9 de mayo de 2005

Tú dile a Nomás que digo yo que lo nombre y que lo comisione aquí o en donde quiera, que después le explico (I)

UNO

Era un poco tarde cuando el funcionario decidió seguir de nuevo el vuelo de la mosca. La mosca, por su parte, como sabiéndose objeto de aquella observación, se esmeró en el programado desarrollo de sus acrobacias zumbando para sus adentros, toda vez que sabía que era una mosca doméstica común y corriente y que entre muchas posibles la del zumbido no era su mejor manera de brillar, al contrario de lo que sucedía con sus evoluciones cada vez más amplias y elegantes en torno al funcionario, quien viéndolas recordaba pálida pero insistentemente y como negándoselo a sí mismo lo que él había tenido que evolucionar alrededor de otros funcionarios para llegar a su actual altura, sin hacer mucho ruido tampoco y quizá con menos gozo y más sobresaltos pero con un poquito de mayor brillo, si brillo podía llamarse sin reticencias lo que lograra alcanzar antes de y durante su ascenso a la cumbre de las oficinas públicas.

Unai Nomás era una mosca doméstica común y corriente. Demasiado común y corriente y, sobre todo, demasiado doméstica. Había aterrizado en la consultoría por casualidad si consultoría podía llamarse sin reticencias lo que llevaba haciendo desde hacía ya quince años y, sobre todo, si casualidad podía llamarse aún con menos reticencias a cierto encontronazo cuyo relato dejaré para mejor ocasión.

Durante buena parte de aquellos quince años había revoloteado, zumbando para sus adentros como es de rigor entre las moscas inteligentes, alrededor de las más significadas cumbres de las oficinas públicas sin que ningún brillo enturbiara su apacible existencia. Con toda discreción había logrado la confianza de los que disfrutaban del oropel vacuo de la fama y se deleitaban en el ejercicio de la autoridad. Nunca le interesó la cuerda a la que pertenecieran, la orientación de su respirar o el pié del que cojearan. Ajeno a sus guerras, tan sólo defendía su pequeño castillo de naipes, una pretendida neutralidad técnica con la que se escabullía de las intrigas palaciegas y demás maniobras, enredos, componendas, tejemanejes, líos, fregados y qué sé yo cuántas cosas más tan habituales entre su clientela. En definitiva y como resumen, Unai Nomás era un ingenuo.

Su ingenuidad, de todas formas, tampoco alcanzaba niveles absolutos. Siempre supo que su profesión se basaba en alcanzar un delicado equilibrio. Sus superiores esperaban rentabilidad, sus clientes esperaban desviar sus problemas hacia los supuestos técnicos, sus superiores esperaban que los problemas jamás les salpicaran, sus clientes también. En cierta manera, lo que Unai llevaba tantos años realizando tenía mucho que ver con la tarea del cuerpo de bomberos aunque no disfrutara del aura de heroicidad de éste ni cupiera entre sus posibilidades la edición de un calendario erótico para complementar sus ingresos.

Los precedentes, o antecedentes de esta historia no vienen al caso. Baste saber que ciertas salpicaduras de las que seguía sin considerarse responsable le habían cerrado muchas puertas y sus revoloteos se habían visto geográficamente muy limitados. Muchas veces había llamado a aquellas puertas, otrora abiertas, sin obtener respuesta. Todo aquel que haya visto a una mosca llamando a una gran puerta de doble hoja entenderá que el ruido de sables impidiera apreciar sus llamadas. ¿Quién se iba a preocupar de una mosca en plena batalla por grandes que fueran sus problemas o sus lamentos?

Y el caso es que los problemas de Unai se multiplicaban. Por poco que necesiten, las moscas también precisan de alimento e incluso de algo de autoestima. Y ambas cosas, ambos problemas quiero decir, tienen la fea costumbre de alimentarse la una a la otra, el uno al otro quiero decir. Por ello los últimos tres años de Unai habían resultado ciertamente infernales. Se había visto obligado a sustituir sus técnicos y tranquilos trabajos por toda suerte de malabarismos que lo asemejaban a un bufón de la corte, pero sin corte ante la que lucir. Había multiplicado su cinismo sin dejar de lado su ingenuidad y, poco a poco, se iba adaptando a las condiciones necesarias para una larga travesía del desierto. Como buen vencido, recordando a Virgilio, había abandonado toda esperanza.

DOS

En los últimos tiempos llegaba a su oficina un poco tarde, más bien bastante tarde, pero dentro de los límites según él tolerados por el sistema, que lo había puesto allí precisamente para que no trabajara, para que no estorbara, para que se presentara tarde; porque, como él reflexionaba, lo importante era no faltar, llegar, estar. Entonces el mozo le ofrecía una taza de café, que él aceptaba agradecido, ya que era bueno sentir que uno hacía algo, que uno tenía algo que esperar durante los próximos tres minutos, aunque sólo fuera un café mal hecho y oloroso a rata vieja, viejísima.

Tiempo atrás, cuando arrancaron los problemas de Unai, en Gulevandia, el reino donde tuvo y tiene la gracia o desgracia de habitar, se había producido una terrible catástrofe (Suceso infausto que altera gravemente el orden regular de las cosas) que venía a sumarse a su propia catástrofe (Última parte del poema dramático, con el desenlace, especialmente cuando es doloroso). Por accidente (Suceso eventual o acción de que involuntariamente resulta daño para las personas o las cosas), se había derramado, vertido o como quieran decirlo, un cargamento altamente contaminante provocando ciertamente un gran desastre (Desgracia grande, suceso infeliz y lamentable). No era fácil prever las consecuencias de aquello pero a todas luces se adivinaban de especial gravedad. Sentimientos encontrados se habían extendido entre los pobladores, resignación ante la fatalidad, desánimo, indignación, voluntad de enfrentar el problema.

Unai, que a veces pecaba por exceso de analítico, nunca comprendió que los encendidos ánimos que por entonces se levantaron confundieran tan frívolamente el accidente con el desastre; que los vociferantes próceres de uno y otro lado fueran incapaces de ver que accidente y desastre son asuntos diferentes, que requieren atenciones diferentes y juicios separados; que las prioridades en estos casos son claras, primero debe atenderse el desastre y luego el accidente; que ninguna otra cosa importa antes de reducir sus consecuencias al mínimo. Lo que Unai no alcanzaba a ver, en su ingenuidad, era que el reino ya estaba completamente contaminado desde mucho antes de aquel accidente.

Gerifaltes y aspirantes a gerifaltes de toda clase, condición y pelaje no supieron o no pudieron ver en tal circunstancia trágica nada que no fuera un nuevo escenario para sus rencillas y disputas. Se exigían responsabilidades hasta por lo puramente azaroso. Se eludían responsabilidades por lo imposiblemente azaroso. Unos y otros, calculadamente, jugaban sus cartas sin prestar ninguna atención a la realidad de los hechos, realidad que poco papel debía jugar, como era su costumbre, en sus maquinaciones. No se trataba, desde luego, de la situación ideal para que nuestra mosca protagonista remontara el vuelo.

Unai, tras una larga convivencia entre buitres, había aprendido los mecanismos básicos de su comportamiento. Así, aunque con ánimo de no confundir ética y etología, vislumbró la posibilidad de salir del, entonces no muy largo, túnel a la manera de estas aves. Aquel trabajo cuyas salpicaduras le habían arruinado a pesar de su incontestable rigor podía resultar extremadamente útil a la hora de planificar y ordenar las acciones a tomar para paliar el desastre. Aquel trabajo cuyas salpicaduras le habían arruinado le proporcionaba la posibilidad de ser oído al llamar a aquellas puertas que ya nunca se le abrían. Aquel trabajo cuyas salpicaduras le habían arruinado podía ser el que, sin grandes ambiciones, le permitiera devolver a su familia, que jamás desconfió de él, las merecidas atenciones que ya no podía procurarles.

Ni corto ni perezoso (corto no lo había sido nunca, perezoso sí, pero las circunstancias aconsejaban dejar de lado la pereza), anunció sus propósitos y fue escuchado, incluso celebrado por lo que llamaban ‘altas instancias’. En poco más de un mes condujo su investigación, repleta de sofisticados cálculos, engorrosas valoraciones y complejas evaluaciones y con todo el orgullo que tenía perdido presentó sus conclusiones y fueron muy bien recibidas. También presentó el muy infeliz una factura por el monto de lo que consideraba justa remuneración a sus servicios. Por algo he insistido tanto en que era un ingenuo.

Y las puertas volvieron a cerrarse dejando a Unai y a su factura en el exterior y a sus trabajados cálculos en el interior. Varias veces pudo ver a las autoridades blandiendo, esgrimiendo orgullosamente aquellos papeles que con no poco esfuerzo había pergeñado. Quizá sirvieron para algo positivo, aunque Unai nunca habría de saberlo.

(Continuará)