20 de julio de 2005

Nueve de cada diez dentistas son grandes escritores

Vitam regit fortuna, non sapientia
Platón, Apología de Sócrates

Hoy en día basta ver una retransmisión deportiva para percatarse de que a cualquier cosa llaman estadística. No ha mucho tiempo, si zutanito chutaba dos veces a puerta a lo largo de un partido de fútbol, pues eso, que se decía que zutanito había tirado dos veces. Actualmente parece ser necesario “elaborar una estadística” para mejor aprovechamiento y disfrute del espectador. La estadística, a juicio de los comentaristas deportivos, consiste simplemente en hablar telegráficamente. Así, por ejemplo, el caso anterior podría expresarse ‘estadísticamente’ de la siguiente forma:

Zutanito - Tiros a puerta: 2

Como es natural, las estadísticas han supuesto un notable progreso en nuestra capacidad de interpretación de todos los deportes, sean éstos fútbol, baloncesto, petanca sobre patines (sin ánimo de menospreciar tan competitivo deporte), watervolea, o el lanzamiento ese de un disco sobre hielo ayudado de unos cepillos y que ponen todas las madrugadas por televisión (todos los insomnes hemos visto cientos de campeonatos de la cosa esa). Pero el asunto no se queda sólo ahí. La estadística se ha extendido a todos los ámbitos de la vida, ha invadido los rincones más insospechados. Prácticamente no queda asunto divino o humano que no pueda proclamar con orgullo su estadística: nueve de cada diez dentistas prefieren un chicle sin azúcar, en Londres un hombre es atropellado cada quince minutos (pobrecillo), de cada diez personas que ven televisión cinco son la mitad, el cuarenta y tres por ciento de los que respondieron afirmativamente mintieron como bellacos, etc. No hace mucho, en cierto concurso televisivo, la ‘estadística’ era la encargada de identificar al “rival más débil”. Lo asombroso de este caso es que dicha ‘estadística’ daba la impresión de ser una opinión entre muchas, así, el rival más débil lo era “según la estadística”, como queriendo decir que podría no serlo según algún otro criterio (lo que no era opinable, desde luego, era la debilidad mental de sus guionistas).

Pero a pesar de todo esto, las estadísticas gozan de muy mala prensa. Resulta prácticamente imposible encontrar una persona (no dedicada profesionalmente a la estadística, claro está) que les conceda alguna fiabilidad salvo que los resultados de las mismas le beneficien en alguna manera (sin contar lo que nadie se plantea, por ejemplo, que los ensayos clínicos de medicamentes son estudios estadísticos). Son fascinantes, por ejemplo, las escaramuzas dialécticas de gobierno y oposición a propósito de la evolución de variables como el paro. Si unos dicen que el paro aumenta, los otros argumentan que su tasa de crecimiento disminuye. Si ambas crecen, el empleo crece más (o menos, según convenga) que el año anterior. En caso necesario puede recurrirse a la tasa de variación de la tasa de variación y para situaciones desesperadas siempre queda la llamada erróneamente “crítica metodológica” o las socorridas acusaciones de manipulación.

Y yo me llevo tiempo preguntando por qué. ¿Cómo es posible que convivan apaciblemente semejante profusión de estadísticas y el descrédito generalizado de las mismas? Cabría pensar, y algo de verdad habría en ello, que la coherencia nunca ha sido consustancial a los actos humanos y que, por tanto, no habría paradoja en esta contradicción. Es posible, sin embargo, proponer explicaciones alternativas (tal vez complementarias), la más evidente de las cuales es la ignorancia generalizada de lo que es y para lo que sirve la estadística.

Si esperan que se lo diga yo aquí, van listos. El mundo está lleno de escuelas, academias, liceos y demás donde pueden probar a ver si tienen mejor suerte. No es de eso de lo que quiero hablar aquí, sino de una curiosa idea que me ha venido a la cabeza y que pone en el mismo lugar a la estadística y a la literatura. No es nada especialmente ingenioso, es simplemente que al igual que todo el mundo se siente capaz de escribir un libro, todo el mundo se siente capaz de elaborar una ‘estadística’ (lo que, las más de las veces, suele confundirse con hacer una suma acompañada esporádicamente de una división).

Todos los años las editoriales reciben innumerables manuscritos. Aparecen novelas debajo de las piedras. A los concursos literarios concurre anualmente un número de autores que se aproxima sospechosamente a las cifras del padrón. No hablemos ya de la ‘blogosfera’, que produce letras a un ritmo desconocido hasta ahora. Pasa con la literatura lo que antes les decía de la estadística, que no hay rincón donde no se encuentre uno a un escritor incomprendido consagrado a sus musas. Vivimos, por lo que parece, una nueva edad de oro de las letras.

Pero claro, sólo lo parece. Me temo que no es ésta ni la edad de oro de la estadística ni la de las letras. Manuscritos parece haber infinitos e incluso finalmente un gran número de estos alcanza la bendición de la publicación. Pero en su mayor parte no difieren mucho de la estadística de los dentistas y los chicles (por cierto, ¿no tienen interés en conocer el dentista que no prefiere un chicle sin azúcar? Yo sí, debe ser un tipo interesante, como todos los que van contra corriente). Así nos va.

Y qué mejor prueba quieren de lo que les digo que mi confesión de que durante estos días que he estado ausente de este blog, he estado dedicado a dos cosas: escribir ficciones y diseñar una encuesta. Mientras me sigan dejando hacer estas dos cosas no creo que la cosa vaya a tener remedio. Pero la estadística, por si no lo saben, está basada en las leyes del azar, lo mismo que la literatura. Habrá que seguir probando a ver si, de chiripa, algún día me sale algo, ficción o estadística, que merezca la pena.

Aclaración exculpatoria fuera de programa

Les aseguro que soy inocente. Ni siquiera sé quiénes puedan ser Marichelo o Karla Ávila, a las que no he visto jamás. Jamás me casé con ninguna de las dos, ni siquiera por algún extraño rito en ceremonia oficiada por la santera Mamá Chola. Todo lo que se ha publicado es radicalmente falso y quiero dejar aquí constancia de que yo no le hecho ningún hijo a la tal Marichelo.