20 de mayo de 2005

Tú dile a Nomás que digo yo que lo nombre y que lo comisione aquí o en donde quiera, que después le explico (IV)


SIETE

...quizá sólo existan, pues, dos cosas que puedan poner en ridículo a la «falsa» solemnidad (no vencerla, porque la falsa solemnidad es una tontería y ésta es invencible): la verdadera solemnidad y la excentricidad.
(...)
Lo importante es no ser un falso solemne uno mismo, y dejar que los falsos solemnes se entierren entre sí, y que los que sean auténticos solemnes («solemne –dice la Real Academia, falsa solemne a fondo– en su cuarta acepción significa formal, grave, firme, válido») lo sean con valentía y verdad.

Aferrado a sus papeles como si en ello le fuera la vida o cosas más importantes, Unai se preparó para leer su discurso. ¿Leer? ¿No sería mejor improvisar sobre la base de las palabras que traía escritas? Así conseguiría dar una impresión de naturalidad completamente alejada de la artificialidad de la situación en que se encontraba. Sí, sería mejor no leer con literalidad el discurso y dejar fluir las palabras. En estos pensamientos andaba revoloteando cuando cayó en la cuenta de que todos los representantes tenían los ojos clavados en él y aguardaban, impacientes, sus palabras. También reparó en su situación de inferioridad. Todos le miraban con dos ojos feroces, Unai sólo podía responder con el que le habían dejado en su sitio.

Frente a él se sentaban los escasos representantes que habían tenido la deferencia de presentarse a escucharle. Podía leer los cartelones que anunciaban sus pomposos nombres, a juego con los perifollos con que todos se adornaban. Comenzando por un extremo, se encontraba el excelentísimo señor Timonel de Carcajona, en representación del grupo Catarsis y Esencia, grupo cuya única intención era hacer de su reino, Catarsis, un Edén a costa de lo que fuera. A su izquierda se sentaba don Pentapolín del Arremangado Brazo, representante del grupo Garamantas Amalgamados, uno de los más ruidosos de aquella Gulevandia de la que venía. Junto a él se sentaba don Espartafilardo del Bosque, luciendo en su pecho un escudo con una esparraguera con la leyenda «Rastrea mi suerte», parecía hacer muy buenas migas con su amalgamado compañero. Por último, en el otro extremo, se sentaba don Brandabarbarán de Boliche, afamado por su técnica de abrir, cerrar y derribar puertas.

– En primer lugar, –arrancó a decir Unai– y a la vista de la amable invitación que se me ha cursado para comparecer ante este excelso comité, creo oportuno aclarar que no pertenezco...

En ese exacto momento comenzó a distanciarse de su discurso original. Su cabeza no tardó mucho en empezar a discurrir por otros derroteros. Iba hablando sin saber muy bien de qué. De vez en cuando echaba un vistazo a su discurso y retomaba el hilo de lo que tenía previsto declarar. No había hecho sino comenzar cuando el excelentísimo representante del reino de Catarsis, el señor Timonel de Carcajona se levantó de inmediato y abandonó la sala.

– ...apresuradamente estas notas, he procurado ahorrarles todos los tecnicismos posibles, lo que no ha sido fácil en muchas ocasiones, les ruego, no obstante...

Unai se preguntaba si le habría ofendido en algo, si sus palabras le habrían producido alguna clase de malestar. Al rato, Carcajona volvió a entrar sigilosamente y tomó asiento como si nada hubiera pasado. Todavía Unai aventuró alguna que otra explicación, tal vez alguna urgencia fisiológica, antes de dar con la correcta razón de sus idas y venidas, que se repitieron a lo largo de toda la sesión: el señor Carcajona se ausentaba para atender continuamente su intercomunicador, que no paraba de zumbar e interfería con la megafonía y los aparatos registradores.

– ... creo importante tener en cuenta estas limitaciones a la hora de interpretar...

¿Qué haces, Unai? –comenzó a decirse–, deja de hacer aspavientos con los brazos, que dan muy mala imagen. Deja fluir las palabras. No te aturulles. Pronto se acabará esto. Vueltas y más vueltas que le daba a todo salvo al fondo de lo que estaba diciendo.

– ... una primera valoración de las dimensiones indirectas –¿dimensiones indirectas?, pensó Unai, vaya expresión más estúpida que me ha salido, para después olvidarse de ello al reparar en el retrato del Gran Maestre colgado en la pared junto a estandartes y pendones provenientes de sus más famosas campañas.

En estas distracciones se descubrió al final de su discurso.

– ... espero hayan encontrado de utilidad mis palabras. Sólo he querido informarles. Muchas gracias, excelentísimos señores.

– Muchas gracias, señor Nomás –dijo el señor Presidente– por su académica intervención...

¿Académica? Pensó Unai. ¿Qué habrá querido decir? ¿Ironiza acaso con el hecho de que yo no pertenezca a la Universidad de San Jacobo? Entonces cayó en la cuenta de que no recordaba nada de lo que había dicho. Ni siquiera sabía si lo que había dicho era lo que había querido decir. Pero la sesión siguió su curso.

– Escuchemos ahora la aportación del señor Tarugo...

Aquello sonó a palabras mágicas. Fue como si alguien pulsara un interruptor y se hiciera el silencio. Comenzó a revolotear con la mirada deteniéndose en cada detalle de la abigarrada decoración de la sala. Así pasó las intervenciones de los otros dos comparecientes. Justo cuando el señor presidente abrió el turno de preguntas de los representantes Unai cayó en la cuenta de que habría sido más conveniente escuchar sus intervenciones, saber de la discusión que allí iba a tener lugar, prepararse para la batalla.

– En representación del grupo Catarsis y Esencia tiene la palabra el señor Timonel de Carcajona.

– Muchas grasias, senior presidente –dijo, haciendo esfuerzos por pronunciar sus palabras con la máxima incorrección–. Yo quisiera preguntar al senior Nomás y a los demás comparecientes si las universidades a que pertenecen han coordinado sus trabajos para evaluar el asunto que hoy nos atañe...

Tanto entrar y salir. Tanto hablar por los intercomunicadores musicales. Y claro, el señor Carcajona no se había enterado ni siquiera de sus explicaciones iniciales. Unai se preguntaba, como habría hecho cualquier alma cándida, cómo explicar nuevamente que no era universitario sin herir los seguramente frágiles sentimientos del señor Carcajona. Seguía dándole vueltas a esto mientras Carcajona proseguía con sus preguntas cuando acertó a oír la voz del señor presidente.

– Gracias, señor Carcajona. Corresponde ahora el turno de palabra, en representación del grupo Garamantas Amalgamados al excelentísimo señor don Pentapolín del Arremangado Brazo... Si tiene la bondad de presionar el interruptor del micrófono todos le oiremos con mayor claridad, gracias

– Disculpe señor presidente mi descuido. Decía, cuando no podían oírme, que Gulevandia...

Y en esto se puso a recitar cánticos populares evocadores de una Arcadia feliz de la que nadie tenía recuerdo alguno, cosa que parecía importar poco. Unos Gulevienen, otros Gulevaaaaaaaan... cantaba con voz de tenor atiplado mientras se llevaba apasionadamente las manos al pecho. La cosa se prolongó durante algunos minutos hasta que el aire le comenzó a faltar debido al esfuerzo interpretativo.

– Tras esta nostálgica intervención a la que, con toda seguridad, los transcriptores no conseguirán hacer justicia, –dijo el señor presidente– no me queda más remedio que conceder la palabra al dignísimo representante del grupo Humildes Opulentos, el excelentísimo señor don Espartafilardo del Bosque. Si tiene la bondad...

– Muchas gracias, –comenzó don Espartafilardo– señor presidente y sin embargo amigo. Yo quisiera...

¿Por qué esa insistencia en el pretérito imperfecto del subjuntivo? Yo quisiera. Disponen de todo el poder en sus manos ¿Cómo pueden ser tan hipócritas? No, él no quisiera, él quiere. Distracciones estas que impidieron a Unai enterarse de lo que el señor Espartafilardo del Bosque quiso o hubiera querido.

– Por último, para terminar con este primer y único turno de preguntas, disfrutará del uso de la palabra el representante del grupo Clásicos Revoltosos, el ilustre señor don Brandabarbarán de Boliche

– Gracias, egregio presidente, de parte de este modesto, aunque más egregio que usted, representante. Cualquiera que haya escuchado con la debida atención las palabras de estos amables comparecientes y haya sabido discernir entre lo aparente y el verdadero fondo de la cuestión habrá caído en la cuenta de que todos ellos han abundado en lo que vengo declarando ante esta comisión desde el mismo día de su fundación...

Fue entonces cuando Unai se percató de que sus palabras y las palabras de los demás comparecientes no tenían la menor importancia. Cada representante había escuchado lo que quería oír. Habrían escuchado lo mismo aunque se hubiese limitado a recitarles el directorio telefónico. Los que antes le habían parecido leones empezaban a asemejarse a otra fiera mucho menos peligrosa, el mirmecoleón que, como todos saben, visto de frente es indistinguible de un león. Su tranquilidad comenzó a asomar al abrirse el segundo turno.

– Iniciamos ahora el turno de respuestas de los comparecientes. Tiene la palabra de nuevo, el señor Nomás.

En ese preciso instante, el soniquete musical del intercomunicador del señor Carcajona volvió a sonar. Raudo y veloz abandonó la sala dejando a Unai con la boca abierta. Boca de la que todavía no había salido ninguna de las explicaciones que le tenía destinadas al catártico representante.

Poco más puedo añadir sobre la sesión. El relato que el propio Unai me hizo de los hechos se interrumpió en este punto. Consideró que nada más había sucedido que fuera necesario reseñar e inmediatamente pasó a narrarme los sorprendentes hechos posteriores, de los que les daré cumplida noticia.

(No se pierdan el interesantísimo capítulo final y el filosófico epílogo de este serial. Próximamente en ‘Salidas de Emergencia’ junto con material complementario de singular importancia para la correcta comprensión del texto).