21 de junio de 2005

Oscura conexión

En vista de que el script que copié el otro día, ese que está debajo de mi foto, amenaza con declarar los doscientos días de vida de este blog, creo que no puedo, ni debo, posponer más mi comparecencia ante ustedes, jueces implacables de todo lo que aquí excreto. Unos cuantos sucesos, agradables algunos y lamentables otros, me han tenido secuestrado, lejos del teclado y con mis escasas neuronas ocupadas en otras cosillas. Y una vez perdido el ritmo ya saben (o no) lo que cuesta volver a cogerlo (si me hubieran visto en una discoteca..., pero hace ya dos décadas que no piso ninguna por problemas rítmicos, evidentemente). No deja de ser irónico que mi último post llevara por título, ‘Desconexión’. Éste, por razones que les resultaran obvias al final, debe llevar la palabra ‘Conexión’.

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Por lo que recuerdo, el último día les dio por jugar al ajedrez, ese juego que trajo a occidente un tal Alfonso al que llamaron sabio por saber rodearse de sabios (¿se imaginan que a uno le llamaran gordo por rodearse de gordos? ¿Qué pensar del pastor, siempre rodeado de ovejas? ¿Son las islas agua por estar rodeadas de ella?). De acuerdo con alguna fuente ilustre, el ajedrez siempre ha sido juego vinculado a la cultura y a las artes. Por eso el Perich declaró en su día que ‘el ajedrez es un deporte que desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez’. Por eso, una Historia del Ajedrez, sólo puede y debe ilustrarse con la obra del gran Quino. Por eso, el Libro del axedrez, dados e tablas, cuya publicación promovió el décimo de los alfonsos contiene 103 problemas de ajedrez, porque los problemas son la poesía del ajedrez. Y esto último no lo digo yo, lo dice Vladimir Nabokov, célebre compositor de problemas de ajedrez.

Los problemas de ajedrez exigen del compositor las mismas cualidades que caracterizan cualquier otra actividad artística: originalidad inventiva, concisión, armonía, complejidad, y una espléndida falta de sinceridad. Componer en esta trama de ébano y marfil es un don infrecuente y una ocupación dispendiosamente estéril; pero todas las artes son inútiles, divinamente inútiles, si se las compara con buen número de populares ocupaciones humanas. Los problemas son la poesía del ajedrez, y es poesía, como toda poesía, está obligada a intervenir con su florete en los diversos conflictos que enfrentan a las viejas y nuevas escuelas.
(Vladimir Nabokov, Poems and Problems)

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El otro día hablábamos de artistas y mamarrachos. Sean o no artistas los jugadores de ajedrez lo cierto es que comparten con éstos el tópico de la rareza estrafalaria. Cierto es que Bobby Fischer contribuyó en gran manera a difundir esta estúpida suposición que trataré de compensar con otro grande, el más grande de hecho. Para conocerle habrá que viajar al Caribe y no veo mejor manera de hacerlo que de la mano de un compatriota suyo que en su día tomó el nombre de Caín y así lo conocemos por aquí. Nuestro jugador, no podía ser otro, es José Raúl Capablanca, el antónimo de Fischer:

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Fischer, que con su estatura, sus excentricidades y su adicción a los cómics fue el Howard Hughes del juego ciencia más que de la ciencia del juego, no jugaba al ajedrez sino que practicaba continuos ejercicios de anulación de la personalidad del contrincante. Capablanca era la gentileza, la seguridad y la absoluta convicción de que el juego era suyo: el ajedrez se había inventado para él. Caissa lo hizo. Sin embargo, más que con aquel indeciso de Morphy (en su cara se veía siempre la sombra de una duda por más que se afeitase), demente, delirante, se compara a menudo a Capablanca con Fischer. Sería el caso de dos hermanos gemelos unidos por un tablero, pero, como las piezas, uno blanco y otro negro.

Y el caso es que este ‘Mozart del ajedrez’ (insufrible pero habitual tópico) tenía todas las papeletas para ser un bicho raro si atendemos a su iniciación. Así la contaba el propio Capablanca y así la refería, verbatim, el ilustre Caín.

No tenía cinco años todavía cuando, por accidente, entré a la oficina de mi padre y lo encontré jugando con otra persona. No había visto nunca un juego de ajedrez: las piezas me interesaron y al día siguiente volvía a verlos jugar, Al tercer día, mientras miraba. Mi padre, muy pobre en las aperturas, movió un caballo de un escaque blanco a otro del mismo color. Aparentemente su oponente, que no era mejor, no se dio cuenta. Mi padre ganó y yo le dije que era un tramposo y me reí de él. Después de un regaño casi me sacó de la habitación, pero le pude mostrar lo que había hecho. Mi padre me preguntó qué sabía yo de ajedrez. Le contesté que lo suficiente para derrotarlo: me dijo que era imposible, considerando que ni siquiera sabía colocar las piezas. Probamos con las conclusiones y yo gané. Así empecé.

Pero no se asusten, Capablanca era humano, como ustedes y como yo (más como ustedes que como yo, que voy perdiendo la humanidad por momentos).

Uno de los aspectos más interesantes de la personalidad de Capablanca es que, como a ningún maestro antes, le interesaban mucho las mujeres.
(Alexander Coburn)

No es de extrañar, por tanto, que GCI responda a la eterna pregunta en estos términos:

¿Podría Fischer haber derrotado a Capablanca? Fischer buscó siempre demoler a su oponente física y mentalmente. La única manera en que Fischer habría podido acabar con Capablanca sería que aprovechara cuando Capa apretara el botón de su Timer para hacer desfilar a espaldas de Fischer coristas, modelos y stripteasers con que distraer el ojo desnudo del cubano.

Como todo Mozart, Capa tuvo su Salieri, Alekhine, al que Caín, respetando la fonética, se empeña en llamar Alejin. Este caballero le arrebató a Capa el cetro mundial en Buenos Aires en 1927 y nunca se atrevió a concederle la revancha. Esto le valió retener el título mundial hasta su muerte. En The Complete Chess Adict, apareció cierto cuento incompleto que, al parecer, contaba Alekhine (o Alejin) hacia el final de sus días. Debo la transcripción, como casi todo el post de hoy, a don Guillermo Cabrera Infante (y a la biografía de Capa que éste incluyó en sus plutarquianas Vidas para leerlas).

...Enfermo y firme, relata lo que le ocurrió jugando con Capablanca en Petersburgo en 1914. Una noche, en pleno torneo, y como en «La reina de espadas» de Pushkin, tocaron a su puerta. Abrió y se encontró con un viejo campesino ruso en harapos que le pidió entrar porque había encontrado un secreto de suma importancia para el ajedrez. El hombre era insistente y Alejin le dejó entrar pero no lo invitó a sentarse. «¡He encontrado la manera de que las blancas den jaque mate en doce jugadas!» Alejin se do cuanta de que tenía en su cuarto de hotel a un loco y trató de echarlo de la mejor manera. Pero el viejo visitante insistía. «Se lo voy a demostrar», decía. Para acabar con el enojoso asunto Alejin duspuso el tablero y las fichas. Doce jugadas más tarde el campeón ruso y futuro rey del ajedrez deponía su rey de madera. Pálido, como de yeso Alejin casi suplicó: «Repita sus jugadas, por favor». El viejo repitió su performance y volvió a derrotar a Alejin otra vez y otra vez más. Alejin cogió al viejo jugador, salió al pasillo y al cuarto de Capablanca. Como de costumbre, el cubano no dormía sino que tocaba la balalaika para que una cimbreante gitana bailara una salmonela o como se llame ese baile ruso, rudo. Con gran trabajo Alejin hizo que Capablanca dejara de hacer música o lo que estaba haciendo para atender al viejo patán. Que procedió a derrotar otra vez al campeón sin corona del ajedrez una vez y otra y otra y otra, siempre en doce jugadas. «¡Doce fatídicas jugadas!»
Aquí Alejin pareció dar por terminada la historia.
«Pero», quería saber el impaciente interlocutor. «¿qué pasó»
«¿Qué pasó?», preguntó retóricamente Alejin. «Pues que Capablanca y yo matamos al viejo. Ahí mismo en su cuarto y luego lo echamos al Neva. Eso fue lo que pasó. De no haberlo hecho ni Capablanca ni yo habríamos sido campeones de ajedrez del mundo. ¡Del mundo! Yo todavía lo soy», aseguró Alejin en su cama en medio del blanco cuarto, luchando una vez más por quitarse como un Houdini ruso su camisa de fuerza, al tiempo que miraba a su alienista con ojos en que se reflejaba un tablero de ajedrez.

Una bonita historia que bien podrían haber protagonizado Luzhin y Turati, dos ajedrecistas que debemos a la pluma de Nabokov. Pero en realidad de lo que hablábamos el otro día era, entre otras cosillas, de escritores oscuros, no de ajedrez, y yo quería presentarles hoy a uno de los más oscuros, compatriota del gran Capa y que padeció, como tantos otros, el grave inconveniente de ser homosexual en la Cuba de Fidel Castro. Su gran obra fue retirada, por ‘inmoral’, de las librerías cubanas en 1966, a la semana de haber sido publicada. Cuando en 1971 Heberto Padilla fue obligado por parte del régimen a ‘confesar públicamente sus crímenes’ nombró algunos ‘cómplices’ entre ellos este escritor oscuro que quería traerles hoy aquí y que, tras ser implicado no pudo volver a publicar nada. Se trata (como saben todos menos Wally, que no pincha en los enlaces) de José Lezama Lima, autor de Paradiso y de este otro curioso texto que quizá, tras este viaje ajedrecístico, venga más a cuento que nunca.

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Pero a estas alturas tampoco tengo claro si el gran Lezama Lima es el autor de este texto por la misma razón que ignoro si realmente Alekhine o Caín son los autores del anterior relato de un crimen o incluso del mismo crimen. No en vano Nabokov creyó durante mucho tiempo haber escrito un cuento que en realidad fue secretamente redactado, desde ultratumba y sin que él se diera cuenta, por las difuntas hermanas Vane. ¿Cómo saber quién ha escrito este post que termina precisamente aquí?