26 de mayo de 2005

Ficción, pero con orden (y sin él)


Obertura

Tras un, creo que merecido, descanso después del parto de las malandanzas del consultor Unai, retorno a esta tribuna (¿por qué me cuesta tanto concebir este blog como una tribuna?) dispuesto a divagar en la línea habitual. Tampoco sé muy bien sobre qué. Me he sentado ante el papel (es figura retórica, en realidad lo he hecho ante la pantalla) y el primer texto que me ha salido se ha convertido en una sesuda disquisición sobre conceptos macroeconómicos que ustedes ni se merecen ni serían capaces de perdonarme. Descartado este trascendental asunto, pensé en explicar, de forma ligera, por qué considero la episódica hexalogía galáctica del señor Lucas un bodrio (en cualquiera de sus cuatro acepciones). Pero me ha quedado algo demasiado vehemente y me temo que el señor Wally, entre otros, terminaría por retirarme el saludo tras leerlo. Así que aquí estoy, por tercera vez, pergeñando otra ración de palabras a ver si esta vez excreto algo digno, es un decir, de ser colgado en este modesto blog.

En los comentarios a mi última entrega se dijeron muchas cosas y algunas, para sorpresa del que esto escribe, tenían alguna relación con lo que había escrito. Se me animó, por ejemplo, a insistir en la composición y redacción de ficciones, cosa que prometo tener en cuenta aunque a la luz de lo que hoy les diré. A todos los que lo hicieron les doy aquí las gracias aunque no les alabo el gusto (estaría feo por mi parte, ¿no creen?). De todas formas, también se planteó otro asunto de la mano, como no, de Ana: las fronteras entre el ensayo y el relato, cuestión sobre la que, lo confieso, no tengo ideas claras. Tampoco esto es noticia, en realidad tengo ideas claras sobre poquísimas cosas, entre ellas, entre las pocas, la ‘obra’ del señor Lucas (y deben entender aquí ‘obra’ como derivado de la quinta acepción del verbo ‘obrar’).

Pero en fin, retomo, que tengo tendencia, como les dije hace tiempo, a irme por las ramas, como los monos. Decía la corsaria Ana lo siguiente:

La frontera separa dos países: el de la opinión y el de la acción. Los escritores de novelas se pueden conceder ignorar la acción, y hacer novelas más psicológicas o más filosóficas, los cuentistas no, los cuentistas tienen que ceñirse a la acción y dejar que el lector opine, sobre todo crear un mundo para que imagine.

Dejaré, de momento, la discusión aquí ya que ella amenazó con enviarme un e-Mail que, estoy seguro, contendrá sugerentes apreciaciones y que, con aún mayor seguridad, dará lugar a suculentas conclusiones que quizá acaben apareciendo por estas páginas.

Pero el caso es que esto de la acción me recordó a uno de los mejores escritores españoles en la actualidad. Se llama Eduardo, pero no soy yo. Hay quien dice que son dos, Eduardo Mendoza ‘el mayor’, y Eduardo Mendoza ‘el menor’. Y todo por insistir en que tres de sus obras son ‘menores’, casi de otra persona. Es hora de defenderlas, de reivindicarlas. Léanlas, si no lo han hecho ya, y entenderán por qué me gustan tanto: El misterio de la cripta embrujada (probablemente, la mejor), El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras (pueden iniciarse con el primer capítulo de esta última aquí). Yo no las creo menores. No creo que algo, por el hecho de tener gracia, sea ‘menor’. Pero leer a ‘Mendoza el menor’ deja muy claro por qué lo que yo hago aquí sí que es menor, incluso mínimo.

Y aún así me sugieren que insista en la ficción, con o sin acción. Allá ustedes. Vaya aquí un ejemplo de ‘ficción doblemente ordenada’. Doblemente porque, en efecto, presenta un cierto orden que no les costará mucho descubrir y, además, me ha sido ‘ordenada’ por ustedes.

Ficción ordenada

Andaba alegre aquel abril acompañando a aquel amigo.
Brincando, buen bribón buscó baza bajo bruscas bromas
cuando, contento como castañuelas, confesó:
–Dibujo diablos de diseño desde diciembre– dijo dignísimo.
–Entonces estará enterado; esto es, entrenado– espeté.
–Fue fácil –farfulló furioso.
–Gentil gañán, –gruñí– grandes galerías gustarían ganarle.
–He hecho hueco – habló horrorizado.
–Ilústrenos– inquirí.
–Jamás, joven –juró jocoso.
–¡Kamikaze!
Ladeé los labios ligeramente.
–¡Majadero! –murmuró, más musitó mucho más– ¡Mamarracho, mentecato!.
–No nos niegues nunca nada, necio– noté.
–Obviamente, –observó obcecado– otros os ordenan odiosas ocurrencias.
Pudo pasar pero prefirió proponer pecaminosos perfiles.
–Quizás quiera quedarse quieto.
Raudo, rabioso, repitió rencorosas rayas.
–¡Suspenda sus sarcásticos signos!
Todavía trazó tres tachaduras tras tirar todo torpemente.
Ufano, ultimó un ultraje urgente.
–¡Vengaré vuestra vana vileza, valientes vándalos!– voceó.
–¡Xenófobo xerocopista!
–¡Ya yaceré yo!
–¡Zarrapastroso zumbón!

Entreacto

Claro que también existe la ficción desordenada o ficción caótica. Un buen ejemplo es aquel ejercicio que tengo olvidado y del que ya merecen tener noticia. Resumiré la cuestión para los neófitos: hace tiempo, aquí exactamente, convoqué a los lectores de estas páginas para que escribiéramos conjuntamente una historia. Los que tuvieron a bien subirse a este carro fueron recibiendo periódicamente un fichero con la instrucción de añadir una sóla frase al final del texto. Así, fue creciendo hasta el día en que mis demás obligaciones me llevaron a desatender la circulación de la narración. Vayan aquí mis disculpas a todos los que se sintieron defraudados por ello.

De aquel ‘experimento’ deduje algunas cosas. La principal fue que la historia crecía, más bien engordaba, se enrevesaba y cada vez parecía más lejano su desenlace. Me planteé muchas veces algún cambio de reglamento que permitiera al relato descender hasta su final, porque corría el riesgo de convertirse en infinito. Hoy les propondré otra clase de solución. A continuación podrán leer la historia en su estado actual. Mi propuesta es que todos aquellos que lo deseen (y no sólo los participantes iniciales), redacten la conclusión de la historia y la hagan llegar a la oficina de aclamaciones, declamaciones, exclamaciones y reclamaciones de esta casa que, por si no lo saben, se encuentra en stultorum(arroba)gmail(punto)com. Publicaré todas ellas y, entre todos, decidiremos cuál resulta la más adecuada. Aquí les dejo el arranque:

Ficción caótica

Sólo al despedirla advertí aquellas marcas en sus muñecas. A pesar de la impresión que me produjeron, no informé a mi Comandante de que aquella mujer alguna vez se había abierto las venas con una gillette, al fin y al cabo, el motivo de su presencia aquella mañana en la Comandancia era el de poner una denuncia a una presunta red de coches de lujo robados ubicada en una ruinosa nave del mismo polígono industrial donde trabajaba como camarera. Sin embargo, no pude evitar sentir una muda curiosidad por los motivos que habían impulsado a aquella joven de aspecto frágil y ojos acerados a cometer una acción semejante, y mi discreta mirada inquisitiva fue interceptada, seguida de un rápido – aunque inútil – gesto de ocultación. Con un aroma a innumerables cafés e incontables cigarrillos enredado en su pelo, la mujer desapareció de mi vista sin decir una palabra, y yo intenté apartar aquel perfume de mi alrededor para concentrarme en la denuncia, ya que esta podría suponer un interesante empujón para mi carrera si resultaba tener un fundamento sólido.

Tarde varios minutos en volver a la realidad, mi cabeza, que parecía funcionar con vida propia, se empeñaba en retroceder una y otra vez hasta cualquier detalle que pudiera ser capaz de recordar de tan extraña mujer, y, en un peligroso juego, elaborar teorías tan brutales como contradictorias sobre una vida que se me antojaba, cuanto menos, fascinante. Las marcas de sus muñecas, junto con la presentación de la denuncia, me hacían pensar que su vida había llegado a un punto tal que ya no le importaba perderla.

Pedí por correo interno que nos mandasen la lista de propietarios de naves en el polígono y crucé los nombres con la base de datos “Duque de Ahumada”, mientras no podía dejar de pensar en aquella mujer y en lo desesperada que tuvo que estar para usar una gillette y para haber venido a cursar la denuncia, sabiendo que quizás esto último era mas rápido que una cuchilla oxidada y sin embargo, algo no me cuadraba en la composición que había realizado mientras observaba con ojos inquisitivos, esos con brillo en su mirada. Estudiaba los nombres, cruzaba datos y no podía olvidar su mirada queriendo decir más, recordaba una y otra vez las marcas en las muñecas, sus ojos y en ese momento lo vi claro, las piezas del rompecabezas empezaban a encajar.

No era solamente una denuncia, era una petición de ayuda en toda la regla y yo era el destinatario de aquella petición, pero, ¿por qué yo?

Apenas podía apartar la vista de los datos que escupía el ordenador, su lentitud en ir añadiendo renglones me desesperaba aún más, la minuciosidad con la que escudriñaba el informe empezaba a darme hasta miedo. Aquella incipiente obsesión me hacía repasar atropelladamente cada uno de los nombres buscando alguna razón, alguna causa, alguna pista que pudiera darme cualquier señal que explicara el porqué de su misteriosa declaración, alguna idea que pudiera orden al caos que aquella mujer había logrado instalar en mi cabeza. Sin embargo no podía dejar de dar vueltas a esa idea y a esos ojos con brillo en su mirada impropios de alguien que quisiera morir.

Horas después, ya refugiado en la tranquilidad del hogar, alejado de las miserias que a diario nos asaltaban en la comandancia, creyéndome a salvo de todo, volví a encontrarme con esos ojos en la foto de mi madre que tenía en el salón. No quedó ahí la cosa, en aquella foto también volví a ver aquellas marcas, que hasta entonces me habían pasado desapercibidas. No guardo ningún recuerdo real de mi madre, murió cuando sólo tenía cuatro años, mi niñez transcurrió escuchando historias maravillosas sobre una mujer extraordinaria, entusiasmada con la vida, historias que se me tornaban fraudulentas a la vista de aquellas cicatrices, sin embargo, había una manera de averiguar algo más: el viejo magnetófono averiado en el que según mi abuela estaba registrada la voz de mi madre, nunca me sentí con fuerzas para escucharla.

Había llegado el momento. La habitación permanecía como siempre. Miré a todos los lados, intentando huir de la visión de aquel viejo cacharro y, a la vez, buscando una mirada cómplice que me ayudara a tomar la decisión correcta. Tembloroso, como si de una prueba capital se tratara, me guardé la cinta de casette en el bolso mientras me justificaba a mí mismo pensando que ellas estarían orgullosas de mi reciente valentía. Sin pensarlo, me encaminé hacia la comandancia armado de valor, con ese sentimiento del deber cumplido tan típico de mi familia, pero con el pánico a lo que se escondía en mi chaqueta. ¿Escucharía por fin aquellas palabras que tantas veces había imaginado?

Mis pasos resonaban en el silencio nocturno mientras caminaba deprisa, acosado por el frío invernal y por mi propio miedo, sin reparar en que no estaba solo en aquella calle mal iluminada.

Cuándo empecé a escuchar a mi madre, retrocedí a mi infancia y empecé a recordar cosas que creía olvidadas: Aquellos suspiros y lágrimas, aquellas fotos que siempre miraba a escondidas y sobre todo aquella ropa de bebé que siempre olía y abrazaba. Tan ensimismado estaba oyendo aquella vieja cinta que no fui consciente de la presencia de nadie hasta que no habló: “Apaga esa cinta, este asunto quedo zanjado hace 38 años y no creo que debas removerlo por tu bien y el de tu familia” dijo. Sin embargo fue él quien la detuvo y se la guardó en el bolsillo: “Sólo la muerte hará...”, fueron las palabras que quebraban la voz de mi madre en ese momento y que mi Comandante interrumpió presionando con brusquedad la tecla del Stop.

Detrás de él apareció, para mi sorpresa, una silueta con aroma a cappuccino y mirada de gillette.

Finale enérgico ma non tango


¡Ahí queda eso! Seguro que sabrán estar a la altura.