14 de abril de 2005

Sala de despiece

Continua la corsaria Ana fiel a sus costumbres e insiste en sus acusaciones contra el no-autor de estas páginas. Esta vez fue mi ‘manía de analizarlo todo’ el blanco de sus amables ataques. En vista de que soy un pedazo de pan, he optado por darle la razón y analizar esta insólita manía de analizar que padezco, máxime cuando el ‘análisis’ ha caído en el mayor de los descréditos en los tiempos que corren. Descrédito, por otra parte, lógico y merecido como espero mostrarles hoy aquí.

Como imagino que todos conocen, el sufijo –lisis significa disolución, separación. A primera vista parecería que ‘Análisis’ vendría a ser la disolución o separación de la corsaria Ana en las partes que la componen para conocerla mejor. No se asuste nadie, ni siquiera la corsaria, que no vengo hoy aquí decidido a reproducir La matanza de Texas. No se dejen llevar por la precipitación, no es a Ana a quien despiezaremos hoy. El DRAE en su primera acepción aclara que ‘análisis’ es la ‘Distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos’. El análisis, por tanto, consta de dos momentos o fases, el despiece y el conocimiento propiamente dicho. No tengo muy claro si lo que suelo hacer aquí llega a la segunda de estas etapas pero, con seguridad sí a la primera. Despiecemos un poco a ver qué pasa.

Analistas ha habido muchos, quizá demasiados, pero creo que puede afirmarse que fue con Aristóteles cuando el ‘análisis’ alcanzó su etapa de mayor esplendor y madurez. Este señor fue un despiezador compulsivo. Idea que encontraba, idea que abría en canal para obtener chuletones, solomillos, filetes y demás resultados de un despiece ortodoxo. Nada estaba a salvo de su afilada hoja. Nada escapaba de su obsesión clasificatoria. Los menudillos por ahí, las costillas por allá, las criadillas me las apartas que voy a hacerlas estofadas,...

No es cuestión aquí de recorrer todas y cada una de sus clasificaciones analíticas, de sus despieces. Conformémonos con una de ellas que nos servirá para los propósitos de este modesto análisis, su Ética. No se dejen engañar por lo que pueden leer por ahí, eso de que a Aristóteles debemos tres éticas, en realidad es un truco de los editores que viene arrastrándose desde la antigüedad para vendernos tres libros en lugar de uno. El caso es que el señor Aristóteles, en su afán clasificatorio es decir, analítico, se empeñó en colocar la virtud en el justo medio entre dos vicios, uno que se produce por exceso y otro por defecto. Vean aquí su explicación en un paradigmático ejemplo de ‘prosa analítica’:

Así pues, tres son las disposiciones, y de ellas, dos vicios -uno por exceso y otro por defecto- y una virtud, la del término medio; y todas se oponen entre sí de cierta manera; pues las extremas son contrarias a la intermedia y entre sí, y la intermedia es contraria a las extremas.
(Ética a Nicómaco, II,8)

Pero aquí hemos venido a analizar así que vamos a ello. ¿Cuáles son esos vicios y esas virtudes según este griego peripatético? Despiecemos, pues, todas ellas en la siguiente lista:

Exceso/ Defecto/ Término Medio
Irascibilidad/ Indolencia/ Apacibilidad
Temeridad / Cobardía/ Hombría
Desvergüenza/ Timidez/ Respeto
Intemperancia/ Insensibilidad/ Moderación
Envidia/ ???/ Justa indignación
Ganancia/ Pérdida/ Lo justo
Prodigalidad/ Avaricia/ Liberalidad
Adulación/ Hostilidad/ Amabilidad
Servilismo/ Arrogancia/ Dignidad
Molicie/ Padecimiento/ Firmeza
Vanidad/ Mezquindad/ Magnificencia
Picardía/ Simpleza/ Sensatez

De acuerdo con esto, por ejemplo, este blog contaría entre sus virtudes el hecho de ser apacible, amable y firme. El resto son vicios que dejo a su buen entender. Pero habrán observado un intrigante grupo de interrogantes entre la envidia y la justa indignación. ¿Cuál será ese vicio para el que no parece encontrarse nombre? Ignoro si Sir Thomas Browne tenía esto en la cabeza cuando escribió en su Religio Medici (2ª P. Sec. 7): “Doy gracias a la bondad de Dios de no tener pecados que carezcan de nombre”. Pero, en todo caso, nuestro analítico griego puede aclararnos algo la cuestión:

Envidioso es el que se aflige por los éxitos ajenos más de lo que debe –pues incluso los dignos de prosperar causan aflicción a los envidiosos cuando prosperan–; el opuesto carece más bien de nombre: es el que se excede en no afligirse ni ante los indignos que prosperan, sino que es condescendiente, como los glotones respecto a la comida, mientras que el otro es intransigente a causa de su envidia.
(Aristóteles, Ética Eudemia, II, 3)

¿Lo han entendido o tengo que seguir despiezándoselo? Aristóteles nos está hablando de aquellos que no se ofenden cuando el joven Bisbal alcanza el número uno en las listas de ventas, cuando el señor Sardá lidera las audiencias nocturnas televisivas, cuando el señor Ibarretxe gana las elecciones en el país vasco, cuando a un crack futbolístico le hacen un contrato por no sé cuántos millones de euros, etc. A este innombrable vicio y a la envidia se opone por igual una virtud que ya parece estar cayendo en el olvido, la justa indignación, eso que por aquí llaman ‘estar cabreado pero con razón’.

Ya ven, empieza uno a despiezar y acaba cabreado con razón (ahora que tantos hablan de ‘ética blogueril’ y otros tantos andan preocupados con un concursillo, tendría su gracia ordenar los blogs según sus vicios y/o virtudes, pero ya saben que ése es asunto para otros lugares). Analizar sólo trae enfados, malos ratos y cosas peores. Llegados a este punto parece claro que la cuestión primordial es: ¿qué necesidad hay de trocear las cosas para conocerlas? ¿A santo de qué hay que tirar de bisturí o escalpelo en el tránsito hacia la sabiduría? ¿Acaso cuando reciben un regalo lo trocean para saber qué es? Claro que no. Todo lo más agitan la caja para ver cómo suena. Ahí tienen a nuestros políticos, sin ir más lejos, cuya sagacidad les ha llevado a desterrar para siempre el análisis y por eso se les ve siempre tan contentos, con la sonrisa en la boca. Aprendan de ellos, sobre todo en campaña electoral. No analicen. Cuando les digan ‘Vamos a prosperar’ no se les ocurra preguntar ‘¿en qué?’. Cuando les anuncien ‘un cambio’ no intenten saber ‘¿de qué?’. Cuando les hablen de ‘Talante’ no pregunten si se trata de buen o mal talante. ¿O es que pretenden convertirlo todo en la sala de despiece de una carnicería?