7 de mayo de 2005

Expertos y Comités

Como saben los fieles y algunos infieles (fieles e infieles a estas ‘Salidas’, claro está) esta semanita que empieza a terminar me ha tenido alejado de su compañía debido a una serie de asuntos que me han sugerido algunas (más bien todas) de las cosas que les traeré hoy aquí. Me tomaré el relato de los hechos con mucha calma y, fiel a mis principios, se lo aderezaré todo con profundas teorías al respecto. Dejo aquí los prolegómenos y, traicionando a Virgilio, comenzaré por el principio.

El profesor Charles Northcote Parkinson ha sido responsable de numerosas aportaciones científicas que merece la pena destacar. Claro que, del hecho de que merezca la pena destacarlas no deben deducir que vaya yo a hacerlo aquí. Parkinson fue profesor de las universidades de Blundell, Darmouth, Liverpool e Illinois (si no quieren quedar mal, no pronuncien la ‘s’ final de esta última) y a comienzos de los años sesenta comenzó a publicar una serie de obras que tuvieron cierto éxito relativo entre los estudiantes de las escuelas de negocios.

Tengo en estos momentos encima de la mesa una de estas obras, una guía para alcanzar el éxito en los negocios que en su traducción castellana se tituló ‘Al patrimonio por el matrimonio’. No se dejen engañar por el título, se trata de un libro prometedor:

Los consejos que siguen, sobre los medios de alcanzar el éxito, presuponen, pues, que se pretende una forma particular de éxito. Y se basan asimismo en la premisa de que el lector es una persona media, pero con algo menos que la inteligencia media. Vemos con demasiada frecuencia libros sobre el tema “Cómo triunfar”, en los que se anima al estudiante a desplegar más energía, a ser más inteligente, a ayudar a sus semejantes, a ser más minucioso, más agradable y más leal que los demás. Pero con todas esas cualidades, ¿para qué iba a necesitar libro alguno? No es a ese tipo de persona a quien se dedica un libro de estos. Ese señor va a triunfar con o sin el libro. El que necesita asesoramiento especial es el que está por debajo de la media, es decir, el memo, el perezoso, el descuidado, falto de espíritu de colaboración, malhumorado y desleal. A éste hay que dirigir libros de este tipo. Bien mirado, vivimos en un país democrático. ¿Por qué no ha de triunfar este señor, lo mismo que cualquier otro? Puede hacerlo, como vamos a demostrar en las páginas que siguen.

Pero me estoy yendo por las ramas. El caso es que a lo largo del desarrollo de esta, su famosa ‘Tercera Ley’, se esconden los fundamentos de una nueva e interesante disciplina, la comitologia. En sus propias palabras, la ciencia ‘más moderna entre todas las que derivan de la Biología’. Según el profesor Parkinson la palabra “Comité” era originalmente singular y se aplicaba a la persona encargada de representar los intereses de un lunático y se nombraban siempre que la incapacidad mental del lunático hubiera sido probada.

A medida que los lunáticos se iban haciendo progresivamente más numerosos, era lógico que se fuese aumentando el número de sus representantes de uno a tres... Hoy se acepta como cierto que el Comité en embrión consta de tres miembros y difícilmente podría tener menos. Sin ese número inicial sería imposible elegir un Presidente, nombrar un Secretario y dejar a alguien que haga de Vocal.

Pero claro, existe la posibilidad de que algunos de sus miembros se ausenten. Por ello, para garantizar un quorum, el número de miembros debe aumentar.

Una vez que se ha logrado resolver el problema de asistencia mediante una expansión del Comité, dejando un pequeño margen para posibles ausencias, el proceso de expansión se halla en plena marcha. El Comité crece y se hincha, da origen a subcomités y va poco a poco extendiendo sus ramas cargadas de fruto. Comienza a echar brotes, a florecer, con el sol brillando en el exterior, mientras que sus ramas cubren la tierra con su sombra protectora. Contrasta la hermosura de sus resoluciones públicas con la sombría y tenebrosa actividad de las maquinaciones que tienen lugar entre la enramada.

La taxonomía de los Comités ha encontrado, siempre según Parkinson, un fecundo aliado en los estudios de “Presidentología Comparada”, que han establecido cuatro grupos generales:

  • Desanimismo, es decir aquellos cuya técnica se basa en impedir a toda costa que la discusión se anime creando “una atmósfera de aburrimiento y sonidos amortiguados”.

  • Pedantismo, o cegar al comité a base de ciencia (“surge una rápida sucesión de hechos y números, se exhiben momentáneamente unos gráficos que se desvanecen, se ondean unos cuantos diagramas y se abren y cierran muy deprisa unos diseños, mencionando unas cuantas frases técnicas y pasando por alto detalles que se dan por conocidos”).

  • Tremebundismo:El presidente tremebundista es como el tanque guerrero de la vociferación. Es como una especie de altavoz de cara enrojecida, que parece estar a punto de que le dé una apoplejía en cuanto alguien se le enfrenta. La esencia de su técnica es declarar, o aceptar implícitamente, que la cuestión ha sido ya decidida, y el punto que se discute no merece ni siquiera consideración”.

  • Confusionismo, o permitir que la reunión degenere en caos, de forma que nadie logre saber qué es lo que se está discutiendo: “Todo el mundo habla al mismo tiempo, no hay dos oradores que hablen sobre el mismo tema y casi ninguno de ellos dice nada que se relacione ni aun remotamente con lo que dicen los demás”.


También Parkinson menciona otra interesante disciplina, la subcomitología o ciencia de los subcomités.

Recordemos, pues ello viene al caso, que una de las funciones del subcomité es la de derrotar a una de las facciones rivales en el Comité del que dicho subcomité es un brote. Si el partido cuyo cabecilla es A se ve defraudado en sus honrados propósitos por una facción que sigue a B, lo lógico es que A proponga que se desdoble el trabajo de que se trate en cuatro subcomités. Una vez que se llega a un acuerdo sobre esto, tratará naturalmente de delegar todos los trabajos de importancia en aquel subcomité del que intenta nombrarse presidente a sí mismo, y en el que habrá una mayoría de sus secuaces. La gente cuyas simpatías están con B, dominará otro subcomité presidido por B, que tendrá probablemente un título rimbombante, pero cosa de poca sustancia que resolver.

Dejo aquí la Comitología. Disculpen tan científica introducción. Los pocos que conocen el final de mi historia se habrán dado cuenta de la necesidad de que la hiciera constar aquí. Los demás tendrán que esperar un poco más.

El caso es que, aunque no lo diga el profesor Parkinson, de vez en cuando los comités requieren la comparecencia de ‘expertos’ que les iluminen (lean este verbo a la luz de los cuatro tipos de presidencia que enumeré antes) sobre alguna abstrusa cuestión. Debo confesarles que no se me ocurre adjetivo más insultante que el de ‘experto’ en algo. Se lo digo con conocimiento de causa porque uno ya ha sido ‘experto’ unas cuantas veces antes. Pueden sustituir la palabra ‘experto’ por ‘especialista’ o cualquier otra similar.

Para ser ‘experto’ no se requiere nada en especial. De hecho basta con que alguien le califique a uno con semejante término. Quizá un día publique aquí la lista de materias en las que he sido oficialmente experto y se sorprendan por su heterogeneidad. Hace ya muchos años, cuando trabajaba para una empresa de la capital del reino, se me ocurrió escribir un Diccionario de Trabajo (claramente inspirado en Bierce). Allí dejaba claro que la figura del experto es figura mitológica usurpada por nosotros, pobres mortales, para justificar decisiones ya tomadas de antemano. Intentaré localizar algún ejemplar de ese diccionario para traérselo por aquí otro día.

Pues bien, hasta aquí la introducción. Esta semana, una vez más, me ha tocado ser ‘experto’ (‘estudioso de la Economía’, para ser precisos, es lo que me han llamado) y comparecer ante una subcomisión (¿tendría Parkinson razón?). Para tranquilidad de todos, no les relataré mi aventura personal. Sería cosa muy aburrida. En su lugar, me inspiraré en ella para contarles la ficticia comparecencia de un pobre consultor de origen vasco, Unai Nomás, en su calidad de experto, ante un importante subcomité. Pero tendrá que ser otro día porque hoy, como siempre, ya me he extendido demasiado.