12 de abril de 2005

Géneros olvidados

Lleva mucha razón la corsaria Ana cuando me acusa de llevar unos días tratando aquí aburridos asuntos. Cánones, piratas, ministros, propiedad intelectual y demás zarandajas ya tienen bien ganado su sitio en otros lugares y el que quiera hartase de estas cosas no tiene muy difícil el hacerlo. Que suenen clarines y trompetas que hoy cambiamos de tercio porque, con su sigilo habitual, el equipo de investigación sobre géneros literarios olvidados ha proseguido sus trabajos y regresa aquí, triunfalmente, para exponer los últimos resultados de sus indagaciones.

Los fieles de esta iglesia recordarán que ya traté aquí las enormes posibilidades del ‘género enciclopédico’. No crean que aquí se acaba la cosa. El universo de las letras es mucho más amplio de lo que la mayoría supone. Hay tantos géneros olvidados, lo que no quiere decir abandonados, que su reconocimiento oficial obligaría a quintuplicar las facultades de filología. Piensen, por ejemplo, en la redacción de carteles, disciplina que pueden estudiar a fondo gracias al Proyecto Cartele. Pues bien, vengo hoy dispuesto a rescatar del olvido algunos de estos géneros con la esperanza de despertar alguna que otra vocación entre los lectores que sueñen con hacer carrera en el mundo de las letras.

Debo al ínclito ministro Álvarez Cascos el conocimiento de un término que en su día me fascinó: argumentario. Con idea de unificar criterios y transformar las directrices de su partido en ideas fuerza, este esclarecido caballero repartía entre los cargos de su partido estos famosos ‘argumentarios’, colecciones de argumentos a transmitir sobre los más diversos temas. Que hay que hablar sobre las plataformas de televisión digital, aquí tiene usted los argumentos que debe usar. Hay que reconocer que políticamente no era mala idea. Su error consistió en que se hicieran públicos, lo que transformó automáticamente a cualquier político interviniente en un debate en un lorito de repetición. Incluso si el argumento era de veras incontestable, perdía toda su fuerza al saberse extraído de una ‘receta’.

El argumentario ha de ser secreto para ser efectivo. Esta es la razón por la que este oscuro género literario es prácticamente desconocido y no disfruta del lugar que le corresponde en los textos académicos. Asoma alguna que otra vez tímidamente en esas curiosas colecciones de ‘libros para ejecutivos’ (ya saben, ‘Como ser convincente’ y cosas así), pero poco más.

Y sin embargo se trata de un género para el que existe una amplísima demanda. Todo autor de argumentarios sabe que nunca ha de faltarle el trabajo. ¿Qué mejor prueba quieren que esos dos caballeros que han pasado por aquí en busca de ‘frases para decepcionadas’? ¿Acaso no es un argumentario lo que andaban buscando? Debo confesarles que el ‘género argumental’ no se cuenta entre aquellos para los que me veo más dotado, no obstante, me puede la vocación de servicio así que, con la seguridad de que con sus aportaciones la cosa mejorará notablemente, les ruego su ayuda para la redacción de un ‘argumentario para tratar con decepcionadas’. Todas las propuestas serán bien recibidas en la dirección que ya conocen: stultorum(arroba)gmail.com

Muchos han creído, equivocadamente, que el minimalismo tiene su máxima expresión en el relato brevísimo, aquel que con tanta maestría dominaba don Augusto Monterroso. Relatos de una sóla frase. ¿Se puede pensar en algo más breve? El slogan publicitario, otro curioso género, no es más breve que estos relatos. Pero sí, puede pensarse en algo más breve y este es el segundo de los géneros olvidados que quiero traerles aquí hoy. ¿Se imaginan poder decir muchas cosas con una sóla palabra? Este es el límite del minimalismo, reducirlo todo a una sóla palabra. Claro que para eso no vale cualquier palabra. De hecho todas las palabras están ya tan limitadas por su uso cotidiano que apenas valen para una empresa tan ambiciosa cómo esta. Se hace necesario inventar nuevas palabras. Esto es lo que se hace casi a diario en los laboratorios farmacéuticos a la hora de bautizar sus productos. Secretos grupos de escritores minimalistas se reúnen discretamente para crear estas piezas mínimas cuyo indiscutible valor artístico pasa casi desapercibido.

Como en todo, en esto también hay escuelas. La cosa nació con un naturalismo ramplón. Años atrás tuvo lugar el esplendor de la escuela realista: ¿un analgésico? Frenadol, ¿algo para el enfriamiento? Desenfriol. Afortunadamente para el desarrollo de estas artes, movimientos más innovadores han tomado el relevo y ya no suelen verse por las farmacias tan descriptivos y poco sugerentes nombres. Más poético resulta un psicoestimulante llamado Agudil, que promete recuperar la agudeza perdida; o la terapia biliar basada en Bilicanta, con su evocación de los canturreos gastrointestinales. Existe una penicilina ‘de amplio espectro’ que imagino que se utiliza para tratar enfermedades venéreas, toda vez que se llama Raudopen. Que necesitan un tónico estimulante del apetito, pues nada, dos cucharadas de Glotone y listos. Incluso la fundación FAES, acompaña sus incendiarios vídeos con un fármaco para tratar las quemaduras que lleva el paradójico nombre de Noquema.

Para que luego digan que no hay oportunidades para los escritores noveles. Lo que pasa es que todos se empeñan en escribir novelillas y poemillas ignorando el casi infinito universo de posibilidades que se les abre una vez dominada la palabra. En esta particular ONG, Literatura sin Fronteras (y sin literatura), en que se están convirtiendo las ‘Salidas de Emergencia’ seguiré investigando, con su inestimable ayuda, para seguir abriendo posibilidades literarias insospechadas.

Y si todo esto les parece una mamarrachada sin importancia y se sienten llamados así, sin más, a las más altas cumbres de la literatura, dejando de lado estas humildes propuestas que les hago a la manera de Jonathan Swift, no está de más que sepan de la primera colaboración literaria conocida entre Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Dejo a este último que se la cuente. «En 1935 ó 36 fuimos a pasar una semana en una estancia, en Pardo, con el propósito de escribir en colaboración un folleto comercial, aparentemente científico, sobre los méritos de un alimento más o menos búlgaro... Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje; después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado y avezado».