14 de junio de 2005

Inventos

Cuando Miguel de Unamuno dijo aquello de ¡qué inventen ellos! lejos estaba de imaginar hasta qué punto se iban a tomar en serio su orden. Recuerden, por ejemplo, que ya les señalé que el peinado del señor Anasagasti estaba patentado en los Estados Unidos de América. Gracias a La Petit Claudine he descubierto otra pequeña joya oculta en la Oficina de patentes norteamericana que, estoy seguro, hará las delicias de Aquende. Se trata de un algoritmo para detectar si una imagen es o no pornográfica. Con la cantidad de tinta que se ha malgastado intentando aclarar los límites de la obscenidad y resulta que la respuesta estaba en tres o cuatro simples formulillas.

Recuerdo, por ejemplo, un texto de Umberto Eco en que se planteaba algo similar:

Una vez me planteé el problema de cómo establecer científicamente si una película es pornográfica o no. Un moralista contestaría que una película es pornográfica si contiene representaciones explícitas y minuciosas de actos sexuales. Pero en muchos procesos por pornografía se ha demostrado que ciertas obras de arte contienen tales representaciones por escrúpulos realistas, para pintar la vida tal cual es, por razones éticas (en cuanto que se representa la lujuria para condenarla) y que, en cualquier caso, el valor estético de la obra redime su naturaleza obscena. Como es difícil establecer si una obra tiene de verdad preocupaciones realistas, si tiene sinceras intenciones éticas, o si alcanza resultados estéticamente satisfactorios, yo he decidido (después de haber examinado muchas películas hardcore) que existe una regla infalible.

¿Tienen ustedes alguna regla infalible para esto? ¿Quieren conocer la de Umberto Eco?

He aquí la regla: cuando en una película dos personajes emplean, para ir de A a B, el mismo tiempo que emplearían en la realidad, tenemos la certidumbre de encontrarnos ante una película pornográfica. Naturalmente son necesarios los actos sexuales, si no, una película como ‘Im Lauf der Zeit’ de Wim Wenders, dónde se ve prácticamente durante cuatro horas a dos personajes viajando en un camión, sería pornográfica y no lo es.

Por supuesto, cuando Eco habla de ‘ir de A a B’ no se refiere a los propios ‘actos sexuales’ sino al resto de ‘acciones’. Dejémoslo claro antes de proseguir:

Una película porno está concebida para complacer al espectador con la visión de actos sexuales, pero no podría ofrecer hora y media de actos sexuales ininterrumpidos, porque es fatigoso para los actores, y al final llegaría a ser tedioso para los espectadores. Hay que distribuir, pues, los actos sexuales en el transcurso de una historia. Pero nadie tiene intención de gastar imaginación y dinero para concebir una historia digna de atención, y tampoco al espectador le interesa la historia porque espero sólo los actos sexuales. La historia queda reducida, pues, a una serie mínima de acontecimientos cotidianos, como ir a un lugar, ponerse un abrigo, beber un whisky, hablar de cosas insignificantes, y es económicamente más conveniente filmar durante cinco minutos a un señor que conduce un automóvil que implicarlo en un tiroteo a lo Mickey Spillane (que, además, distraería al espectador). Por lo tanto, todo lo que no es acto sexual debe llevar tanto tiempo como lo lleva en la realidad. Mientras que los actos sexuales tendrán que llevar más tiempo del que realmente requieren en la realidad.

Les ruego disculpen tan pornográficos asuntos, pero es que últimamente llegan visitas tan pedantes desde los buscadores que va haciendo falta compensar la cosa con alguna que otra expresión procaz. Dejando aparte el más que discutible conocimiento de don Umberto sobre el cine pornográfico, el caso es que todo esto que escribió venía a cuento, aunque no lo crean, de una discusión literaria en la que se trataba la cuestión de la coincidencia entre el tiempo de la historia y el tiempo del discurso. Y a mí me lo ha recordado algo que se planteó en los comentarios de una de mis anteriores entregas, algo, para variar, muy alejado del tema de mi escrito. Ya que les prometí ir, poco a poco, eso sí, avanzando algunos detalles sobre la criatura blogosférica que estoy gestando, quizá sea buen momento para uno de esos avances.

Como les dije, ando gestando un blog ‘‘‘‘‘‘literario’’’’’’ (estas palabras hay que ponerlas con muchas comillas) y entre los ejercicios (imaginen aquí también las comillas, que me da pereza ponerlas) que tengo intención de incluir en él se cuenta un folletín, culebrón, relato, narración, ficción o como quieran llamarlo en que el tiempo de la historia está parado (o casi tan parado que no parece avanzar). Hay un ilustre precedente del que ya les he hablado, el caballero Tristram Shandy al que llegar a nacer le llevó tres volúmenes de la obra en que cuenta su vida. El recurso elemental para lograr algo así es la digresión elevada a la máxima potencia, llenarlo todo con tantas ramas que resulte imposible ver el tronco del árbol (salvo cuando el autor lo muestre en un breve destello con la insana intención de mantener la atención del lector).

Pues bien, junto a esta idea alumbré otra mucho más terrible inspirada por el adjetivo ‘caótica’ con que califiqué aquella ficción que sólo Juanba ha tenido arrestos para finalizar. No sé si han oído hablar del movimiento browniano, pero por ahí van los tiros. Se trataría de narrar compulsivamente, de forma que en cualquier momento fuera posible cambiar de rumbo. El caso extremo estaría representado por aquella situación en que a cada frase podría suceder cualquier otra de todas las infinitas posibles, en cada punto toda dirección sería equiprobable.

Tal y como cabía suponer poco de estas premisas he respetado en lo que estoy preparándoles para ese nuevo blog. El texto, ni está tan parado ni es tan caótico, cosa que deben achacar a mis limitaciones (no sólo a mis limitaciones como escritor, que son muchas, sino también a mis limitaciones de tiempo). Pero algo se va logrando. En dos capítulos he conseguido no moverme del preciso instante en que arranca la historia. Si recuerdan aquel cuento de Monterroso, El dinosaurio, quizá se hagan una idea:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Ahora imaginen un volumen infinito de páginas sin moverse de ese preciso instante. Un solo segundo alrededor del cual se van enroscando las palabras. Eternamente despertando y eternamente encontrando que el dinosaurio todavía está allí. Y, lo que es más, sin precisar jamás qué es ‘allí’.

Tampoco se me asusten, que no les voy a contar un cuento de dinosaurios. No sabría por donde empezar. En mi relato, como en todos, alguien sigue allí al despertar, pero no es un dinosaurio. Es alguien del que no les daré noticia, ni ahora ni en un futuro, pero que lleva por nombre el justo y riguroso apelativo que califica lo que pretendo hacer, seguramente sin éxito, con este relato. Estoy seguro de que no les costará mucho adivinarlo.

Disculpen que no les cuente más, pero si supieran de los líos que me rodean sabrían excusarme e incluso entenderían que les haya soltado hoy algo tan incomprensible.