2 de junio de 2005

Mamarrachos y artistas

Pocas cosas me resultan más odiosas que comprar la prensa los domingos. Llega uno al quiosco con toda su buena intención de comprar el periódico y le colocan toda clase de ‘coleccionables’: suplementos, películas, enciclopedias por fascículos, discos, reproducciones de huevos de Fabergé, cursos de informática, botijos, postales antiguas, alpargatas y qué sé yo cuántas cosas más. Cierto es que la cosa no se reduce a los domingos, pero convendrán en que es este el día en que alcanza cotas delirantes. Hoy mismo, me he enterado de que cierto periódico que, para quien no lo recuerde, se lanzó con una campaña que insistía en que no se regalaba nada con él, comenzará a regalar un par de croissants con cada ejemplar para que sus lectores se desayunen a gusto. Me pregunto (y me ahorraré decirles lo que me respondo) qué será lo siguiente.

Por eso hace años que dejé de visitar al quiosquero los domingos. Paso el día (del señor) feliz sin prensa y sobre todo sin coleccionables. Hasta no hace mucho, la principal desventaja de esta decisión era no poder leer la columna semanal de don Javier Marías (primero en El Semanal, y después de ciertos problemas de ‘censura’, en El País Semanal), acompañada de una cervecita en algún bar con vistas al puerto. Hoy en día estos artículos semanales pueden leerse sin gran retraso aquí, y nada me impide tomarme la cervecita en el puerto por el hecho de no llevar prensa.

La colección completa de artículos de JM en El Semanal está recogida en cuatro volúmenes publicados por Alfaguara (Mano de sombra, Seré amado cuando falte, A veces un caballero y Harán de mí un criminal). Tomaré uno de ellos, de los artículos, como excusa para mi pequeña divagación de hoy, el que lleva por título No todos los artistas son unos mamarrachos. La cosa parte de una apreciación que comparto: ...no hay película sobre un artista en la que éste no salga retratado como un cretino, un palizas, un chorras de cuidado o un vil canalla, y a menudo todo junto. Apreciación que al autor que hoy les traigo le sobrevino al intentar ver cierta película sobre Picasso dirigida por James Ivory e interpretada por Anthony Hopkins. Dejémosle explicarse.

El rato que dediqué a ese Picasso me lo hizo estomagante: un imbécil engreído y hueco, un iconoclasta de feria, un histrión lelo y fatuo, un tipo gritón y sentencioso y muy «vital» (odio a esos, a los vitales profesionales), un satiroide demasiado torpe y diáfano para sus canas, un «fascinante» oficial que no se entendía que fascinara a nadie. Un memo, en suma, un sujeto para salir huyendo nada más divisarlo en lontananza, y de cuya mente de bolonio jamás podría haber salido una pincelada inteligente.

Definitivamente el número de bolonios (bellísima palabra cuya etimología puede intuirse con facilidad) es infinito. Ahora bien, que no todos los artistas sean unos mamarrachos no implica que no los haya entre los miembros del gremio, Los hay, algunos de ellos muy notables, y el mismo Javier Marías nos ha dado noticia de algunos. Tampoco es esta idea novedosa y lo cierto es que viene de antiguo.

Pues no es forzoso, aunque la obra deleite por su encanto, que el autor sea digno de estima.
(Plutarco, Vida de Pericles)

Pero, como les decía, JM ha dejado constancia de algunos casos relativamente curiosos. Lo hizo en un recomendable volumen publicado por Siruela que lleva por título ‘Vidas Escritas’. En él se recogen las biografías de veinte escritores tratados como si fueran personajes de ficción, ‘que probablemente es la manera, por otro lado, en que todos los escritores desean íntimamente verse tratados’. Se trata de un libro amable y lleno de ‘afecto y guasa’. No obstante, el propio Marías reconoce que ‘lo segundo está presente en todos los casos; lo primero reconozco que falta en los de Joyce, Mann y Mishima’.

Dejaré los casos de Joyce y Mishima para mejor ocasión y les extraeré alguna que otra perla del capítulo dedicado a Thomas Mann, que no tiene desperdicio. Casi todas ellas provienen de sus propios diarios, que sólo pudieron verse a los veinte años de su muerte, demora que, según Marías, sólo puede explicarse por tres motivos:

... para hacerse esperar y darse importancia; para que no se supiera demasiado pronto que se le iban los ojos tras cualquier jovenzuelo; para que no se supiera lo mal que andaba del estómago y lo fundamentales que le parecían sus vicisitudes (las del estómago, quiero decir).

Por lo que se ve, Thomas Mann se tomó a pies juntillas el segundo punto del decálogo del escritor de Augusto Monterroso (o de Eduardo Torres) y se pasó la vida ‘escribiendo para la posteridad’ seguro de que ésta ‘haría justicia’. Dice Marías:

En el caso de Mann y sus diarios, lo más llamativo es que todo lo que le ocurría le parecía sin duda digno de ser registrado, desde la hora a que se levantaba hasta el tiempo que hacía, pasando por lo que leía y sobre todo lo que escribía. Acerca de tales cosas rara vez, sin embargo, hace alguna reflexión sagaz, de modo que más parecen los diarios de alguien dispuesto a facilitar a la posteridad la minuciosa reconstrucción de sus incomparables jornadas que los de alguien interesado en relatar hechos secretos o verter opiniones privadamente. Dan la impresión de que Mann pensaba en un futuro estudioso que exclamaría tras cada entrada: «¡Caramba, caramba, así que el Mago escribió aquel día tal pagina de ‘El elegido’ y a la noche leyó versos de Heine, cuán revelador es esto!»

Y ahora pónganse en el lugar del ‘estudioso’ y prepárense para un viaje intestinal lleno de reveladores detalles sobre el legado literario de Thomas Mann. Continúo citando a Marías:

Más difícil resulta quizá prever la posible revelación y asombro que provocarían los insistentes informes sobre sus evoluciones estomacales: «Indispuesto; dolores de cintura causados por el colon y el estómago», anota un día de 1918. «Ligeros dolores abdominales», considera oportuno destacar en 1919, y el mismo año precisa: «Pude hacer mis necesidades después del desayuno». En 1921 las cosas no han mejorado, pero son igualmente dignas de reseñarse: «En la noche, taquicardia y retortijones de estómago», o bien: «Indisposición, irritación intestinal». Más adelante, en 1933, Mann sigue obsesionado, y con razón: «Desayuné en la cama. Propensión a la diarrea». No es de extrañar que un año después se queje: «Me duelen los intestinos», ni que en 1937 tenga la suficiente lucidez para reconocer: «Tengo el estómago sucio», para añadir: «Tuve dificultades para tragar la comida, que tuvo que ser pasada por el colador». En 1939 se han invertido las tornas, por lo que le parece juicioso señalarlo: «Estreñimiento». Menos mal que un año antes, en 1938, nos encontramos con un apunte más variado, aunque no menos asqueroso: «Pasé largo rato sin la dentadura postiza. Padecimientos»

Estarán de acuerdo, supongo, en la necesidad de tener que esperar nada menos que veinte años para conocer tan suculentas revelaciones. Alguno habrá pensado tras leer el párrafo anterior que a Thomas Mann le perdía el tomarse demasiado en serio. Es muy posible que lleve razón, pero es que aún hay más:

Lo malo de Thomas Mann es que creía no tomarse en serio cuando si algo salta a la vista, tanto en sus novelas como en sus ensayos como en sus cartas como en sus diarios, es que se hallaba plenamente convencido de su inmortalidad. En una ocasión, para restarle méritos a su ‘Muerte en Venecia’, que un norteamericano le alababa hasta el sonrojo, no se le ocurrió otra cosa que rebajarlos diciendo: «Después de todo, yo era todavía un principiante cuando lo escribí. Un principiante de genio, pero un principiante al fin y al cabo»... Es conocida su admiración por el Quijote, ya que aprovechó su lectura a bordo del vapor ‘Volendam’, que lo llevaba a Nueva York, para redactar un tomito, ‘Travesía marítima con Don Quijote’. Sin embargo, el sobrio y magistral desenlace de la obra de Cervantes no sólo le decepcionó, sino que lo juzgó mejorable: «El final de la novela es más bien lánguido, no lo suficientemente conmovedor; yo pienso hacerlo mejor con Jacob». Se refería, claro está, al Jacob de su tetralogía ‘José y sus hermanos’, que en España sólo ha sido capaz de leerse entera el paciente (y por ello rencoroso) Juan Benet. Sorprende que Mann opinara que las grandes obras eran resultado de intenciones modestas, que la ambición no debía estar al principio ni anteceder a la obra, que debía estar unida a ésta y no al yo de su creador. «No hay nada más falso que la ambición abstracta y previa, la ambición en sí e independiente de la obra, la pálida ambición del yo. El que es así se comporta como un águila enferma», escribió. A la vista de sus propias ambiciones, tanto expresas como inexpresas, habría que concluir que la enfermedad que padecía al águila Mann no era otra que la ceguera.

Recapitulando lo dicho hasta ahora, empecé recordando que ‘no todos los artistas son unos mamarrachos’ para después mostrar y quizá demostrar que ‘algunos artistas sí son unos mamarrachos’. Queda la duda, ¿y si en realidad todos los artistas fueran efectivamente unos mamarrachos? Si les traje antes la Vida de Pericles de Plutarco (cuya introducción es uno de mis textos favoritos) fue por colarles una pequeña trampa, porque si siguen leyendo a partir de lo que coloqué arriba no tardarán mucho en encontrarse con esto:

Por eso, con razón, Antístenes, cuando oyó decir que Ismenias era un flautista merecedor de estima, exclamó: «Pero como persona no vale nada; si no, no sería un flautista tan merecedor de estima»
(Plutarco, Íbid.)

Ahora espero sus opiniones.