17 de abril de 2005

Mi caverna

Tal y como les prometí me ocuparé hoy de una caverna. Sé de alguno que anda asustado por ello. Es lógico. Si ayer les traje por aquí a Aristóteles cabría suponer que hoy le acompañaría su maestro de anchas espaldas, aquel que encerró todas las ideas, no sólo las suyas, en una caverna, para que disfrutáramos de sus sombras. Pero lo lógico y evidente no es norma de esta casa, así que si quieren llegar a la caverna platónica tendrán que darse primero un paseo por La Habana y por Madrid, lugares de nacimiento y residencia de José Carlos Somoza, escritor cubano del que cabe suponer que corrige a diario como todo hijo de vecino.

Somoza es autor de una curiosa novela, La caverna de las ideas. Es una buena inversión ya que este señor consiguió, utilizando artes que me son desconocidas, disfrazar dos novelas como si fueran sólo una. La primera de ellas es una novelilla de detectives que transcurre en la Grecia antigua, donde un remedo de Hércules Poirot llamado Heracles Póntor trata de resolver una serie de asesinatos inexplicables ocurridos en la época de Platón. Esta falsa historia se hace pasar como una obra compuesta por Filotexto de Quersoneso en el año en que era arconte Argínides, sibila Demetriata y éforo Argelao. Pero, como les digo, en sus páginas se esconde otra novela que tiene lugar entre las (falsas) notas a pie de página del (falso) traductor. En ellas hay, si cabe, más intriga, secuestros, misterios y demás elementos habituales del género. Como es habitual, no les contaré la novela, pero, con ánimo de reventársela, les dejo aquí el posible comentario de Platón a la misma, directamente tomado de su epílogo:

Extraña creación, Filotexto; sobre todo, el doble tema que desarrollas: por una parte, la investigación de Heracles y Diágoras; por otra, este curioso personaje, el Traductor (no le otorgas ningún nombre), que, situado en un inexistente futuro, anota al margen sus hallazgos, dialoga con otros personajes y, por fin, es secuestrado por el loco Montalo... ¡Triste suerte la suya, pues ignoraba ser una criatura tan ficticia como las de la obra que traducía!

A lo que sigue la probable respuesta de Filotexto:

Pero tú has imaginado muchas palabras en boca de tu maestro Sócrates. ¿Qué destino es peor? ¿El de mi Traductor, que no ha existido nunca salvo en mi obra, o el de tu Sócrates, que, a pesar de su existencia, se ha convertido en una criatura tan literaria como la mía? Creo que es preferible condenar a un ser imaginario a la realidad que a uno real a lo ficticio.

Sin embargo, para muchos otros la caverna no está en Grecia sino en Liverpool, concretamente en Mathew Street. Allí fue donde cuatro mozalbetes comenzaron a mostrar sus habilidades para combinar los sonidos con el tiempo. Me ahorraré (estoy hoy de lo más ahorrativo) hacerles aquí una encendida loa a The Beatles, siempre merecida, pero probablemente innecesaria. Les daré a cambio noticia de algo cuyo conocimiento debo a uno de los lectores de estas páginas. Los que sepan de bajar música y demás actividades delictivas (debo ser el único que no tiene ni idea de cómo se hace) pueden (y deben) buscar una versión del Day Tripper que circula por ahí interpretada nada menos que por los Beatles junto con Jimi Hendrix. Esta es una recomendación que les hago de buena fe, pero que, además, me permite hilar los temas de hoy con algo más que con esa tan mal traída referencia a The Cavern. Y es que una de las mejores representaciones gráficas de la caverna platónica que conozco es esta:

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No recuerdo qué fotógrafo declaró que era imposible hacerle una mala fotografía a Jimi Hendrix. Qué mejor prueba que la que les acabo de dar. Ni siquiera necesita salir en la foto. Por razones que se me escapan nunca les he hablado aquí de música, cuando es cosa que se cuenta entre mis grandes pasiones. Un día de estos quizá lo haga. Por hoy, baste con decir que lo que hizo Hendrix en cuatro discos está todavía pendiente de superación.

El caso es que esta imagen fue utilizada por otro Jim para la publicidad de su empresa. Un caballero inglés responsable de toda una escuela sobre cómo debe sonar una guitarra. Como fetichista irredento debo confesarles que mi amplificador también es un Marshall, y mi guitarra (dos de ellas al menos) son Fender Stratocaster.

Pero mi Stratocaster estrella no lleva el nombre de Hendrix, sino el de Eric Clapton. Allá por 1988, la compañía Fender descubrió un truquillo para vender las guitarras al doble del precio habitual: reproducir fielmente los modelos personalizados para las grandes estrellas. Clapton estrenó las llamadas Signature Series y, por curiosas razones que no vienen al caso, un modelo de 1989 acabó en mis manos (buscando por la red, sólo he encontrado un modelo en venta, pero la mía no tiene ese horrible color verde Seven Up, se lo juro).

Cabría pensar que un modelo tan exclusivo, en un pueblecito tan pequeño como en el que vivo, sería la ‘Statocaster de referencia’. Pero no es así. La vida te da sorpresas, que decía la canción, y no hace mucho conocí a un vecino de este lugar, Jean-Daniel Bercher, que lleva más de 45 años tocando la guitarra (yo sólo llevo 26) y que en los gloriosos años del Swinging London tuvo ocasión de cambiar su guitarra, una Gibson Les Paul Custom, con el propio Clapton, que le dio su Fender. Aquella Stratocaster está hoy aquí, en este olvidado rinconcillo del país, a pocos metros de mi casa. Para que vean si el mundo es pequeño.

Quizá Platón tuviera razón y sólo somos capaces de adivinar las sombras de las cosas en la caverna. Pero lo que está claro es que en esta caverna lo importante no es lo que se ve sino lo que se oye. Aprovechen y escuchen a los Beatles, o a Hendrix, o a Clapton, escuchen la guitarra que ustedes quieran porque quizá un día de estos me dé por colgar aquí algo interpretado por mí y empiecen a odiar el instrumento.