11 de mayo de 2005

Tú dile a Nomás que digo yo que lo nombre y que lo comisione aquí o en donde quiera, que después le explico (II)

TRES

En realidad no quería andar en las grandes alturas, o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche volvía a poner las sienes en la almohada.

Gulevandia, o más bien sus altas esferas, disfrutaba y disfruta de un sistema de comunicaciones altamente desarrollado. Cada vez que alguien quiere notificar algo los mensajes se multiplican y el destinatario recibe numerosas versiones entre las que puede elegir la que más le conviene, agrada o promete. Una agradable mañana de primavera las múltiples caras de cierto mensaje empezaron a asediar a Unai y, como corresponde a las agradables mañanas de primavera, todas ellas estaban llenas de sonrisas, buenas intenciones, respeto y agradecimiento. Lo curioso es que provenían directamente del Consejo del Reino, de detrás de aquellas puertas clausuradas, el lugar donde las sonrisas, las buenas intenciones, el respeto y el agradecimiento siempre esconden algo. Algo que esta vez tampoco venía especialmente camuflado. Finalmente Unai se quedó con esta versión:

– ¿Tendrías inconveniente en comparecer ante un comité en el Conciliábulo la próxima semana para presentar y defender los resultados de aquel magnífico trabajo que nos regalaste tres años ha?

El Conciliábulo era el máximo órgano legislativo de aquel estado. Representantes de todos los reinos se reunían allá con la única intención de arreglar las cosas y con prioridades muy claras, primero se arreglaban las suyas y después, si quedaba tiempo y voluntad, las de los demás. Tensas discusiones tenían lugar allí de forma continua y constante. No en vano, pregoneros y voceros solían referirse a él como ‘Conciliábulo de las Disputas’. Nunca estuvo claro si lo de ‘Disputas’ se refería a sus habituales polémicas o a lo reñido que resultaba procurarse un asiento en tan respetada cámara. En todo caso, se trataba de la más alta esfera por la que cualquier mosca podía revolotear, aquella que amplificaba hasta el más mínimo zumbido haciendo imposible la paz y discreción que tanto había perseguido, sin éxito, Unai.

Ya no había lugar para ilusiones. Habían pasado tres años desde el último portazo en sus narices. Unai hubiera querido ser Bartleby y decir que preferiría no hacerlo. También quiso conservar algo de orgullo y recordar su abandono, sus aciagos días y aún más aciagas noches, su idea del respeto, del agradecimiento y de la lealtad, y, sobre todo, dejar claro que su estulticia no llegaba tan lejos como para no saber interpretar tan cínico ofrecimiento. Pero era un ingenuo y le dio por soñar que no era mosca sino águila. Aceptó, aunque todavía se pregunta, como ustedes y como yo, por qué.

A ratos, cuando le asistía la cordura, se decía: me daré el gusto de ser águila por unas horas antes de convertirme en mosquita muerta, que es el camino de los que abandonan toda esperanza. Una salus victis: nullam sperare salutem, había escrito Virgilio, queriendo animar con ello la defensa desesperada de una ciudad abandonada incluso por los dioses. Moriamur et in media arma ruamus, muramos y corramos al centro de la pelea. Pero mucho después, el propio Virgilio, en compañía de cierto florentino había podido leer, en las puertas del infierno: Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate. Abandonad toda esperanza los que aquí entráis.

Pero casi siempre se dejaba llevar por ensoñaciones en las que sobrevolaba los Alpes e incluso los Andes. Y así, poco a poco, fue transformando su prisa en prosa, su texto en pretexto y su versión en diversión. Compuso un discurso de grandes palabras, rimbombante, digno de toda un águila real en majestuoso vuelo, pleno de esplendor y se dijo que palabras tan elevadas debían ser leídas con la modestia propia del más viejo profesor de Oxford. Pero cuando se veía con la toga, ante el silencio reverencial de la respetuosa audiencia, caía en la cuenta de que las moscas nunca serán águilas, de que hasta las moscas soñadoras acaban descubriendo la angustia que causan unas alas demasiado grandes, un cuerpo demasiado pesado, un pico demasiado duro, unas garras demasiado fuertes.

CUATRO

Finalmente, y si es que la preocupación es correcta, como en muchas ocasiones la solución está a la mano y nadie la ve, quizá porque choca con nuestros moldes mentales en materia económica: por cada cerebro exportado importemos dos.

La convocatoria oficial para comparecer ante el comité no llegó hasta el día anterior a la fecha en que estaba prevista. En ella constató, por si todos sus temores no resultaban suficientes para producir toda clase de trastornos gástricos, que parecía convocarse a otra persona de su mismo nombre. En aquella carta de elegante membrete y firmada nada menos que por el excelentísimo señor presidente del Conciliábulo podía leerse en claros tipos llenos de serifas y gracias decorativas:

Unai Nomás, ilustre profesor de la Universidad de San Jacobo

Definitivamente no empezaba bien la aventura. Afortunadamente, Unai era muy hábil a la hora de consolarse. Al menos, se dijo, ya tengo con qué ocupar los cinco primeros minutos de mi intervención aclarando mi identidad. De ahí a preguntarse si efectivamente las moscas tienen identidad o sólo son simples manifestaciones fungibles de una gran mosca universal sólo había un paso que recorrió de forma inmediata. Y de ahí a preguntarse por el destino de todas las moscas sin individualidad cuando comparecen ante fieras que les superan en fuerza, tenacidad y capacidad depredadora no quedó más remedio que saltar. Más pesadillas venían a sumarse a la montaña de éstas que había de sobrevolar.

Poco sabía Unai de comités y eso poco era más teoría que empírica constatación. Había oído hablar de los comités tremebundistas y la sola posibilidad de que éste fuera uno de ellos le atemorizaba sobremanera. Por ello, su exaltado discurso había tomado como divisa implícita una vieja máxima que se refería a quien, no queriendo peces, no veía la necesidad de mojar parte alguna de su cuerpo. Templar gaitas nunca fue su especialidad, pero quince años en el negocio desarrollan esta habilidad en cualquiera. No obstante, en la convocatoria figuraban los nombres de otros comparecientes, estos sí, ilustres profesores universitarios: Aquiles Pendular, Recaredo Recadero y Ángel Tarugo. Nombres que no prometían una discusión tranquila.

Todos ellos hacían honor a la fama que les precedía, pero, sobre todo, hacían honor a sus nombres. Se trataba, para bien o para mal, de cerebros de muy diversa índole que sólo compartían el vicioso amor por el sofisma. Si el comité no disfrutaba de un presidente tremebundista bien capaces eran ellos tres de crear la necesaria agitación tumultuosa caso de considerarla oportuna. Sus ocultas intenciones, estaba más que claro, determinarían en gran medida el desarrollo de los acontecimientos mientras Unai se perdía entre cábalas y más cábalas sobre cuáles pudieran ser tales intenciones

La Teoría Económica predominante en Gulevandia había establecido hace tiempo, y era lugar común por sus latitudes, que allí los cerebros abundaban y por ello eran tan poco apreciados. Desde hacía tiempo se exportaban en grandes cantidades a muy bajo precio y era relativamente exótico que se importara alguno, aunque fuera de mosca como había sucedido con el de nuestro o nuestra, según se entienda consultor o mosca, protagonista. Esto había llevado al hecho paradójico de que los cerebros escasearan en el reino gracias a su abundancia. Los pocos que no se habían exportado participaban amablemente en toda clase de algarabías alimentándose de aplausos y algún que otro fruto seco y, gracias a ello, se habían adaptado convenientemente, según las comúnmente aceptadas reglas de la evolución, a las condiciones de toda clase de contenciosos. Unai, por el contrario, se había vuelto más mosca que nunca durante su exilio. De hecho, de no haber sido una mosca, podría haberse dicho que era una rara ave.