29 de julio de 2005

Una idea equivocada

Estoy seguro de que alguno de ustedes se habrá formado una idea equivocada sobre mí al leer el anterior ladrillo en el que les hablaba de cierta discusión con un amigo sobre las representaciones pictóricas de la Arcadia. Me supongo que más de uno habrá supuesto que mi correspondencia anda repleta de elevadísimos debates sobre las más excelsas cuestiones. Nada más lejos de la realidad. Para que se hagan una idea menos errada les cuento, por ejemplo, que una de mis preocupaciones en aquella discusión tenía que ver con el misterioso hecho de que uno de los pastores de la Arcadia tal y como los representa Francesco Barbieri (alias “il Guercino”) parece haber muerto de un balazo, como puede deducirse de la simple contemplación del lienzo.


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Surgió en el texto de ayer un cuadro de André Durand titulado Et in Arcadia Ego (y fechado en el año 2000) en el que aparecía la oveja de Hirst. La interpretación usual de este cuadro suele insistir en que se utiliza la obra de Hirst como símbolo de la muerte del arte posmoderno que, por tanto, ocupa el lugar de la tumba en la iconografía clásica de los pastores de la Arcadia. El cuadro, a juicio de críticos y comentaristas, contiene alguna referencia adicional. Por ejemplo, parece ser que el personaje del fondo es el Dr. Andrew Ciechanowiecki (personaje que espero no tener que investigar ante las evidentes dificultades ortográficas). Como interpretación me resulta bastante aburrida así que les traigo hoy aquí la que yo hice en su día y que se encuentra en una de aquellas cartas que les mencioné ayer. No es más estúpida de lo que puede leerse en muchos catálogos, sólo es distinta. Transcribo casi literalmente y así me ahorro tener que escribir:


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Una evidencia que no podemos pasar por alto es que sólo Durand nos muestra ovejas. En el resto de las obras que consideramos éstas brillan por su ausencia. Si en éstas últimas es innegable que los pastores contemplan la muerte (y honran a sus muertos), es lógico suponer que no se presentarían a un acto de tal trascendencia acompañados de sus ovejas (sabido es que todo pastor dispone de un pariente de confianza a cuyo cargo dejar el rebaño cuando se trata de resolver asuntos propios).

Algún que otro comentarista ha señalado que el busilis (palabra de fascinante etimología) de la cuestión reside en que los pastores de Durand dan la espalda a la muerte a diferencia de los pastores de Poussin o Guercino. Claro que esta apreciación pasa por suponer que la muerte está presente en el cuadro de Durand. En realidad, los pastores de Durand, ni miran a la muerte ni a ninguna otra cosa. Son, claramente, cuatro alelados de mirada ausente que recuerdan a los concursantes de Gran Hermano hasta el punto de sembrar serias dudas sobre si se encuentran en la Arcadia.

Ésta es precisamente la principal razón de la confusión. Una vez abandonada la idea de que la mera coincidencia del título implica la coincidencia de temas, la obra de Durand se nos muestra con apabullante claridad. En estos tiempos de progresivo abandono de las humanidades no es ilógico suponer que el latín de Durand es más que deficiente. Ésta es mi tesis: Durand, hombre de formación limitada, interpreta la frase Et in Arcadia Ego como Aquí yo con Arcadio. En otras palabras, Durand tan sólo nos ofrece el retrato de unos pastores en su cotidiana tarea, uno de los cuales se llama Arcadio.

Llegados a este punto seguimos sin explicación para la misteriosa oveja del fondo. Pero sabemos que uno de los pastores se llama Arcadio por lo que resulta indiscutible que hablamos de un pastor español o hispanoamericano (es verdad que parece un jugador de la selección holandesa de fútbol pero esto debemos atribuirlo de nuevo a las limitaciones de Durand que, con toda probabilidad, no ha visto un pastor del altiplano en su vida).

Es la misteriosa oveja la que nos aclara que se trata de pastores peruanos (nombre común en la zona, piénsese si no en Arcadio Buendía y en que Colombia y Perú son la misma cosa a los ojos del limitado Durand). En realidad, ni siquiera es una oveja. James Frazer refiere lo siguiente en La rama dorada: “Los indios del Perú “empleaban ciertas piedras para aumentar las cosechas del maíz, otras para mejorar las cosechas de patatas y aun otras para que el ganado se reprodujese. Las piedras que usaban para hacer crecer el maíz tenían una forma semejante a las mazorcas y las piedras destinadas a multiplicar el ganado, la forma de una oveja” (cap. III.2 de la edición abreviada). Así pues, lo que Durand pretende representar, con bastante poco acierto, es una oveja de piedra de las utilizadas por dichos indios.

Aún hay un referente adicional si recordamos que San Lucas expone la parábola del buen pastor junto a la del hijo pródigo (cap. XV). Por tanto, es el hijo pródigo el que representa Durand en primer plano (lo que explica la ausencia de ropa, no tiene ni con qué vestirse). El pastor (vestido) tras él es su hermano que observa su regreso momentos antes de decir “he aquí tantos años ha que te sirvo, que nunca he traspasado tu mandamiento y nunca me has dado un cabrito para que haga banquete con mis amigos” (Lucas; XV,29), de ahí su expresión de enojo. Por último, el padre al fondo (representado por el Dr. de nombre impronunciable) se desentiende de las infantiles disputas de su descendencia.

Así, hasta el momento, tenemos un pastor peruano pródigo (al que me referiré a partir de ahora como Aureliano) que regresa a casa para enojo de su hermano Arcadio. Pero el cuadro nos presenta aún dos figuras más, un niño y el famélico galgo que reposa junto a nuestro protagonista. De nuevo resultaría en exceso sencillo a la par que falaz reducirlos a la categoría de comparsas en esta apasionante historia.

El perro, de todos es sabido, es figura preeminente en toda las mitologías y religiones. De hecho, si asumiéramos la interpretación usual que aquí he descartado habría que convenir en que el chucho representado no podría ser otro que el mismísimo Cerbero, guardián del reino de los muertos. En semejante caso nos encontraríamos ante el problema de explicar la ausencia de dos de sus cabezas y su escaso carácter amenazador. Creo haber mostrado claramente que el tema de la muerte está completamente ausente en la obra de Durand. Por ello, creo legítimo avanzar otro tipo de explicaciones.

En primer lugar hay que resaltar que Durand no representa un auténtico perro pastor sino un famélico galgo. La expresión “a perro flaco todo se le vuelven pulgas” viene a significar que al pobre abatido todo se le vuelven adversidades. En alguna medida el artista evidencia las adversidades por venir derivadas del enfrentamiento entre Aureliano y Arcadio. Tales adversidades no tienen otro destinatario que el desdichado Arcadio, que ve como una simple pataleta ante el recibimiento ofrecido a su hermano pródigo puede costarle la herencia. Pero ¿y el niño?

Tratándose de la historia del hijo pródigo, está claro que el niño no puede ser otro hermano de los pastores (la historia perdería fuerza). Además, habría que explicar por qué es el único personaje que nos da la espalda. Por tanto, si no pertenece a la familia sólo puede pensarse que se trata de alguien que regresa junto con Aureliano de su recorrido por la mala (aunque otros la llaman buena) vida. Vida que, de acuerdo con las más habituales convenciones, consiste en una orgía continua de depravación rodeado de las más voluptuosas mujeres dispuestas a todo tipo de prácticas obscenas. Por tanto, en un tiempo y lugar poco propensos a la utilización de anticonceptivos, no es ilógico suponer que Aureliano ha regresado a casa acompañado de un hijo natural (es natural tener hijos en estos casos), lo que explica la alegría del abuelo ya preocupado porque Arcadio, debido a sus excesivas atenciones para con él, descuidaba los más naturales impulsos reproductores y había sembrado la duda sobre su virilidad.

Por tanto, tenemos un bonito relato, aún por escribir. Un anciano pastor andino vive felizmente con sus dos hijos Aureliano y Arcadio cuando el primero descubre que la vida tiene muchas más cosas que ofrecer además de ordeñar, esquilar y tocar esa extraña flauta indígena que ameniza las mañanas en la plaza de Cascorro. Ni corto ni perezoso (bueno, quizá corto sí) resuelve recorrer mundo y abandona en secreto el hogar familiar. En su periplo descubre los placeres de la carne y disfruta de cuantas mujeres encuentra a su paso hasta que, finalmente, encuentra una meretriz (que podemos llamar Lupita) de la que queda prendado. En parte por ignorancia y en parte por desconocimiento Aureliano le hace un hijo a Lupita con gran efusión y aparato (quiero decir aparatosamente, nada de dobles sentidos, el cuadro es inequívoco a este respecto), motivo por el cual Lupita le rechaza dejándole a cargo de la criatura. Aureliano, que a lo largo de su viaje se ha vuelto más reflexivo, encuentra su super-ego personificado en el gachupín. Cada llanto se le aparece como un mandato cada vez más imperioso que le llama al orden hasta que al fin se dice: “Es tiempo de heredar”. Mientras tanto Arcadio maniobra en su contra (de Aureliano ) y a su favor (de Arcadio). Colma de atenciones a su padre, el viejo pastor, lo que, por otra parte le distrae de su máxima preocupación: no le atraen las mujeres, le basta con las ovejas cuyo sumiso balido despierta en él pasiones desconocidas hasta en los más encendidos romances. Desesperado, el viejo pastor resuelve buscar un nuevo heredero para lo que sólo concibe atender los ofrecimientos de una tal Úrsula, pastora local que sólo persigue su fortuna. A pesar del rechazo que esta mujer le produce por fin encuentra algo positivo en ella: gracias a su bigote, basta abrazarla para ahorrarse el penoso trance de tener que cepillar periódicamente el traje. Por fin, el viejo se engalana decidido a aceptar los favores (es un decir) de doña Úrsula cuando divisa en el horizonte la figura de Aureliano acompañado del gachupín. Excelsa pluma se precisa para describir el alborozo producido en el recién descubierto abuelo, liberado así del doloroso trance de complacer a doña Úrsula. Las fiestas se prolongaron por cuatro noches con todo tipo de manjares y fuegos de artificio hasta que, al fin, Aureliano viendo la tristeza en los ojos de su hermano resuelve proporcionarle un instante de felicidad. “Venga Arcadio, hagámonos todos una foto”. Arcadio, con cara de oficial de juzgado tras el careo de Francisco González y Emilio Ybarra, posa derrotado mientras el niño se resiste a abandonar la peonza que le ha regalado su abuelo, también preocupado por el juguete. Entonces Durand aparece con sus pinceles y el resto es historia. No sé si se sienten capaces de escribir el relato de estos hechos pero alguien debería hacerlo. Es buen material, tiene sexo y violencia latente, elementos folclóricos (la flauta), drama (el llanto del niño), tragedia (el bigote de doña Úrsula) y alguna pincelada cultural que permite narrar las más abigarradas aventuras pornográficas sin perder respetabilidad.