12 de mayo de 2005

Original y copia

No nos hagas sufrir mucho con lo de colgar la continuación después de otro post sobre plagios
(Corsaria Ana)

Acabo de leer este comentario y, en mi calidad de mosca cojonera, no he sabido resistir la tentación. Hablemos, una vez más, de plagios, porque tienen su encanto. Don Eduardo Torres, probablemente el autor más plagiado de la historia, aunque sólo lo haya sido por un único plagiador, publicó en El Heraldo de San Blas un artículo titulado Eduardo Lizalde y el tigre en el que se refería a éste, al plagio, en estos términos:

Una fatalidad. Todo lo detestable que se quiera, pero a veces debe aceptarse, pues a pesar del gran número de ideas que nos legó Platón, la Naturaleza es tan injusta que a muchos hombres (y mujeres) no les ha tocado ninguna idea y, así, tienen que acudir a las ajenas para transmitir sus ideas, generalmente espurias si no concuerdan con las de uno, si es que también a uno le tocó alguna.

Certero, ¿verdad? Ideas, como saben o sospechan, hay bien pocas y suerte tiene el que alguna vez se ha cruzado con alguna. Estoy seguro de que éste es su caso, pero ¿acaso se sienten capaces de demostrar fehacientemente que sus propias ideas son suyas, que son propias? Y, abundando en la cuestión, ¿qué clase de virtud o ventaja proporciona el hecho de que las ideas de uno hayan sido engendradas, gestadas y paridas por los propios sesos? ¿No sería mejor preocuparse por si se trata o no de buenas ideas?

Pero será mejor que retome el hilo. Así, de la escasez de ideas se deduce la abundancia de copias. Por eso, la palabra ‘copia’ significa, a la vez, ‘Reproducción literal de un escrito’ y ‘Muchedumbre o abundancia de algo’. Pero si por plagiar entendemos la primera acepción del DRAE (Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias), habrá que convenir en que el plagio tiene dos fases o etapas. Primero, la copia. Después, la atribución de lo copiado a uno mismo. ¿Qué ocurre si falta la segunda? (difícilmente puede faltar la primera en presencia de la segunda).

Por ejemplo, el caballero Wally se nos ha descolgado hoy con la continuación de su encendida defensa de la filosofía, y, por extensión de la educación. Yo, modestamente como es mi costumbre, me he permitido interrogarle acerca de las pretendidas bondades de la instrucción general. De alguna forma, recordaba ciertas palabras que me permito plagiar ahora (sin atribuírmelas, ¿será plagiar?):

Es cosa averiguada, así lo siente Metrodoro Chío y otros muchos, que no se sabe nada, y que todos son ignorantes, y aún esto no se sabe de cierto, que a saberse ya se supiera algo; sospéchase.

Pero, antes de entrar en harina, no está de más recordar que este innominado autor que hoy les plagio se dio el gusto de ‘despiezar’ a la manera de Aristóteles tan jugosa afirmación.

En el mundo hay algunos que no saben y estudian para saber, y estos tienen buenos deseos y vano ejercicio, porque al cabo solo les sirve el estudio de conocer cómo toda verdad la quedan ignorando. Otros hay que no saben nada y no estudian porque piensan que lo saben todo; son destos muchos irremediables; a estos se les ha de invidiar el ocio y la satisfacción y llorarles el seso. Otros hay que no saben nada y dicen que no saben nada porque piensan que saben algo de verdad, pues lo es que no saben nada, y a estos se les había de castigar la hipocresía con creerles la confesión. Otros hay, y en estos, que son los peores, entro yo, que no saben nada, ni quieren saber nada, ni creen que se sepa nada y dicen de todos que no saben nada y todos dicen dellos lo mismo y nadie miente.

No sé en qué categoría se ven ustedes. Un servidor se identifica con la del autor, cosa que explica la existencia de este blog: Y como gente que en cosas de letras y sciencias no tiene que perder tampoco, se atreven a imprimir y sacar a luz todo cuanto sueñan. ¿No les parece esto el retrato del blogger medio?

El caso es que este autor, que no pienso nombrar, se dio cuenta de lo hipócrita de la afirmación socrática. Esto lo relaciona con el plagiado que les citaba, que no plagiaba, en el inicio de este escrito, don Eduardo Torres, que, en una carta a María Sten, escribió lo siguiente, como sabe muy bien nuestro amigo Wally.

Sócrates dijo: “Sólo sé que no sé nada”. En la Antigüedad esto le valió la reputación de ser el filósofo más ignorante hasta nuestros días. Por eso, más listo, su discípulo Platón dejaba entrever apenas que él solamente lo había olvidado todo.

Por olvidar, parece que hemos olvidado que plagiar, entre los antiguos romanos era ‘utilizar un siervo ajeno como si fuera propio’. De alguna manera, es lo que hacemos al recurrir a ideas ajenas en ausencia de las propias, como cuando yo les digo que ‘errar es de hombres y ser herrado de bestias o esclavos’, idea que debo al autor que no les nombro y sobre la que ignoro a quién se la plagió éste.

Pero la copia de obras de arte está legislada. Al menos eso creen los académicos de la lengua, que afirman esto para ejemplificar el uso de la primera acepción de la palabra ‘copia’. La copia de llaves, sin embargo, no está legislada y por ello queda relegada a la sexta plaza en la línea de llegada. Ignoro la razón, que, seguro, no es económica, por la que los cerrajeros, tan numerosos ellos, no han caído en la cuenta de la necesidad de organizar un lobby similar al de cierta Sociedad General que tampoco pienso nombrar pero que ha logrado hacer de la copia la cornucopia (atención, profesores de lengua, pueden usar esta última frase en sus clases para ilustrar cómo no debe componerse una oración).

Y al hilo de esto se me ocurre que, siendo sólo uno el pecado original, los demás habrán de ser necesariamente copias, plagios si quieren. Aunque esto quizá sea consecuencia de algo que don Eduardo Torres, que no tiene nada que ver ni conmigo ni con las torres atalayas, escribió en su cuaderno de notas.

Parece ser destino de las mejores ideas caer en manos de los peores hombres.