31 de julio de 2005

Tengo yo una ovejita lucera

En los comentarios al último tostón dejé caer, como es mi costumbre, una cita de don Augusto Monterroso proveniente de un brevísimo, como es su costumbre, ensayo titulado Et in Arcadia ego y lo obvio. Allí se encuentra esta confesión: “Era algo más que un adolescente cuando leí por primera vez la frase Et in Arcadia ego”. Yo también era algo más que un adolescente cuando la oí (desventajas de la generación audiovisual) por primera vez. Era el título del primer capítulo de cierta serie de televisión de la que ya les he hablado antes.

De allí, como saben (o podrían saber de haber pinchado en el enlace anterior), pasé al libro, cuya primera parte al completo lleva ese título. Existe una escena en el segundo capítulo que siempre ha tenido una importancia capital para mí: la Gran Reprimenda del primo Jasper. Allí, entre las excentricidades del joven estudiante Charles Ryder se encuentra un objeto “particularmente repugnante”:

Una calavera recién adquirida en la facultad de Medicina que, en medio del ancho jarrón de rosas, constituía en aquel momento la principal decoración de mi mesa. Llevaba el lema ‘Et in Arcadia ego’ grabado en la frente.

No viene muy al caso, pero ya que este es mi blog y hago aquí lo que quiero, me daré el gusto de transcribir la valoración que Charles Ryder escribiría a sus treinta y nueve años de aquella reprimenda.

Hoy, cuando veinte años después miro hacia atrás, son muy pocas las cosas que no hubiera hecho o que hubiera hecho de otra forma. A la madurez del gallo de pelea de mi primo Jasper, yo podía oponer un ave más fuerte. Podía decirle que toda la iniquidad de aquella época era como el alcohol que mezclan con la uva pura del Duero, algo embriagador y lleno de oscuros ingredientes; enriquecía y retrasaba a la vez todo el proceso de la adolescencia, de la misma forma que el alcohol retiene el proceso de fermentación del vino, lo vuelve imbebible, y debe permanecer en la oscuridad, año tras año. Hasta que por fin se lo puede sacar a la luz listo para servir.

Podía decirle también que conocer y amar a otro ser humano, aunque sea uno solo, es la raíz de toda sabiduría. Pero no sentía la menor necesidad de estos sofismas mientras estaba sentado frente a mi primo, mientras le veía, liberado de su combate todavía inconcluso con Píndaro, con su traje oscuro, su corbata blanca y su toga de erudito, mientras oía los tonos graves de su voz y disfrutaba, al mismo tiempo, del perfume de los alhelíes en flor debajo de mis ventanas. Poseía mi propia defensa, secreta y segura; la llevaba en mi pecho como un talismán, la buscaba en momentos de peligro, la encontraba y la asía firmemente. De modo que le dije lo que, de hecho, no era verdad: que a aquella hora yo tenía por costumbre tomar una copa de champaña, y le invité a acompañarme.

De todas formas, el texto original en inglés tiene un ritmo muy especial y merece que se lo reproduzca a continuación. Si pueden léanlo en voz alta.

Looking back, now, after twenty years, there is little I would have left undone or done otherwise. I could match my cousin Jasper’s game-cock maturity with a sturdier fowl. I could tell him that all the wickedness of that time was like the spirit they mix with the pure grape of the Douro, heady stuff full of dark ingredients; it at once enriched and retarded the whole process of adolescence as the spirit checks the fermentation of the wine, renders it undrinkable, so that it must lie in the dark, year in, year out, until it is brought up at last fit for the table.

I could tell him, too, that to know and love one other human being is the root of all wisdom. But I felt no need for these sophistries as I sat before my cousin, saw him, freed from his inconclusive struggle with Pindar, in his dark grey suit, his white tie, his scholar’s gown; heard his grave tones and, all the time, savoured the gillyflowers in full bloom under my windows. I had my secret and sure defence like a talisman worn in the bosom, felt for in the moment of danger, found and firmly grasped. So I told him what was not in fact the truth, that I usually had a glass of champagne about that time, and asked him to join me.

Espero que lo hayan disfrutado. A mí me viene resonando en la cabeza desde hace muchos años. To know and love one other human being is the root of all wisdom. Lo demás es silencio. No creo que deba llamarse cobardía a la ‘secreta defensa’ de Charles Ryder ante la Gran Reprimenda, más bien es lo contrario. Pero es una clase especial de valentía. No es la falsa valentía del león. “El león es el animal más infantil y cobarde de la selva”, puede leerse en una conocida fábula, “el león ruge y hace gestos y amenaza al Universo movido por el miedo”.

La verdadera valentía es la de la mosca que, consciente de su insignificancia, no encuentra obstáculos para buscar y desear con total autonomía. Es justo lo contrario de la oveja, cobarde y siempre dirigida. Ya les he traído por aquí más de una vez el Elogio de la Mosca. Ya va siendo hora, para compensar, de colocarles una Reprobación de la Oveja, animal abyecto donde los haya que disfraza de mansedumbre toda su hipocresía y hace de la necedad su bandera. Dice Aristóteles en su Descripción de los animales (610b22-28) lo siguiente: “Porque el carácter de las ovejas, como suele decirse, es simplón y necio; en efecto, es el peor de todos los cuadrúpedos. Se encamina a páramos sin ningún motivo y a menudo, en pleno invierno, sale del redil y cuando se ven pilladas por una ventisca de nieve, si no las empuja el pastor, no quieren irse, sino que mueren abandonadas, a menos que los pastores lleven carneros: entonces sí les siguen”. Y no es cuestión de dudar de esta peripatética afirmación

De acuerdo con la Wikipedia (concédanle por favor el crédito que merece), existen en el mundo más de ochocientas tipos de ovejas, pero sólo uno, haciendo caso omiso de la sabia recomendación de no mezclar churras con merinas, ha conseguido extenderse por todo el planeta adaptándose a las más diversas condiciones del medio. Me refiero, claro está, a la Oveja Negra, a la que el grandiosamente breve don Augusto Monterroso dedicó una de sus más celebradas fábulas.

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.

Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Y todo este rollo se me ha escapado porque quería hablarles de Damien Hirst, ciertamente una de las principales ovejas negras de mi quinta. Ya que me he extendido demasiado y no es cosa de tenerles aquí frente a la pantalla más tiempo del que las autoridades sanitarias consideran aconsejable, me remitiré al eminente New York Times, que afirma que hay dos maneras de tomarse a este caballerete:

There are two ways to think about all of this. One, for sympathizers, is to view Mr. Hirst as a resourceful artist-philosopher with a broad, deep and comprehensive vision of modernity and its spiritual plight.

Detractors may see him as a clever showman trafficking in academic platitudes: a third-rate Warhol, a second-rate Koons.

No seré yo quien contradiga la equilibrada y diplomática visión del señor Ken Johnson, redactor de tan ilustre medio, pero sí quisiera señalar lo apropiado de las observaciones del estagirita al señalar que las ovejas tienen tendencia a encaminarse a páramos sin motivo alguno y sólo si los pastores llevan carneros vuelven al redil. Señores pastores, hagan el favor de llevar carneros por el bien de todos.