23 de mayo de 2005

Tú dile a Nomás que digo yo que lo nombre y que lo comisione aquí o en donde quiera, que después le explico (y V)

OCHO

...salí a la calle bajo el sol deslumbrante y me encaminé al río Mapocho, que pasa por ahí, y me senté en la orilla y lloré de humillación hasta que, siendo benditamente otra vez las doce, me incorporé y fui a la venta de vino más cercana y una copa de vino tras otra me volvieron a la vida y a la idea de que todo estaba bien, de lo más bien.

– Bien, excelentísimos señores representantes y no tan excelentísimos señores comparecientes, –dijo el presidente– con esto damos por finalizada esta sesión. Muchas gracias a todos.

Unai recogió lentamente sus papeles mientras advertía los extraños signos que había garabateado mientras, supuestamente, tomaba notas. El suplicio había llegado a su fin, pero sólo para que otro suplicio se presentara amenazadoramente. Nada más abrirse las puertas pudo apreciar el acecho de un grupo de periodistas armados con todo tipo de artilugios registradores dispuestos a alargar aún más su agonía. Como imagino que habrán supuesto desde que les hablé de aquella pegatina que marcaba a los extraños, nuestro protagonista olvidó quitársela. Las amables advertencias del ujier a su entrada en el Conciliábulo ya habían sido olvidadas y sólo después, frente a un espejo, repararía en ellas, las advertencias, y ella, la pegatina. Pero no adelantemos acontecimientos.

Los otros dos comparecientes con no muy bien fingida modestia se dirigieron prestos hacia las cámaras de televisión. Discutían con cierto ardor sobre el lugar indicado para realizar declaraciones. El señor Pendular se empeñaba en hablar con la bandera del reino a sus espaldas, el señor Recadero prefería declarar delante de la ostentosa biblioteca. El camarógrafo no sabía bien a qué atenerse y su ayudante con el foco andaba de un lado para otro proporcionando a la sala, sin pretenderlo, el aspecto de una discoteca de provincias.

Unai andaba paralizado lo que, unido al calor de la discusión, le ayudaba a pasar desapercibido. Sin embargo, no acababa de encontrar forma de librarse del siempre arriesgado deporte de hacer declaraciones públicas. Recordó entonces que había olvidado entregar al señor Letrado los papeles y documentos necesarios para el reintegro de su ojo. Siendo cierta, no era la mejor excusa del mundo, pero tampoco había tiempo para encontrar nada mejor. Una periodista armada con un objeto con forma de micrófono se dirigía peligrosamente hacia él y era preciso actuar con rapidez.

– ¿Me disculpa un momento, por favor? –dijo Unai– Olvidé entregarle estos documentos al señor Letrado y la siguiente sesión del Comité está a punto de comenzar.

No esperó respuesta. Dio raudo media vuelta y se alejó sin volver la vista atrás. Doblar la esquina del pasillo, detenerse a tomar aire, continuar apresuradamente la huída, escuchar las voces de la turba informativa preguntándose por su paradero fue todo uno. El tiempo parecía detenido mientras los acelerados y agitados latidos de su corazón se empeñaban en sugerir lo contrario. Entonces se dio cuenta de que había tomado el camino equivocado, de que la salida se encontraba en la dirección opuesta y era imposible abandonar el edificio sin reencontrarse con los, por llamarlos de forma neutral, informadores.

No es fácil calcular cuánto tiempo pasó hasta que censores e informadores organizaron una batida para localizarle. Es de suponer que Pendular y Recadero ya había declarado todo lo que deseaban y se habían marchado. Las voces de la partida de caza sonaban cada vez más cerca. En aquel momento reparó en una gran puerta de madera noble con incrustaciones, adornada con una minúscula figurilla en forma de hombrecillo. No se lo pensó dos veces y entró en el WC, pues eso era lo que aquella figurilla indicaba. Allí, frente al espejo, fue cuando recordó que había olvidado quitarse la maldita pegatina.

Contuvo la respiración mientras los oía pasar junta a la puerta con gran alboroto. Sólo cuando hubieron transcurrido cinco minutos de silencio se atrevió a salir. Entreabrió la puerta y no vio a nadie. Asomó tímidamente la cabeza, y recibió el saludo desganado de la señora de la limpieza. A duras penas recuperó la compostura y se encaminó hacia la salida. Tras un par de eternos minutos divisó, al fondo el acceso final y la luz del sol al final de tan largo túnel. Una silueta, detenida en la puerta, parecía el único obstáculo. Era el ujier que le había recibido y que se estaba echando un pitillo.

– ¿Debo devolverle la pegatina? – le preguntó Unai
– ¡Qué va, hombre! –respondió– llévesela de recuerdo –y volvió a dar una calada

Ya en la calle, dos jóvenes vestidos con ropas deportivas excesivamente holgadas celebraban una extraña ceremonia. Mientras uno de ellos se tapaba la boca a la manera de los excelentísimos representantes con sus intercomunicadores y reproducía, a base de gargajos y onomatopeyas, extraños sonidos percusivos, el otro peroraba rítmicamente haciendo con la mano un gesto que a Unai le resultaba familiar. Sí, había leído antes la descripción de los ademanes del recitante. Recordaba exacta y precisamente las palabras: ...extendió la mano derecha con el meñique y el anular recogidos, extendidos los demás, y señalando amenazadoramente con el pulgar. Estaban en el Asno de Oro de Apuleyo (II, 21, me permito añadir). Aquel era el gesto utilizado por los oradores romanos en el principio de los discursos de sensación. Y discurso de sensación fue lo que oyó de boca de aquel jovenzuelo que ni siquiera sabía colocarse la visera del lado correcto. No puedo reproducírselo aquí porque Unai no ha querido repetírmelo, pero puedo asegurarles que no ha vuelto a ser el mismo desde entonces.

La aventura iba quedando atrás. Unai atravesó el umbral de un bar que bien podía haberse llamado Manolo y pidió una caña. Poco a poco iba recobrando su ser. No tardó mucho en volver a la vida y a la idea de que todo estaba bien, de lo más bien, especialmente la cerveza.


EPÍLOGO

Existe un falso concepto de los falsos conceptos, toda vez que cuando un falso concepto deja de serlo se convierte por ello mismo en verdadero, demostrándose así la injusticia cometida por aquellos que lo tuvieron por falso y no sólo por concepto, ajeno a toda connotación moral o religiosa (falsa o no).
(Don Eduardo Torres, plagiado por Augusto Monterroso)

Todas las historias tienen muchas caras, tantas como tienen los individuos a los que tocan o simplemente rozan de refilón. El número de caras, por supuesto, no es necesariamente coincidente con el de individuos porque nada garantiza que todos ellos tengan exacta y solamente una cara. De hecho, lo habitual es justamente lo contrario, por lo que cabe que tengan noticias muy diversas de la relación de asuntos que les he traído aquí.

Si se preguntan, para su mejor interpretación, por cuál de todas ellas es la cara de quien les ha narrado estos hechos, lamento verme en la obligación de decirles que, en razón de mi cargo, no tengo otra salida que mantenerme en el más estricto anonimato. Sepan, de todas formas, que he tenido ocasión de cotejar el discurso original de Unai con la transcripción de los servicios oficiales del Conciliábulo y que no he hallado más semejanza entre ambas que el hecho de haber utilizado el mismo alfabeto. La sesión del Comité del Conciliábulo, a la que no asistí, tuvo lugar a puerta cerrada y no me resulta posible pronunciarme sobre cuál de las dos versiones se ajusta más a la verdad. Pero si me viera obligado a tomar partido, no me cabe ninguna duda de que lo haría por la versión del propio Unai, de cuya propia voz tuve por primera vez noticia de estos asuntos. He tenido ocasión de verle en algunas situaciones ridículas, a veces patéticas. Y, como lo he tenido siempre ante los ojos he llegado a identificarme con él. Cuando le conocí era un hombre veraz aunque soñador y el tiempo no le ha vuelto mendaz, cual Sinon.

Por lo demás, no me queda sino informarles de que Unai sigue esperando, aunque cada vez espera menos. Pero algo le llegará, porque esta misma mañana, en uno de mis discretos paseos por los solitarios pasillos del Consejo del Reino he podido oír claramente una voz autoritaria que provenía de una puerta entreabierta: Tú dile a Nomás que digo yo que lo nombre y que lo comisione aquí o en donde quiera, que después le explico. Mi experiencia, que no es poca, me dice que son palabras que no presagian nada bueno.

ESPACIO DESTINADO A AUTOPROMOCIÓN

Si se perdió las anteriores entregas de tan apasionante intriga (o las anteriores intrigas de tan apasionante entrega), aquí puede encontrarlas por tiempo limitado (ya que, en este mundo que nos ha tocado vivir, todo es necesariamente limitado, sobre todo el autor de estas líneas).


NOTAS LEGALES

Todos los derechos sin reservar. No obstante, esta publicación no debe ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, por señales de humo, telequinesia o cualquier otro sin asumir graves riesgos para la salud mental del lector.

Ni que decir tiene, pero aún así se hace constar aquí, que cualquier parecido entre este relato y la realidad obedece simple y llanamente a la más pura y azarosa coincidencia o casualidad, de la que no debe extraerse más conclusión que aquella tan manida que dice que la naturaleza imita al arte, aunque con numerosas limitaciones, la mayor de las cuales es, sin duda, que marzo ventoso y abril lluvioso hacen a mayo florido y hermoso y poco podemos hacer al respecto (en otras palabras, que nos ha jodido mayo con las flores).

BIBLIOGRAFÍA IMPRESCINDIBLE

A continuación se incluye una relación, siempre incompleta pero no por falta de voluntad, de textos plagiados, apropiados, secuestrados, saqueados, asaltados, violados, violentados, traicionados, tergiversados, descontextualizados y/o maltratados todos ellos debidos a la mano maestra de don Augusto Monterroso. Sin ellos, sin los textos, esta historia quedaría coja del pie del que no cojea. El autor, si tal cosa existe, insiste en declarar que más les valdría a todos ustedes haber empezado por ellos, por los textos, y haberse ahorrado leer esta ridícula historia.

Textos y relatos recogidos en Movimiento Perpetuo

  • Las moscas

  • La exportación de cerebros

  • Tú dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico

  • Solemnidad y excentricidad

  • El paraíso


Fábulas incluidas en La oveja negra (y demás fábulas)


  • La mosca que soñaba que era un águila


Textos y relatos incluidos en Obras completas (y otros cuentos)


  • No quiero engañarlos


Textos y relatos incluidos en La palabra mágica


  • Llorar orillas del río Mapocho


La cita de don Eduardo Torres proviene, como no, de Lo demás es silencio, la novela en que don Tito le rindió admirado homenaje, plagiando gran parte de su obra.