11 de julio de 2005

Palabros más, palabros menos

Sólo son palabras lo que aquí les junto. A veces cargadas, a veces inocentes, pero palabras al fin y al cabo. Poca cosa, en suma. Aunque hay palabras y palabras. El gran Kundabuffer (no sé por qué, pero me cuesta escribir Kundabuffer sin el ‘gran’ por delante) nos hizo saber ayer su lista de palabras favoritas y comprobé con satisfacción un elevado grado de acuerdo en la elección (o selección) de las mismas. Y eso que listar palabras no es tarea fácil, hay tantas donde elegir que yo no sabría por dónde empezar, o, más bien, no sabría por dónde terminar.

Y luego están los palabros, que el diccionario se empeña en definir como palabras estrambóticas, extravagantes, irregulares, sin orden, cuando en realidad son las claves del idioma. Muchos son los palabros en la lista de Kundabuffer (el gran Kundabuffer, quiero decir) y por si fueran pocos, el Florido Byte nos ofrece regularmente su lista de neologismos imprescindibles. En otras palabras (o palabros), que lo que me propongo hacer hoy aquí, es superfluo, innecesario y fútil. Ya ha sido hecho con más y mejor tino, pero qué quieren, uno es así de necio y persiste en el error como Thomas Hobbes.

En todo caso, he llegado a la conclusión de que, de no establecerme límite alguno, si me pusiera a listar palabras favoritas, preferidas, celebradas y cosas así, correría el riesgo de exceder el diccionario. Así que, por hoy, he decidido acotar al cuestión a las palabras que comienzan por una sóla letra y ya que ‘Palabro’ empieza con ‘P’, dejaré que sea ésta la que tenga el honor de inaugurar esta serie de ejercicios que, se lo prometo, repetiré con la menor frecuencia de que sea capaz para evitarles malas digestiones.

Así, a primera vista, la ‘P’ no parece una letra muy prometedora y cabe creer que sólo un pazguato podría admirarse de lo que esconde. Nada más lejos de la verdad, no sean patanes. Sólo la letra ‘P’ nos permite disfrutar de frases maravillosas como la siguiente: “Habida cuenta de que la pizpireta jóven propendía a la promiscuidad, luciendo palmito pronto se hizo acompañar de un prognato pollastre que, pavoneándose, caminaba, con feliz portantillo, ignorante de sus últimas y protervas intenciones”.

Un servidor, de natural perdulario, aficionado al pleonasmo, muy dado a pegotear, amante del palique y más aún de salir por peteneras, y que no puede negar tener mucho de parabolano, se vería muy limitado, por no decir tullido, sin el concurso de esta letra imprescindible que engloba y aúna las obras de Píndaro y Pirandello, cosa palmaria donde las haya. Saben, además, que soy inclinado al plagio, que viene pintiparado cuando uno tiene el ingenio apagado.

No crean con esto que me estoy pitorreando de ustedes, ni que pretendo un escrito pintoresco probatorio de mi pericia redactora. Tampoco busco adornar mis letras con excesivos perifollos, no soy tan petulante. Sólo pretendo hacer de la ‘P’ mi perístasis para darles la paliza de hoy. Al fin y al cabo no soy más que Perico el de los palotes, con sus pamplinas, polizón de la literatura como ya presagian o presienten y no un preboste de las letras, ni siquiera de la letra ‘P’. Predestinado a la perplejidad, sólo busco regalárles estas píldoras para proporcionarles la necesaria perspectiva ante las perrerías que otros, no yo, cometen a diario con esta y otras letras y que creo, sin querer hacer alarde de prognosis, llevarán a periclitar al lenguaje en un pispás.

Tampoco es cosa de darle a la cuestión preeminencia sobre tantas otras de mucho mayor porte. Al fin y al cabo este blog, como los demás, sólo es un paquebote que traslada parcos pensamientos, con toda parsimonia, desde esta orilla hasta aquella en la que se encuentren ustedes. Ponderen ustedes si les merece la pena patalear por tan prosaicas pequeñeces. Yo no lo veo particularmente pavoroso.

Los palabros son patria del escritor y patrimonio del lector, marcan la pauta de prodigios literarios, pero también de patochadas como esta, las más de las veces debidas a la mano de paniaguados lamentables, pánfilos sin remedio, perturbados terminales, pillastres de la pluma, pelarruecas pendencieras, pelanas infumables, pendones desorejados y protésicos dentales. Son cosas que le dejan a uno patidifuso cuando no patitieso, pero no es cuestión de abundar más en perífrasis o paráfrasis no sea que les canse esta perorata que, espero, entiendan justificada.

No era mi intención traerles aquí perogrulladas y si alguna se lo ha parecido habrá sido antes por exceso de celo pedagógico que de presteza a la hora de pergeñar estos predecibles párrafos de plana prosa y peor sustancia. Confío en haberlos dejado planchados, que es lo propio en estas fechas. En definitiva, una payasada. Paparruchas. Espero que su pronóstico resulte tan reservado como el que acaba de darme mi psiquiatra al leer esto. En román paladino la cosa se expresa con claridad: perdido pero perdonable.


Recomendaciones interesadas

Y ya que andamos con la P, qué menos que recomendarles para mutuo beneficio (el suyo espiritual y el mío mercantil) alguna que otra P.

Para leer nada menos que don Edgar Allan Poe (en edición de la Modern Library que me gusta mucho), y para escuchar, el gran Jaco Pastorius, en un disco que, ahora que ha prescrito el delito, puedo confesar que me llevé de una fiesta en casa de una tal Esmeralda. Si me está leyendo, la invito aquí a dejar ya de buscarlo por debajo de los sillones, porque está en mi casa.