16 de junio de 2005

Desconexión

¡Cuánto tiempo hace que no escribo! He pasado, en unos días, varios siglos de renuncia insegura. Me he estancado, como un lago desierto, entre paisajes que no existen.
(Uno que dijo llamarse, falsamente, Bernardo Soares)

No quiero engañarles. Tengo un mal día, o más bien un mala semana encuadrada en un mes pésimo que pertenece a un año lamentable que corresponde a un lustro para olvidar. Les aconsejo que mejor visiten hoy otros sitios. Debo tener algo fracturado el espíritu (no sería de extrañar porque batacazos, trompazos y mamporros ya lleva unos cuantos) y el pobre no es capaz de soportar la presión. Y ya me dirán qué hago en un trabajo que consiste exclusivamente en eso, en presión. Uno en su inocencia había pensado que esto de escribir un blog aliviaría en algo esa presión. Poco después de abrirlo ya estaba en condiciones de afirmar lo contrario, que uno en su experiencia sabe que escribir un blog reporta muchas satisfacciones pero aliviar, lo que se dice aliviar, pues nada de nada. Y aquí me tienen, escribiendo sin saber por qué lo hago ahora que sé que no es terapia. Sospechando que se trata mas bien de una patología de difícil remedio.

Ayer nuestro navegante oficial (o quizá oficial navegante, que no es lo mismo) se descolgó con un comentario que me pareció digno de más meditada respuesta. Especialmente si se tiene en cuenta esta ignorancia del por qué de la escritura, de mi escritura, que les he mencionado. Intentaré ahora mantener mi palabra si me dan las fuerzas para juntar aquí unas letras. Y empezaré por recordar otras palabras del caballero que se oculta bajo el heterónimo de Bernardo Soares y que muestran la cara opuesta de lo que hago, o pretendo hacer, aquí:

El mismo escribir ha perdido la dulzura para mí. Se ha trivializado tanto, no sólo el acto de dar expresión a emociones cuanto el perfeccionar frases, que escribo como quien come o bebe con más o menos atención, pero medio enajenado y desinteresado, medio atento y sin entusiasmo ni fulgor.

No sólo procuro divertirme cuando escribo. Más bien escribo porque me divierte. Así, cuanto más ‘enajenado y desinteresado’ menos divertido. Pero fíjense que el autor divide el escribir en ‘dar expresión a emociones’ y ‘perfeccionar frases’: la técnica y el corazón. Y un servidor, que lleva mucho tiempo diciendo que el ajedrez sólo es divertido cuando uno ha estudiado poco el juego (es decir, cuando sólo ve torres caballos y peones y no se plantea si aquello que tiene delante es o no la variante Najdorf de la defensa siciliana), no puede evitar pensar que con estas letrillas la cosa es más o menos igual. Estoy seguro de que si fuera escritor, ‘el mismo escribir perdería toda la dulzura’. Me vería obligado a ‘perfeccionar frases’, actividad que sin duda acabaría por aburrirme. Pero antes de proseguir comentaré las palabras de Javier.

Mi concepción del lenguaje va más encaminada a medio de comunicación que a forma de expresión. Trataré de explicarme.

No me considero un buen lector, casi ni lector podría decirse. Es una lástima pero, todos tenemos nuestros talones de Aquiles y éste es uno de los míos. La verdad es que podrían contarse con los dedos de unas cuantas personas los libros que he leído, por placer, me refiero, (aunque estoy convencido de que de todos se podría aprender algo), más que cómo erudición.

Albergo alguna duda fundada sobre debilidad de las capacidades lectoras de nuestro navegante. Entre otras razones porque en caso contrario no podría entenderse que nos viéramos por aquí. Otra cosa es que carezca de criterio suficiente para buscar y encontrar mejores textos que estos ladrillos míos. Pero leer, lee. Incluso demasiado, porque suele llegar al final de mis escritos cosa que imagino que no hacen muchos. Quizá sea un mal lector, pero quizá yo también lo sea. Yo sólo sé que leo mucho y eso nada significa. Los suyo es que la cosa sea de provecho, es cuestión de calidad y no de cantidad.

En mi casa nunca ha habido grandes lectores, en mi colegio e instituto se obligaba a leer y no se educaba en tal sentido, ni se recomendaban o seleccionaban lecturas, ni nada por el estilo.

Confesaré que en la mía, en mi casa, sí los ha habido, libros y lectores. Aunque nadie recomendaba nada. Leer era tan cotidiano para todos porque era lo que veíamos hacer a los demás. Y así salimos todos. Con intereses y gustos de lo más dispares. Del colegio guardo buen recuerdo de algún que otro profesor de literatura, pero debo decir que mi afición, pasión o interés no se la debo a ninguno de ellos (con la excepción del curso entero que pasamos desentrañando El Lazarillo de Tormes hasta el máximo detalle; una autopsia en toda regla, digna del más avezado CSI, que disfruté enormemente). Es cierto que no suele educarse en la lectura, pero tampoco cabe esperar grandes lectores de padres que no leen en absoluto. Se predica con el ejemplo (y tan legítimo es ejemplarizar la lectura como no hacerlo). Ya saben que no me preocupa especialmente que no se lea. Me trae al pairo. Peor me parece que se lean algunas cosas que suelen venderse como rosquillas. Y los que quieran estadísticas tranquilizadoras deben saber que todas las familias españolas tienen al menos un libro en su casa (el Libro de Familia, claro).

Si me enseñaron sin embargo a interesarme por las cosas, a plantearme dudas, a indagar, a criticar... pero a través de los manuales, de las enciclopedias.

Corren tiempos inciertos y las fronteras entre los géneros son cada vez más difusas. Ya ni siquiera está claro qué distingue a la ficción de lo que no lo es. He sido lector compulsivo de ensayos, lo sigo siendo. Y recuerdo más de uno, y de dos, de grandes valores literarios. De hecho el gran ensayo es alta literatura. Otra cosa es la obra técnica o meramente informativa. Pero nada impide que un manual de análisis tensorial o investigación operativa guarde unas mínimas formas en el uso del lenguaje. Es más, es recomendable si se quiere evitar la aridez. Qué decir de las enciclopedias, tan queridas para mí, como bien saben.

Pues bien, llegados aquí, después de este breve repaso a mi corta relación con la literatura y el lenguaje, y unido todo ello con mi afición por el cine (en casa si hay un gran cinéfilo que me inculcó el gusto por el séptimo arte), da como resultado, más un gusto por la imagen, que por las mil palabras. Con esto quiero decir, que no conozco o no sé valorar el lenguaje por el lenguaje, el gusto por las palabras. Por mis manos han pasado libros en los que después de quince páginas apenas había pasado nada.

No me llamen racista, pero no soy partidario de mezclar churras con merinas. Con las formas de expresión no puede construirse una economía de trueque. Yo te doy una imagen y tú me das mil palabras. Un cuadro o una fotografía no se pueden ‘decir’ (y, por supuesto, En busca del tiempo perdido, no se puede pintar). Imagen y palabra ni son excluyentes ni son sustitutivas. Sobre gustos hay mucho escrito. Y habrá quien prefiera la imagen a las mil palabras, como habrá quien prefiera lo contrario. Pero llegado a este punto nuestro amigo Javier introduce otra cuestión muy distinta (‘apenas había pasado nada’): narración y acción (estoy tentado de acuñar ‘narracción’ para nuestra colección de neologismos). La relación entre ambas es, lo ha sido siempre, muy tensa (afortunadamente ya nos hemos librado de tener que decir ‘tensión dialéctica’). Aquel personaje que les presenté hace tiempo, don Juan Marquesino, lo expresaba muy claramente: ‘Mas que de hombre de acción, soy hombre de redacción’, solía decir. La redacción ya es, por definición, inacción. Y de esa inacción nace la acción. Pero dejemos a don Javier explicarse.

La trama o el nudo (¡qué tiempos los de presentación, nudo y desenlace!), o el argumento en el caso del cine, son para mí el 99% de una buena historia. No me gustan, por tanto, las descripciones detalladas de las cosas, como tampoco las películas de Bergman. Tal vez haya tenido mala suerte con los libros que han caído en mis manos. Sin embargo, sí me gustan los libros que me cuentan cosas, tal vez se trate de literatura menor (fantástica, viajes, aventuras, policiaca) y no de LITERATURA.

El argumento es, de alguna forma, la historia. Pero las cosas se pueden contar bien o mal. ¿Quién no ha oído alguna vez eso de ‘es que yo cuento muy mal los chistes’? El narrador es el que gusta de narrar y, va de suyo, cuenta bien los chistes, eso es seguro. Y hay historias a las que les va muy bien una disposición lineal, con su planteamiento, su nudo y su desenlace, y hay otras que funcionan mejor si se estructuran de otra forma. Recuerdo el curioso análisis que Umberto Eco hace del tiempo en la novela Sylvie de Nerval (pueden encontrarlo en sus Seis paseos por los bosques narrativos). En él se descubre una complejísima estructura temporal oculta. Y qué decir de la gran tradición épica y su habitual recurso a comenzar los relatos ‘in media res’. ¿Se imaginan la Eneida arrancando con el nacimiento de Eneas? Qué pensar del coronel Aureliano Buendía, que recuerda cosas frente al pelotón de fusilamiento al inicio de Cien Años de Soledad, para regresar muchas páginas después a la misma situación.

Pero claro, se me objetará, les estoy hablando de obras en las que ‘pasan cosas’. Puede que desordenadas, pero pasan. Quizá el disgusto de don Javier se refiera más bien a aquellas situaciones en que ‘no pasan cosas’. Y el caso es que no se me ocurre forma de escribir nada sin que ‘pasen cosas’. Incluso en el monólogo interior de Benjy que abre El ruido y la furia, ‘pasan cosas’. Es verdad que todas ellas pasan por la cabeza del muchacho y que, además, se trata de un retrasado mental, lo que convierte toda esta primera parte en un muro casi inexpugnable para acceder a ‘la historia’. Recuerdo ahora, ya que antes les hablé de Eco, que éste en sus rentables Apostillas a ‘El nombre de la rosa’ declaraba haber situado al comienzo de su novela un obstáculo de cien páginas para desalentar a los débiles de corazón. Convendrán en que para obstáculos, el de Faulkner.

Otra cosa es el ‘ritmo de la narración’. Las ‘descripciones detalladas’ cumplen su función si se sabe administrar el ritmo. En aquellos paseos por los bosques narrativos que les he citado antes se reproduce la narración de un tiroteo de una novela de Mickey Spillane. Es sorprendente la extensión que alcanza la narración de un suceso que no pudo haber llevado más de quince o veinte segundos en la realidad.

Por último, no creo que la literatura fantástica, de viajes, de aventuras o policíaca sea menor. Ningún seguidor de Borges podría decir algo así sin peligro de excomunión. Por disentir, a mí me gustan los libros que ‘me dicen cosas’, y ‘contarme cosas’ no es más que una de las formas de ‘decirme cosas’.

Un vecino mío, ganador de un Premio Planeta y contertulio ocasional del programa de J.L. Garci, utiliza en sus obras y en su forma de hablar un lenguaje demasiado barroco o "rebuscado". Sin embargo, es considerado como un muy buen escritor. ¿Estaré confundido? Seguro que sí. Lástima.

Supongo que todo va en gustos. Personalmente mi ‘rebuscamiento’ es simplemente un recurso satírico. Tengo marcada tendencia a decir chorradas con palabras elevadas. No sé por qué me gusta ese contraste. Imagino que es consecuencia del descrédito que la universidad española supo ganarse ante mí cuando estudiaba. Las cosas tontas tienen explicaciones tontas, y ésta bien puede explicar aquella. Lo malo es que abundan las tesis doctorales en que semejante ridículo no es ironía. Así nos va.

Y toda esta cuestión surgió por anunciar una estúpida narración que tengo en el horno en que el ‘tiempo estaba parado’. Para tranquilidad de todos, y especialmente de Javier, le diré aquí que el ‘tiempo parado’ es el de la historia que el narrador pretende contar. Es su incapacidad para centrarse en ella lo que hace, o debería hacer, surgir la infinitud de historias que logran que no tenga final. Ya veremos. Por hoy dejo este asunto prometiendo no volver a tratar, aunque sea tan torpemente, de técnica literaria por aquello que les decía del ajedrez. En cuanto uno domina la técnica de construir historias pierde la capacidad de disfrutar de las que lee. Y yo no estoy dispuesto a dejar de ser lector, que es lo que me gusta. Aquí sólo he ‘dado expresión a emociones’ escribiendo esto de corrido. No pienso releerlo antes de publicarlo. Dejemos el ‘perfeccionamiento de frases’ para los profesionales. A mí ya me ha servido para desconectar un rato.


P.S. Gracias, Javier.