24 de junio de 2005

Tecniquerías y lectores ingenuos

En vista de la que se organizó en los comentarios de la entrega anterior, en buena medida gracias al activismo de la hiperactiva y aguerrida comentarista (y certificadora involuntaria) de esta páginas, me siento ante el teclado, seguro de fracasar, con la intención de explicarme algunas cosas de y sobre letras. En la medida en que les sirvan a ustedes para comprender algunas de mis recientes intervenciones y comparecencias, en esa misma y justa medida, resultarán inútiles para quien esto les escribe.

Quisiera (y quiero), antes de presentar mis tesis (que en realidad, más que tesis son prótesis, porque me sirven para reemplazar carencias), recordar un par de frases que ayer solté en los comentarios y que son dos confesiones de principio:

No te diré que me creo esto a pies juntillas.

Si supiera expresarlo mejor, ten por seguro que lo haría.

En otras palabras, ni soy taxativo en nada de lo que afirmo ni estoy seguro de haber sabido explicarlo correctamente. Pero ya que me he impuesto la obligación de ir colgando aquí argumentos para general diversión y regocijo (salpicados en su justa medida de espanto y escándalo) vaya hoy aquí un nuevo intento a ver qué vientos nos trae. Habrá que resumir previamente el estado de la cuestión.

Con temeroso atrevimiento me atrevo a condensar aquí la postura de Ana en estas dos frases. Corríjame ella si me equivoco o consulten ustedes al maltrecho Haloscan.

Y eso de "no estoy dispuesto a dejar de ser lector que es lo que me gusta porque en cuanto uno domina la técnica de leer historias pierde la capacidad de disfrutar de las que lee", pues yo creo que es precisamente al contrario.

Sigo sin entender por qué te empeñas en no querer saber, por qué identificas no conocer los entramados, el cómo se estructura, cómo se usan los recursos para contar una historia, etc, por qué identificas todo eso con dejar de disfrutar de la historia.

Un poco de psicoanálisis casero me retrotrae hasta los años setenta, cuando empecé a estudiar música. Fue entonces cuando descubrí que según estudiaba perdía la capacidad para escuchar cualquier obra musical. Era incapaz de oírla en su conjunto. Oía cada línea, cada instrumento por separado, me planteaba las armonías, echaba de menos un golpe de percusión aquí o un adorno allá. Pero la composición, la suma de las partes, se me escapaba. Al estudiante primerizo suele atraerle la dificultad (recuerden a Lezama Lima, ‘sólo lo difícil es estimulante’). Por ello, suelen perderse en estériles exhibiciones técnicas carentes de interés. Con el tiempo, los que valen, se liberan de esa egocéntrica necesidad y recuperan la capacidad de disfrutar de lo simple. Pero este otro problema, apreciar un todo a partir de las partes, resulta mucho más difícil de superar.

Ahora bien, si todo se redujera a esto, mi recelo ante la técnica no sería nada más que expresión de la angustia ante esa larga travesía del desierto hasta recuperar la capacidad para leer con total ingenuidad. Recuerdo haber leído a mi querido AM, en algún lugar que no consigo localizar, quizá en aquel volumen que anda perdido por las estanterías de Aquende, que se sentía incapaz de leer libros completos porque le resultaba demasiado evidente la técnica.

Pero en realidad mi (pro)tesis tiene otro pie. Lo expondré a continuación pero negaré haberlo dicho o escrito aunque aquí quede registrado. Atribúyanselo a las hermanas Vane que hoy se han levantado de mal café y guían mis manos por el teclado con insana intención: el respeto, casi pavor, reverencial hacia la LITERATURA (con mayúsculas, sí).

No entiendo, ni entenderé jamás, que haya tantas legiones de individuos convencidos de que tienen algo que decir, de que además saben decirlo de forma memorable y de que el mundo tiene derecho a, cuando no el deber de, conocer su obra. El conjunto de lo ya escrito que merece ser leído supera con creces lo que es posible abarcar en una sóla vida (los partidarios de la metempsicosis tampoco deben ponerse a dar saltos de alegría). ¿Para qué añadir más? Y, sobre todo, ¿cómo puede uno sentirse capaz de añadir algo a los grandes? ¿Cómo no tener miedo a escribir? ¿Cómo un lector puede desarrollar la osadía de escribir? (Entre los beneficios de contactar con la obra de Borges, AM contaba el dejar de escribir).

Leer y escribir no se complementan, o sólo lo hacen de forma parcial. También se oponen. Al amigo Wally, que tanto le preocupa que se lea, le remito a un conocido ensayo que va camino de convertirse en clásico. Y en esto llegaron los blogs, la herramienta ideal para que los niños jueguen a escribir de forma inocente (o a ser periodistas, o a otras muchas cosas). Al menos, así quiero pensarlo. Me sirve para escribir mientras huyo de la palabra ‘escritor’.

Hace tiempo, don Hernán Casciari, que sí es escritor aunque él me lo llame a mí afirmaba, entre otras muchas interesantes cosas, que para mejorar la técnica lo que hay que hacer es leer y escribir. Es tan obvio que merece ser repetido hasta la saciedad. Pero volvamos a don AM.

...continúo siendo más lector que escritor, y la verdad es que comprendo muy bien el placer de la lectura, pero todavía no alcanzo a ver claro el que pueda derivarse de la escritura.
(...)
...En su sentido más lato, leer es una actitud pasiva; en cambio, escribir implica siempre un esfuerzo que la mente (de por sí propensa al autoengaño) se halla con frecuencia dispuesta a desarrollar, pero al que el cuerpo, el brazo, la mano, se niegan; hay que educar el cuerpo y deseducar la mente para que sea el cuerpo el que escriba, como es el cuerpo del bailarín el que baila y el del alpinista el que escala montañas.

Pero yo no tengo el cuerpo o la mano educados para escribir. Quizá un blog y el tiempo sean suficientes para conseguirlo. Pero a día de hoy, lo que sale de mis manos, sin mucha reflexión, no me satisface. Envidio, por ejemplo, el ritmo (sospecho que muy trabajado) de las frases de la corsaria Ana. En fin, un complejo de inferioridad. Pero cómo no tenerlo si el propio AM lo padecía:

No hay otra: tengo un sentimiento de inferioridad.
El mundo me queda grande, el mundo de la literatura; y cuantos escriben hoy, o se han adelantado a escribir antes, son mejores escritores que yo, por malos que puedan parecer. Ven más, son más listos, perciben cosas que yo no alcanzo a detectar ni a mi alrededor ni en los libros.
(...)
Para ocultar esta inseguridad que a lo largo de mi vida ha sido tomada por modestia, caigo con frecuencia en la ironía, y lo que estaba a punto de ser una virtud se convierte en ese vicio mental, ese virus de la comunicación que los críticos alaban y han terminado por encontrar en cuanto digo o escribo.
Los elogios me dan miedo, y no puedo dejar de pensar que quien me elogia se engaña, no ha entendido, es ignorante, tonto, o simplemente cortés, resumen de todo eso; entonces me avergüenzo y como puedo cambio la conversación, pero dejo que el elogio resuente internamente, largamente en mis oídos, como una música.

Y hasta aquí mis explicaciones. Puede que haya conseguido aclararles por qué quiero seguir siendo lector ingenuo, inconsciente de las tecniquerías, aunque estas dos expresiones merezcan una larga cita, en concreto esta (que un día habré de poner en relación con el seminal ensayo de Juan Benet, La inspiración y el estilo):

La condición indigente de nuestras letras, su incapacidad de atraer, han producido una superstición del estilo, una distraída lectura de atenciones parciales. Los que adolecen de esa superstición entienden por estilo no la eficacia o la ineficacia de una página, sino las habilidades aparentes del escritor: sus comparaciones, su acústica, los episodios de su puntuación y de su sintaxis. Son indiferentes a la propia convicción o propia emoción: buscan tecniquerías (la palabra es de Miguel de Unamuno) que les informarán si lo escrito tiene el derecho o no de agradarles. Oyeron que la adjetivación no debe ser trivial y opinarán que está mal escrita una página si no hay sorpresas en la juntura de adjetivos con sustantivos, aunque su finalidad general esté realizada. Oyeron que la concisión es una virtud y tienen por conciso a quien se demora en diez frases breves y no a quien maneje una larga. (Ejemplos normativos de esa charlatanería de la brevedad, de ese frenesí sentencioso, pueden buscarse en la dicción del célebre estadista danés Polonio, de Hamlet, o del Polonio natural, Baltasar Gracián). Oyeron que la cercana repetición de unas sílabas es cacofónica y simularán que en prosa les duele, aunque en verso les agencia un gusto especial, pienso que simulado también. Es decir, no se fijan en la eficacia del mecanismo, sino en la disposición de sus partes. Subordinan la emoción a la ética, a una etiqueta indiscutida más bien. Se ha generalizado tanto esa inhibición que ya no van quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales.
(Jorge Luis Borges, La supersticiosa ética del lector, 1930)

Quizá Ana llevara razón al decir que no soy ‘el tipo de persona que diría eso’, que no soy ‘un ingenuo’. Pero quiero serlo. Sólo así le pierdo el miedo a escribir. Mientras no consiga superar el terror reverencial a la literatura, sólo la ingenuidad me permitirá traerles aquí textos tan cursis y prescindibles como este.