13 de mayo de 2005

Tú dile a Nomás que digo yo que lo nombre y que lo comisione aquí o en donde quiera, que después le explico (III)


CINCO

Es más fácil que una mosca se pare en la nariz del papa que el papa se pare en la nariz de una mosca.
(Augusto Monterroso, en negritas)

La noche antes de la mañana fatídica Unai preparó sus mejores galas, las dobló con escrupuloso y metódico esmero y las metió en un pequeño baúl que solía usar para sus desplazamientos profesionales. Por aquellos pagos aquel instrumento llevaba el nombre de maleta, palabra que en otros lugares se reservaba para designar a la persona que practica con torpeza o desacierto la profesión que ejerce. Dos maletas de viaje, no pudo evitar pensar antes de cerrar cuidadosamente la que servía para trasladar ropa u otras cosas.

Para llegarse hasta la capital Unai decidió recurrir a cierto aparato que se desplazaba por los aires gracias a no sé qué leyes de la sustentación que ni él ni yo hemos logrado jamás comprender. El desplazamiento le salió por un ojo de la cara, ojo que le sería convenientemente reintegrado por los órganos competentes del Conciliábulo. Entre tanto, no le quedó más remedio que cubrirse la cavidad ocular con un parche, lo que, irremediablemente, acabó con todas sus esperanzas de lograr una puesta en escena medianamente presentable. Tampoco es que le quedaran ya muchas esperanzas de triunfo, pero los hados parecían haberse aliado contra él y no habían dejado detalle al azar.

Durante el vuelo, mientras observaba las minúsculas figurillas y construcciones a través del ojo de buey, multitud de preguntas seguían asaltándole, no siempre relacionadas con lo que el destino le tenía reservado. ¿Comprenderían, tal vez, que a él ni le iba ni le venía su guerra? ¿Estaría su discurso a la altura de lo que se esperaba o resultaría más bien desenfocado? ¿Conseguiría hablar sin que se le trabara la lengua? ¿Le reintegrarían un ojo del mismo color que el que tenía? ¿Cómo se hacen los agujeros de los macarrones?

Lo único que veía con claridad eran las posiciones enfrentadas de los otros tres comparecientes. Estaba seguro de que iba a encontrarse en el preciso baricentro, quizá en el circuncentro o en el ortocentro pero en todo caso en la recta de Euler, de un campo de batalla triangular y que dos manos no bastaban para cubrirse de las flechas que llegarían desde tres direcciones. Era preciso mostrar reflejos, un hábil juego de piernas, sangre fría y no descubrir jamás el hígado. En otras palabras, eran precisas demasiadas cualidades de las que Unai carecía

Son estas las circunstancias en las que cualquier alma de Dios, por muy en pena que se vea, se pregunta por los caminos que le llevaron hasta ellas. Recordaba sus danzas y andanzas previas a su mudanza sin tardanza hasta los lejanos e indómitos parajes de Gulevandia. Pero no recordaba la sensación de ahogo que le había llevado a tomar la decisión de aceptar el traslado. Lo que recordaba eran las promesas y sueños, quizá fundadas y fundados pero nunca materializadas y materializados, de que emigraba hacia el paraíso de las moscas, un lugar lleno de pasteles e inmundicias humanas sobre las que posarse, un lugar lleno de vidrios contra los que sufrir a conciencia dándose topes.

Pero el tiempo seguía, inexorablemente transcurriendo y a cada segundo la aeronave se acercaba más y más al Conciliábulo sin que, como había deseado y seguía deseando Unai, terribles inclemencias meteorológicas lo desviaran de su rumbo o lo precipitaran de forma inexorable contra el suelo. En el momento de tomar tierra, en desesperado intento de concederse la grandeza que le faltaba, Unai se dijo: Alea jacta est, y pasó el Rubicón que, en forma de tubo, se había acoplado a la puerta de salida. Muchas otras veces pronunciaría para sus adentros la misma frase durante las horas siguientes. Casi a cada paso que daba.

SEIS

Me he acercado a este micrófono, bueno, pues porque quiero que sepan lo contenta que estoy de encontrarme esta noche entre tan grandes artistas; pero de ahí a lo que dijo este señor, pues, la verdad, no quiero que ustedes se formen una falsa idea de mí.

Con dos horas de antelación, algo impropio de alguien con quince años de experiencia, Unai se presentó en la sede central del Conciliábulo de las Disputas. Para su sorpresa, bastó decir su nombre para que le hicieran pasar. Ni una sola identificación fue requerida. No pudo evitar pensar que podía haber enviado a alguien en su lugar y ahorrarse el mal trago que se le venía encima. No habría resultado difícil encontrar candidatos para tan exótica misión.

El ujier, algo sorprendido de que un compareciente se presentara tan temprano, le colocó una pegatina en la solapa que le identificaba como extraño a aquel lugar y le advirtió, mecánicamente, de que debía llevarla visible en todo momento salvo cuando estuviera presente la prensa, momento en el que, en beneficio de la estética, estaba autorizado a quitársela. Después, apiadándose de él, le informó de que quedaban cinco minutos para que abriera sus puertas la cafetería. En vista de que no parecía mal lugar para hacer tiempo, hacia ella encaminó sus pasos.

Todas las cafeterías son iguales, pero nunca son iguales sus parroquianos. Esta inmutable y profunda verdad era, si cabe, aún más evidente en la cafetería del Conciliábulo toda vez que allí los habituales eran nada más y nada menos que los excelentísimos señores representantes del Conciliábulo. Unai se sorprendió de su escaso lustre y magnificencia. Cada uno de ellos cargaba con la representación de varios miles de ciudadanos y había esperado que semejante capacidad de carga pudiera apreciarse a simple vista. Sin embargo, aquellos representantes que en pequeños grupos iban accediendo a la cafetería le resultaban indistinguibles de las moscas domésticas comunes y corrientes. De hecho, cualquier naturalista se habría dado cuenta de que el único rasgo que los diferenciaba de las moscas era la ausencia de pegatina en sus solapas.

Eugenio, que llevaba allí sirviendo cafés más tiempo del que cualquier representante podía recordar, los miraba con cierta sorna no exenta de comprensión. Parecía decirse, hoy estáis aquí y mañana estarán otros; os veo llegar y marchar, pero sólo yo permaneceré aquí para siempre, riéndome de vuestras disputas que poco o nada significan para quién sepa de las verdades de la vida.

La llegada de cada representante parecía responder a una precisa liturgia. Todos entraban pidiendo un vaso de agua, supongo que como consecuencia de la deshidratación que comporta el consumo excesivo de alcohol. Eugenio, impertérrito, a todos respondía con la misma pregunta: ¿la quieres limpia? Sonrisas cruzadas y el vaso de agua cerraban la ceremonia. Entonces los representantes se retiraban hacia las mesas más recónditas en compañía de los de su cuerda para poder intrigar sin ser molestados por el resto de intrigantes que, a su vez, hacían lo mismo en otros rincones. Quizá fue en previsión de estas prácticas la razón de que el hábil arquitecto responsable de la planta de aquel lugar la hubiera dotado de muchos más rincones y recovecos de los necesarios o esperables en justa aplicación de la lógica. De esta manera todos disponían de su discreta esquina para cuchichear con serenidad y sosiego.

Observando sus evoluciones Unai agotó su tiempo de espera casi sin darse cuenta y se vio en la necesidad de acudir precipitadamente a la sala donde había sido convocado. Allí le esperaban algunos de los representantes miembros del comité adornados con ricos ropajes y ornamentos diversos. Fue recibido con toda cordialidad ya que, como sabemos, ninguno de ellos conocía la verdadera identidad de Unai y la prudencia se cuenta entre las cualidades más frecuentes entre estas aves. En menos que canta un concursante de televisión, Unai se vio introducido en una solemne y majestuosa sala y obligado a tomar asiento en el lugar donde había un gran cartelón que proclamaba su pertenencia a aquella Universidad a la que no pertenecía.

Desde aquella ubicación podía ver, enfrente, los cartelones que identificaban a los excelentísimos señores representantes que primero le escucharían y después le interrogarían. También pudo comprobar que gran parte de ellos no se habían dignado a personarse allí, ocupados probablemente en tareas más elevadas. Unai no lo tomó como una buena señal. Interpretó, quizá con acierto, que sólo asistían aquellos más comprometidos, y por ende más beligerantes, con el asunto que allí se trataba.

Los escasos representantes presentes no paraban de hacer uso de ciertos artefactos intercomunicadores que no paraban de vibrar con extraños soniquetes lejanamente musicales. Resultaba curiosa su forma de taparse la boca mientras hablaban a través de aquellos aparatos, algo de lo que nuestra mosca compareciente dedujo la más que probable costumbre de los representantes de dominar el arte de leer los labios. En esto, el señor presidente del comité tomó la palabra y dio por abierta la sesión.

– En primer lugar, quiero dar la bienvenida a los ilustres comparecientes que hoy nos acompañan. Estén ustedes seguros de que sabremos agradecer sus aportaciones, de cuya utilidad para nuestros propósitos no tenemos ninguna duda. Debo anunciarles que, por razones ajenas a su voluntad, el señor Tarugo se ha visto obligado a excusar su presencia aquí esta mañana. Por lo demás, les hago saber que este comité ha establecido que aquí la palabra, por norma y sistema, se toma por orden alfabético.

Como un rayo cruzó ese orden por la cabeza de Unai: Nomás, Pendular, Recadero. Le tocaba hablar en primer lugar. No iba a tener la más mínima referencia sobre las demás intervenciones antes de tomar la palabra. El señor presidente prosiguió con su introducción.

– Es mi deber, además, informar a los señores comparecientes de que todo lo que aquí digan será grabado y transcrito por los servicios que este comité tiene destinados a tal efecto. En unos días recibirán copia de la transcripción de su intervención.

Semejante afirmación podía haberle sonado a amenaza a cualquiera. Unai, por el contrario se tranquilizó pensando que el muchísimo mas amplio conjunto de lo que no diría allí quedaría fuera del alcance de los registradores profesionales del Conciliábulo.

– Tras sus intervenciones, se abrirá un turno de preguntas en el que los excelentísimos representantes aquí presentes les harán saber sus dudas, les rogarán aclaraciones y les solicitarán precisiones sobre sus palabras. Posteriormente, y manteniendo el mismo orden de intervención, los comparecientes tendrán ocasión de contestar a los excelentísimos señores representantes. Tiene la palabra, como primer compareciente, el señor Unai Nomás, profesor de la Universidad de San Jacobo.

Unai no pudo evitar recordar el dia en que la señora de Fuchier, ante un auditorio, fue presentada como una gran actriz sin serlo en absoluto y se vió obligada a dar un sinfín de explicaciones. Parecía que él habia de tomar el mismo camino.