10 de mayo de 2005

Casa de citas

Cierto visitante, habitual aunque silencioso, salió ayer de su mutismo bajo el pseudónimo de María Teresa Campos (quiero creer que es un pseudónimo) cuando, por lo que pude colegir de los escasos rastros que por aquí quedaron de su visita, tras usar cierta herramienta de protección del copyright o, si se quiere, de detección de plagios llegó a la conclusión de que había demasiadas coincidencias entre un texto de un tal Miguel Ángel Rojo Fernández (asturiano, como Aquende) y el que un servidor había soltado aquí.

En efecto, muchas coincidencias había porque ambos habíamos usado el mismo relato de don Augusto Monterroso como fuente de inspiración: aquel que lleva por título algo tan enrevesado como ‘Tú dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico’, cuyas dos primeras frases (en cursiva para dejar claro, como hago habitualmente, que se trata de una cita) utilicé para arrancar una lamentable y lamentada historia.

Tras la vorágine criptográfica que había tenido lugar recientemente en las páginas de Aquende y que alcanzó su cenit aquí, quise, además, dejar constancia de la autoría de la cita y, de alguna forma, limitar el guiño hacia un texto que, en mi ingenuidad, consideraba suficientemente conocido por todos y que incluso ya había aparecido por aquí antes, aunque sólo entre los comentarios (¿verdad, Ana?). Por ello, al más puro estilo Aquende, destaqué en negrita unas cuantas letras que secuencialmente componían el nombre del autor (hubo incluso quien se dio cuenta de ello).

De hecho, fui aun más lejos ya que, en el segundo capítulo recurrí a un texto menos conocido, ‘El paraíso’, incluido en el mismo volumen que el anterior y que lleva por título, Movimiento perpetuo. Plagio o intertextualidad, llámenlo como quieran, el caso es que volví a esconder el nombre del autor entre aquellas líneas. Pero ya veo que estos juegos no son, a veces, bien comprendidos. Por ello he decidido interrumpir la sollozante narración que inicié ayer para aclarar o puntualizar un par de cosillas con la menor seriedad de que sea capaz. Los preocupados por las peripecias y desventuras del no tan joven consultor Unai no deben alarmarse. Tendrán la prometida ración en su momento.

He creído, ingenuamente, que mi juego aquí estaba claro para todos. A nadie agrada el ser acusado de plagio pero puedo asegurarles que mi enfado al respecto no duró más de diez minutos. Sin embargo cierto desánimo se instaló transcurridos esos diez minutos al constatar que las letras que aquí les junto podrían no entenderse en lo que son. Y eso sí es más grave porque un servidor, como cualquier otro escribiente, escribe para ser leído y leer, como acertadamente señala la RAE, incluye ‘comprender la significación’ (tampoco es para llorar, es decepción a la que me acostumbré cuando fui docente, pero que considero fracaso personal).

Mi juego, menos divertido que el de Aquende, que es muy juguetón, arrancó desde el primerísimo momento. La primera frase de este blog, publicada allá por el cuatro de diciembre del pasado año era esta:

El Príncipe Saurau pensó alguna vez en qué ocurriría si se permitiera que toda ocurrencia repentina se transformase en idea.

Otro plagio (con sus cursivas, claro) y algo más escondido porque el Príncipe Saurau jamás ha existido salvo en la cabeza de Thomas Bernhard. Claro que, aunque lo confesé más tarde, llegué a tener la desfachatez de despedirme aquel día diciendo (sin cursivas):

...no soy, lo sé, quién para irrumpir como intruso en este teatro...

Palabras en las que resuenan claramente las que Robert Burton, enmascarado bajo la apariencia de Demócrito Junior, utilizó para arrancar su monumental introducción a su aún más monumental Anatomía de la Melancolía, que les presenté aquí (les aviso ahora de que aquel melancólico texto arranca con palabras directamente tomadas de la introducción a la primera parte del Quijote, plagio descarado, sobre todo si no se ha leído el Quijote).
Por plagiar, he plagiado la Vulgata de San Jerónimo bajo el título de este blog y sólo confesé mi culpa el quince de diciembre, aquí.

Por si no había quedado clara la dirección del juego, durante muchos días nos enfrascamos por aquí en plomizas o divertidas (según el día y el lector) discusiones sobre el concepto de autoría e incluso sobre los ‘textos sin autor’ dada mi particular debilidad por los generadores de textos aleatorios. Afloraron por aquí los nombres de unos cuantos ‘juguetones’ como Raymond Queneau o Guillermo Cabrera Infante y yo seguí soltando por aquí y por allá numerosos guiños, a veces muy escondidos, a veces muy evidentes. Cinco han sido, según Technorati, las veces que les he traído aquí a Pierre Menard, a quien no me atrevo a llamar plagiador. Llegué a copiarles la introducción del Lazarillo de Tormes, con cierto disfraz, para tratar de estos asuntos y fue precisamente con veladas referencias a Ana Rosa Quintana, cuya paradoja fue presentada aquí en relación con el plagio que había sufrido don Pelu, plagio del que no queda rastro salvo estos comentarios (no deja de resultar irónico que MTC siempre acceda a este lugar precisamente a través de la página de don Pelu). Declaro aquí mi culpa, no siempre he confesado mis crímenes, cosa que deben tomarse como un elogio porque proviene de que les suponga suficientemente capacitados y leídos (ah, esa perversa costumbre) como para identificar los guiños y jugarretas que camuflo entre tanto ‘plagio intertextual’.

Si se sienten estafados vayan aquí mis disculpas aunque, me temo, no seré capaz de jugar aquí de otra manera que la que ya conocen. Salvando las estratosféricas distancias, el propio don Augusto Monterroso, escribió una fábula titulada El cerdo de la piara de Epicuro que es todo un plagio. Si se dirigen a Horacio, concretamente a la cuarta epístola del libro primero de las mismas, encontrarán que en aquella, aún más concretamente en los versos 12 a 16, puede leerse lo siguiente:

Inter spem curamque, timores inter et iras,
omnem crede diem tibi diluxisse supremum.
Grata superveniet quae non sperabitur hora.
Me pinguem et nitidum bene curata cute vises,
Cum ridere voles, Epicuri de grege porcum.

Lo que traducido al cristiano, en híbrida mezcolanza de plagio y habilidades propias viene a ser:

En medio de esperanza y ansiedad, miedo e ira,
piensa que cada día te ha amanecido como el último.
Grata sobrevendrá la hora que no se espere. Ven a
verme a mí, gordo y lustroso, de cuidado cutis, cerdo
de la piara de Epicuro, cuando desees pasar un buen rato.

Horacio, epicúreo él, vivía en una quinta de las afueras de Roma. Su protector, Mecenas, siempre lo colmó de atenciones que despertaban la envidia de sus contemporáneos, a los que ridiculizó en algunas de sus sátiras. Escribió también odas y épodos y una serie de epístolas entre las que destaca especialmente la Epístola a los Pisones, en la que se animó a fijar las reglas de la poesía y por ello es conocida también como Arte Poética. Horacio murió en el año 8 antes de Cristo. Y ahora fíjense si Monterroso no sólo tuvo la cara dura de plagiar la obra de Horacio, sino que se permitió el lujo de plagiarle también la vida:

En una quinta de los alrededores de Roma vivía hace veinte siglos un Cerdo perteneciente a la famosa piara de Epicuro.

Entregado por completo al ocio, este Cerdo gastaba los días y las noches revolcándose en el fango de la vida regalada y hozando en las inmundicias de sus contemporáneos, a los que observaba con una sonrisa cada vez que podía, que era siempre.
Las Mulas, los Asnos, los Bueyes, los Camellos y otros animales de carga que pasaban a su alrededor y veían lo bien que era tratado por su amo, lo criticaban acerbamente, cambiaban entre sí miradas de inteligencia, y esperaban confiados el momento de la degollina; pero entre tanto él de vez en cuando hacía versos contra ellos y con frecuencia los ponía en ridículo.

También se entretenía componiendo odas y escribiendo epístolas, en una de las cuales se animó inclusive a fijar las reglas de la poesía.

Lo único que lo sacaba de quicio era el miedo a perder su comodidad, que tal vez confundía con el temor a la muerte, y las veleidades de tres o cuatro cerditas, tan indolentes y sensuales como él.

Murió el año 8 antes de Cristo.

A este Cerdo se deben dos o tres de los mejores libros de poesía del mundo; pero el Asno y sus amigos esperan todavía el momento de la venganza.

¿No es intolerable? Yo al menos he confesado muchos de mis horrendos crímenes. La identidad de Saurau, por ejemplo, se la revelé en un post en el que tuve la decencia (¿docencia?) de enlazarlo a la novela en la que vive. La relación entre Burton y mi intrusión en este teatro la confesé el día en que les negué la posibilidad de disculparse. Recuerdo incluso que ya fui acusado por el ahora silencioso árcade (que fue mi acompañante en aquella comida en la magnífica Casa Manolo, a las puertas traseras del Congreso) de abusar de la palabra ajena y varias veces me he referido, no siempre en mi defensa, a tan poco recomendable práctica o vicio que tanto me cuesta evitar.

Porque lo cierto es que traerse a los propios escritos las palabras de los grandes autores tiene sus peligros. Se han de tener bien sólidos los riñones para intentar andar codo con codo con esas personas... Pues esa diferencia infinita de esplendor, da un aspecto tan descolorido, tan apagado y tan desprovisto de belleza a lo que uno escribe, que pierde mucho más que lo que gana. Aunque si la cosa se lleva al extremo puede que no haya problema. O que el problema sea otro:

El filósofo Crísipo mezclaba en sus libros, no sólo párrafos, sino obras enteras de otros autores, y en uno, la “Medea” de Eurípides; y decía Apolodoro que si alguien eliminase lo que le era ajeno, sus papeles quedarían en blanco.

Quizá no se hayan dado cuenta de que estoy citando a otro muy querido y montañoso autor que, en mi modesta opinión, fue el primer blogger de la historia, como ya les dije en otra ocasión. No pienso nombrárselo para que tengan algo con qué divertirse, pero sí les colocaré aquí la continuación de la frase anterior:

Epicuro, por el contrario, en los trescientos volúmenes que dejó, no sembró ni una sola cita de otro.

Como bien saben los fieles de estas páginas, ya que Epicuro también se cuenta entre mis lecturas preferidas, éste dejó, sí, más de trescientos volúmenes, pero debió dejarlos a la intemperie porque ninguno de ellos nos ha llegado. Si algo podemos leer hoy de Epicuro son tres breves epístolas que otro plagiador ilustre, Diógenes Laercio, tuvo a bien reproducir íntegramente en sus ‘Vidas de los Filósofos’ (tampoco deben pasar por alto la agudeza de este misterioso autor al percatarse de que las citas se ‘siembran’).

Al hilo de esto, y de las bondades del abuso de cita, y del juego, y del copyleft, y de la telenovela blogosférica y otros aburridos asuntos que nos desviaron temporalmente del camino llegué a calificarme de no-autor de estas páginas que pongo a su disposición para que hagan con ellas lo que les venga en gana (incluso plagiarlas si es que cabe imaginar plagio de plagio sin autor-plagiador y con autor-plagiado). Sólo por eso creo que ya no merezco ser calificado de aspirante a nada salvo a que ustedes se diviertan y entren en este juego cuyas reglas, si las hay, no sé muy bien explicar pero que habría querido dejar tan claras como las aguas del Leteo, río en el que me baño con frecuencia.

Vaya como despedida una última confesión. Cierto día les coloqué aquí una máxima apócrifa:

No apuestes por el “diálogo” antes de saber si éste es de sordos o de besugos.

Deben saber que, contrariamente a lo que pudiera deducirse de mi texto, tan lúcidas y acertadas palabras no se deben ni a mi ingenio ni a mi mano sino a los de otro insigne personaje del que ya les he dado noticia por aquí antes, el gran, inigualable y sin par Alberto Washington Fernando Caldentey Gómez que, entre rinoceronte y rinoceronte, demostró notables cualidades para la filosofía, disciplina que, para lamento de muchos entre los que me cuento, jamás practicó. Ojalá un nuevo Diógenes Laercio Junior haya recogido sus pensamientos en alguna parte. Aunque pueda acusársele de plagio, será un provechoso plagio tanto para ustedes como para mí. Al fin y al cabo, ¿no se trata de eso?

Fue el propio Caldentey quien, en su testamento, dejó escritas las palabras con las que me quiero despedir hoy:

Cuando salta la liebre, no hay rinoceronte cojo.

A día de hoy nadie sabe si son efectivamente suyas o se deben a otra persona de quien las tomó prestadas, pero deben reconocer que ni aquí, ni en un testamento vienen muy a cuento.


P.S. Mis disculpas a MTC si en algo la ofendí con estas líneas que sólo pretenden, como siempre, ser diversión, incluso para ella.