21 de julio de 2005

Propendiendo hacia el lirismo

Llevo tiempo intentando resistir la tentación de escribir lo que estoy ahora mismo escribiendo. Que sea lo que Dios quiera. Ayer, al hilo de lo que publiqué, Carmen, dejó un comentario del que extraigo lo siguiente:

...a casi todo el mundo le entra la vena literaria alguna vez en la vida y se siente capaz de escribir por lo menos un best-seller...y de poesía ya ni hablamos!

Olviden a Rilke. Olviden a Cavafis. Quiero traerles hoy aquí a todo un poeta cuyos versos ‘propenden hacia un lirismo no siempre impulsado por motivos egocéntricos’, signifique lo que signifique eso (yo lo he sacado de la solapa de un libro). Espero que lo disfruten tanto como yo.

Allá por mis años mozos localicé en casa de un buen amigo cierto volumen de alta poesía que le había sido regalado a sus padres por asistir a una cena (por lo visto no había otra forma de deshacerse de los ejemplares, había que regalar chuletones con ellos). Con ese librito he pasado incontables horas maravillosas (es cierto que bien regadas de alcohol) y que ya va siendo hora de compartir con ustedes (las horas, no el alcohol). Lleva por título Poemas singulares y doce sonetos apasionados. Su autor es un coruñés que es (o fue) directivo de tabacalera (honrosísimo trabajo desde mi punto de vista, aunque Daniel seguro que no comparte mi criterio).

Por lo que puede leerse en la red, este autor es un narrador nato, un escritor que sabe contar historias y describir magistralmente escenarios y situaciones. Lamento no poder confirmárselo de primera mano porque no conozco su obra narrativa. Lo que sí puedo asegurarles es que su obra poética es, sin género de dudas, ‘singular’ y extrañamente ‘apasionada’. A desentrañar algunos aspectos de la misma dedicaré hoy estas líneas. Propendamos, pues, hacia el lirismo.

El primero de sus poemas singulares es toda una declaración de principios y lleva por inequívoco título: ¡Soy poeta! Su más destacable valor es la desgarradora sinceridad que emana así como las originalísimas rimas que propone (reconozcan que no es fácil rimar con la palabra ‘mundo’; que se lo pregunte a Bertín Osborne quien piense lo contrario). Así, de forma tan directa, arranca este libro fundamental:

Errante
por el mundo
voy,
sin consuelo,
vagabundo:
¡Poeta soy!

Tal y como les he dicho, se trata de un poema esencialmente sincero. Por eso, algo más adelante, encontramos una estrofa que comienza así:

Me siento un gran artista:
compongo versos hermosos

¡Qué problema! ¿Verdad? ¿Cómo encontrar algo que rime con ‘hermosos’? No es tarea fácil, pero el autor sale airoso del lance:

y pinto cuadros verdosos.
Mil cuartillas emborrono
¡Soy grande! Un gran mono...

Entenderán ahora que me sintiera fascinado de forma inmediata por aquellos versos irresistibles. Pasaba las hojas y cada una deparaba una nueva sopresa. Con el tiempo y cierta obsesiva insistencia llegué a aprenderme todos y cada uno de los poemas de memoria (descontando índice e introducción, sólo tiene 58 páginas, no es para tanto). No se los recitaré hoy aquí por limitaciones de espacio, tiempo, voluntad y decoro (bueno, y también legales), pero les señalaré algún que otro aspecto que considero destacable con extractos selectos que les permitirán apreciar toda su grandeza. Y para abrir boca una de mis estrofas favoritas:

Canto a Malpica de Bergantiños

Me gustan tus pescadores
de vino tinto borrachos,
mesándose los mostachos
con gritos atronadores.

Muestra nuestro poeta cierta tendencia a denominar ‘muñequitas’ a sus amantes. De todos es sabido que no hay mujer que no quede completamente desarmada al verse interpelada con este cariñoso diminutivo. Véan algunos ejemplos.

Muñequita

Muñequita, tú la más hermosa
que la luz del sol ilumina
(...)
Mas de donde quiera que seas,
juguetona muñequita,
por ti siento un amor loco
que poco a poco me mata.

Recordándote

No sé qué tienen tus ojos, bonita,
que al mirarlos centellean ternura.
No sé como quererte, muñequita,
al contemplarte tan mimosa y pura.

Aparece aquí otro de los recurrentes temas del autor, los mimos o, más bien, la cualidad ‘mimosa’ que tanto aprecia (y que recuerda a cierto suavizante que no nombraré para no hacer publicidad gratuita; los anuncios aquí hay que pagarlos). Les informo además de que en estos poemas la mar siempre es procelosa.



Mi mar procelosa,
mi espuma, mi ola.
Amante mimosa,
Pura, tierna y sola.

Es posible que con estos ejemplos se haya hecho a la idea, equivocada, de que el lenguaje del autor es llano y carente de cultismos. Nada más lejos de la realidad. Al fin y al cabo, cuando en ‘Otoño en Lloret de Mar’ relata la llegada de las turistas nórdicas, nos dice que éstas lo hacen ‘montando trepidantes artilugios / por asfálticas y sinuosas sendas’. Un simple cigarro, en el soneto dedicado al mismo (deformación profesional, supongo), se transforma en ‘Cilíndrico y exótico artilugio’. Pero quizá sea otro el mejor ejemplo de esto que les digo: una palabra inusual pero frecuente en este libro cuyo uso en estos poemas está pidiendo a gritos que algún filólogo le dedique su tesis doctoral. Esta palabra es ‘lenitivo’. Vayan aquí algunos ejemplos.

Oración nostálgica

¿Qué lenitivo mejor
en esta existencia ruda?

Amanecer en la autovía de Castelldefells

y la mirada al infinito
vuelva
buscando en semejante sitio
un lenitivo a tal dislate.

En el ocaso de un día

En gloriosa lid, sin paliativos
agonizó la luz con lenitivos
de morir en la noche con honor

A La Coruña

Lenitivo de lejanos penares
y de la procelosa mar velero
admirado por los humanos seres.

No me digan que eso de ‘los humanos seres’ no es fantástico.Pero no todo es poesía alejada de la realidad. También encontramos un alto nivel de compromiso con la actualidad (de 1985, claro, que es cuando se publicaron estos poemas). Fíjense de que forma tan sutil y lírica aparece el problema de la evasión de capitales.

Fariseos

Y como hoy no es ayer,
se llevan el dinero,
huyendo de Boyer,
a un terreno extranjero,
donde no hay que temer.


Entre las pasiones de este autor destaca una por su singularidad. Entre sus ‘sonetos apasionados’ se cuenta uno dedicado al cono de un altavoz. Como lo oyen (o leen). Cada uno se apasiona con lo que quiere o puede. No se lo pierdan (y reparen en la magnífica prosodia del último verso):

Al cono de un altavoz

Enmudezca tu extraño vocerío
colmado de bramidos y caprichos
y en tu garganta mueran esos dichos
que inquietantes conmueven al gentío.

Hoy en tu cuerpo no más vibraciones
cónicas; tu fuerte voz ya dormite,
sin anhelar discursos ni desquite
en locos sonidos y mil canciones.

Ante ti reprimo mi voz miedosa
oh dios de trepidante transparencia,
que la palabra haces más poderosa.

Mas sintiendo en mi pecho la dolencia
por el ansia de gritar que me acosa,
te invoco a ti, oh cono de resonancia.

Deseo con fervor que sean capaces de encontrar un ejemplar de este libro tan ignipotético, tan mundicioso, que es todo un zamborilazo, vamos (aquellos lectores que desconozcan estos términos y tengan entre 13 y 18 años pueden dirigirse aquí para instruirse). No les resultará fácil de localizar, pero les aseguro que merece la pena porque no hay mejor lenitivo en el mundo.