que no me quiere entender. El tabaco es nocivo. Si duda alguna daña el organismo. Pero fumar es un acto mucho más complejo que limitarse a aspirar el humo del cigarrillo.
– Más que no querer, es que no consigo entenderle...
– Mire, una buena parte de mis clientes son abueletes que llevan toda la vida fumando, si los viera pensaría que el tabaco es beneficioso. Insisto, no lo es. Pero debe uno preguntarse ¿y por qué lo parece?
– Sigo sin verle venir.
– Sepa usted que buena parte de esas pesetas que tanto cuesta ganar y que viene usted dispuesto a gastárse en cigarrillos no me las quedo yo, ni el alma caritativa que puso todo su esfuerzo en liar estos cigarrillos que quiere usted llevarse. No, se los lleva la Dirección General de Tributos y los dedica exclusivamente a financiar un sistema sanitario que compense todo ese daño.
–¿Y las Autoridades Sanitarias están al tanto de esto? ¿Quiere usted decir que nos animan a fumar para después sanarnos? ¿Qué sentido tiene eso?
– No sólo están al tanto, son parte activa del mecanismo. Mire, todos tenemos claro que la salud pública es importante, y por qué no decirlo, la privada, la de uno mismo, también. Pero no se engañe, lo más importante es la economía, ‘generar riqueza’ que le dicen. Y para eso sólo hay un camino, darle muchas vueltas a las cosas
– ¿Muchas vueltas?
– Pues claro, buen hombre, espabile. Si nadie fumara, ¿cree usted que el problema lo íbamos a padecer exclusivamente los sufridos estanqueros? ¿Ha pensado usted en la legión de médicos que quedarían en paro? ¿Qué sería de tantos laboratorios farmacéuticos dedicados a aliviar las afecciones respiratorias? ¿Qué sería de la sección recaudatoria del Impuesto sobre las labores de la tabaco? Y no vaya usted a pensar que la cosa acaba ahí, que ya lo dicen los sabios de la economía, si todos esos desocupados dejan de consumir lo íbamos a notar todos, incluso usted caso de que le diera por no suicidarse.
– No sé,...visto así.
– Hágame caso, búsquese otro medio. Si le da por fumar va a tener una legión de sanitarios empeñados en impedir su muerte pagados precisamente con su dinero. Pruebe otra cosa. Yo tuve un cuñado al que le fue muy bien arrojarse a uno de los Altos Hornos, pero claro, por aquí cerca no hay ninguno. No sé, quizá una pistola o tirarse por un puente, que sale muy económico.
– ¿Sabe una cosa? Me ha convencido.
– Bien caballero, para celebrarlo ¿hace una faria? Están de oferta.

Un estanquero hedonista pero práctico

– Buenos días. Deme usted algo bueno para suicidarme.
– Perfectamente caballero, aquí tiene esta navaja cortapuros que le puede ser de mucha utilidad. Fíjese además que la funda tiene incrustaciones de nácar aunque claro, si va a suicidarse no creo que eso le importe mucho.
– Andaba yo pensando más bien en otra cosa.
– Pues no sé muy bien cómo puedo ayudarle. Lo único que se me ocurre es que utilice gasolina para mecheros y se prenda fuego. La va a salir un poco caro porque sólo tenemos latas de 250ml y así, a ojo de buen cubero, yo calculo que puede necesitar unas treinta y seis. Por el mechero no se preocupe que va por cuenta de la casa.
– Tampoco van por ahí los tiros. Vea usted, mi determinación es firme. Pero como soy muy aprensivo, con sólo ver sangre me mareo, he pensado que ya que dicen que fumar puede matar...
– Hombre, lo que es matar mata pero va a tener usted que armarse de paciencia. Tenga en cuenta que se lo digo como alma caritativa que soy porque comprenderá que los cuarenta años que puede llevarle me pueden suponer pingües beneficios. Pero aunque ahora la cosa anda algo achuchá los estanqueros somos, ante todo, buenos samaritanos que no buscamos aprovecharnos de las debilidades ajenas. No sé si me entiende.
– No, si yo entenderle le entiendo pero es que no sé qué hacer.
– A ver, buen hombre, yo de esto de los suicidios entiendo más bien poco. Con decirle que nunca me he suicidado está todo dicho. Pero me imagino que si le ha dado a usted por ahí será porque cuenta con buenas razones.
– Pues no sé si son buenas o malas, pero razones son, se lo aseguro.
– Pero ¿lo ha pensado usted bien?
– Hombre, lo he pensado como se piensan estas cosas, ya sabe.
– No señor, yo no sé nada y mucho menos cómo se piensan estas cosas. Pero no crea que por ello no puedo ayudarle que yo también he pasado lo mío. Como puede usted ver un servidor es mutilado de guerra. Poca cosa, no crea, una granada que no explotó a su debido tiempo y que lo hizo en su indebido tiempo llevándose por delante este brazo que ya no está. No crea que me lo tomo como una desgracia. A mí me vino Dios a ver aquel día. Gracias a mi incapacidad me dieron este estanco y desde entonces, y son ya treinta y cinco años, llevo aquí entre cigarros mirando y aprendiendo.
– No se me vaya por las ramas, ¿no ha dicho que podía usted ayudarme?
– Por supuesto caballero, porque si le he dicho que no sé cómo se piensan estas cosas no es menos cierto que en estos años he aprendido la forma en que se piensan estas cosas, que es cosa muy distinta pero que veo que le hace falta a usted saber.
– Pero ¿a qué se refiere exactamente?
– Pues a una cosa muy simple, caballero. Se va a llevar usted ahora mismo esta cajita de breñas cubanas. Ya le he dicho que el mechero corre por cuenta de la casa aunque si quiere cerillas de cedro, que es lo más recomendable, podemos cambiarlas por el mechero. Seguidamente se va a ir usted ahí enfrente, a la bodega. Pregunte por el Mariano, que es mi cuñado, y dígale que va usted de mi parte. Llévese una botella del mejor coñac que tenga. No puedo decirle cuál es porque yo no paso del vermut. Y después se va a casita a fumarse las breñas con un buen coñac que así es como se piensan estas cosas.
– ¿Y si no llego a alguna conclusión¿
– Pues vuelve usted mañana y repetimos el procedimiento hasta que a su conclusión le de por aparecer. Entonces, no se preocupe, yo le tendré preparada aquí una Smith & Wesson con su correspondiente munición, que el Mariano, mi cuñado, ya sabe, no siempre fue bodeguero y tiene amigos hasta en el infierno.

Un estanquero realista

– Buenos días. Deme usted algo bueno para suicidarme.
– ¿Cree usted que iba a estar yo aquí si lo tuviera?

Un estanquero de los de antes

– Buenos días. Deme usted algo bueno para suicidarme.
– Déjese de chorradas buen hombre, que la vida no es tan negra.
– Pero...
– Nada, nada. Ni peros ni nada. Ande, échese un cigarrito, que hoy estoy que me salgo. Invita la casa.
– ... el caso es que yo pensaba...
– ¿Pensar? ¿pero cómo se le ocurre pensar sin el acicate de ver las volutas de humo acendiendo por el aire? ¿Acaso no sabe que todas las grandes ideas de la humanidad, fíjese que le digo todas, se las debemos a ese humo bienhechor?
– ... en fin, que mi amiga Ana me dijo que...
– Me dijo, me dijo, ¿pero es que usted hace caso de todo lo que le dicen? Mejor hágame caso a mí, que estoy en mejor posición que ninguno para aclarale tres o cuatro cosillas.
– ... fumar produce una muerte lenta y dolorosa.
– Pues dígale a su amiga que se informe antes de ir dando consejos por ahí.
– ¿Quiere usted decir que no es cierto?
– Pues claro, caballero. La muerte no puede ser lenta. Claro que la agonía se puede alargar bastante, pero lo que es morirse es una cosa instantánea. Uno está vivo y al instante siguiente ya está muerto. ¿Qué diablos es eso de morirse lentamente?
– Pues no se me había ocurrido verlo de ese modo.
– No me extraña. Anda usted haciendo caso de todo lo que oye y luego pasa lo que pasa.
– Y ¿qué es lo que pasa?
– Pues que nos buscan la ruina al gremio estanquero, que hay mucho ingénuo por ahí que se va creyendo lo que dicen las ‘autoridades sanitarias’, que se llaman así, como si se pudiera mandar sobre la salud. Yo, cada vez que oigo eso de las ‘autoridades sanitarias’ me pongo de los nervios. Cuando cojo una gripe me entran ganas de presentarme en sus despachos a decirles que hagan el favor de decirle al virus que se vaya y me deje tranquilo. A ver si es verdad esa autoridad.
– Tiene usted mucha labia.
– No crea, es que las mañanas se hacen aquí muy largas y uno las pasa como puede.
– Pues a mí me da que está usted intentando escaquearse de darme ese cigarrito por cuenta de la casa.

Actualización 30 de abril

Ana, la Corsaria, ya ha colgado la versión original y primigenia aquí.