26 de agosto de 2005

Agudeza y arte de ingenio (I)

Que nadie se asuste, que hoy no vengo como ayer. No les traigo aquí a Baltasar Gracián (si alguno tiene interés en consultar la edición de Amberes de 1669 de la ‘Agudeza y arte de ingenio, en que se explican todos los modos y diferencias de concetos, con exemplares escogidos de todo lo mas bien dicho, asi sacro, como humano’ de Baltasar Gracián, aquí la tiene). Si he tomado prestado el título a Gracián ha sido porque quiero celebrar la magnánima disposición de tantos individuos que gastan su tiempo y fuerzas en mejorar en lo posible las condiciones de vida de sus semejantes. Me refiero a los inventores, abnegados personajes que, aunque secretamente aspiren al enriquecimiento personal, no por menos deben considerarse como lo que son, grandes benefactores sin cuyo denuedo no habríamos logrado jamás salir de esas cavernas que tanto gustaban a Platón.

Cuando uno piensa en inventos le vienen a la cabeza tres o cuatro que, sin duda, son los más importantes y celebrados: el fuego, la rueda, el horno microondas y el chupa-chups. Pero esto no debe eclipsar la miríada de inventos que abarrotan las oficinas de patentes. Ya saben de mi afición por curiosear en ellas. En su día les señalé, por ejemplo, que el peinado del señor Anasagasti estaba patentado en los Estados Unidos de Norteamérica. Pues bien, ayer, mientras andaba en ciertas navegaciones (y no menos ciertas divagaciones), vía Tecnología Obsoleta, descubrí una página que pienso utilizar para regalarles hoy, en descargo por lo de ayer, algo más ligerito.

La página en cuestión lleva por título ‘Totally Absurd Inventions’ y, como pueden suponer, es una selección de inventos obtenida tras una exhaustiva investigación de la Oficina de Patentes norteamericana (dense un paseo por allá para averiguar en qué se pasan las horas muertas por Wisconsin o Minnesota; no hay nada como la ‘mentalidad práctica’). Se nos asegura que todos los inventos se encuentran efectivamente patentados, aunque no se da ninguna referencia sobre la patente en cuestión. Habrá que creerlo, porque el peinado que antes les mencioné está, no podía ser de otra manera, incluido en la colección.

No hay aspecto divino o humano que no esté tratado en este singular listado. Sirva como ejemplo este útil adminículo expresamente ideado para no perder la dignidad al vestir esas incalificables ‘batas de hospital’ abiertas por detrás con el único propósito de dejar claro que el que manda es el médico (que abrocha su bata por delante) y no el paciente (obligado a exhibir su trasero por los pasillos del sanatorio). Por haber hay hasta inventos con nombres tan rimbombantes como ‘dispositivo recreacional para proporcionar actividad coparticipativa entre una mascota y su dueño’, o los utilísimos (opinen las mujeres, a mí me parece una idea genial) ‘panties de tres piernas’. Pero hay algunos asuntos que parecen disfrutar de un lugar de privilegio en este lugar. A ellos me referiré a continuación (aunque la cosa me llevará al menos un par de posts).

Utensilios para padres en apuros

Como saben muchos de ustedes, convivo con dos fieras de corta edad a las que aprecio y con las que comparto buena parte del código genético. No les engañaré, se me cae la baba con los churumbeles, como a todo hijo de vecino (quizá debí escribir ‘padre de vecino’). Pero eso no me lleva a caer en los lugares habituales, tan comunes como falsos. No, no les diré cosas como ‘la paternidad es lo más maravilloso que me ha ocurrido nunca’. Les diré más bien lo contrario. La paternidad es un infierno en el que se ponen a prueba los límites físicos y psíquicos del ser humano. Afortunadamente, los inventores USA están en todo y nos han propuesto numerosísimas e ingeniosísimas novedades con las que sobrellevar estas penas. Pasaré revista a algunas de ellas con el ánimo de que a alguno le resulten de utilidad y provecho.

Uno de los primeros problemas con que se topa el padre primerizo aparece al comprobar que la rolliza criatura, que además uno se empeña en engordar en lo posible, pesa más de lo recomendable para la recta conservación de la verticalidad vertebral. Por ello, desde la noche de los tiempos, la humanidad se las ha ingeniado para proveerse de toda clase de trastos encaminados a hacer más llevadero el transporte de la progenie. Como es obvio, el primer y natural impulso es cargar con el niño a cuestas, lo que, amén de cansado y causante de hernias discales, es un error descomunal ya que mantiene ocupados los brazos con las consiguientes limitaciones que ello implica.

Más razonable parece inspirarse en esa especie de mochilas con que las indias Papoose cargan a sus retoños. Un desarrollo natural de esta idea, que incluye además toda clase de bolsillos y compartimentos para estibar toda la parafernalia que suele acompañar al bebé pueden encontrarlo aquí. Claro que si se trata de llevar al chaval a la Cabalgata de Reyes o cualquier otro evento similar, puede que sea más recomendable la versión especialmente diseñada para utilizarse sobre los hombros, o, si el niño es ya talludito, esta otra interesantísima variante.

De todas formas nada como llevar al chaval en un carrito o cochecito, aunque tampoco es cosa exenta de problemas. Recuerdo, por ejemplo, cierta comida campestre familiar y, sobre todo, recuerdo los terribles problemas que pasé al intentar desplazar el cochecito monte arriba a través de un barrizal. ¿Quién no se ha visto obligado a sortear toda clase de obstáculos, dignos de la más completa pista americana, empujando el carrito de un bebé? Pues bien, para eso también hay solución. Basta con encontrar la inspiración adecuada que, es este caso, residía en caer en la cuenta de que los militares no suspenden sus desembarcos y campañas por el mal estado del terreno. Al contrario, disponen de vehículos especialmente diseñados para avanzar en cualquier situación por complicadas que sean la orografía o las condiciones meteorológicas. Hagamos lo mismo con el carrito y ya está. ¿Ven qué fácil?

Resuelto el problema del transporte, el padre puede concentrarse en cebar a su criatura sin peligro para su espalda. Muchas veces, sin embargo, son los propios niños los que se empeñan en no colaborar y se niegan a comer. Pero nada puede hacer arredrar al padre de familia decidido. Cabe incluso hacerles comer a punta de pistola. Sin embargo, los padres más pacíficos quizá prefieran distraer al muchachito con algún monigote de esos que les gustan. Entonces es cuando aparece un problema aparentemente insalvable (ojo, sólo aparentemente). Pónganse en situación, la cuchara en una mano, el monigote en la otra y el tazón con el puré completamente desprotegido, sometido al riesgo de un incontrolado manotazo que lo haga caer por los suelos. ¿Qué hacer? Como verán, no hay nada que estos loables inventores no consigan, aquí tienen la solución perfecta.

Con el tiempo, los padres deciden que ya es hora de que sea el propìo niño el que empiece a manejar la cuchara en detrimento del hasta entonces impoluto estado de la habitación donde uno tenga costumbre de alimentar a la descendencia. Uno debe acostumbrarse a que aparezcan restos de comida por todos los rincones. Es ley de vida. Pero junto a este inevitable problema hay otro que, una vez más, la toma con la zona lumbar del abnegado progenitor. No es fácil calcular el número promedio de veces que los padres han de agacharse a recoger del suelo la cuchara descuidadamente arrojada por el tierno infante, pero sin duda tiene muchas cifras. Por suerte alguien ha dado con un arreglo fácil y efectivo, que no puede faltar en ningún kit de primeros auxilios para padres, no se lo pierdan.

Ahora bien, si algunas son las veces en que los niños se empeñan en no comer, muchas más son aquellas en las que se niegan a tomar los medicamentos convenientemente recetados por el pediatra. Cierto es que en ocasiones la negativa está cargada de razón, como en el caso de las inyecciones. ¿A quién no le pone nervioso la contemplación de una jeringuilla? Por suerte, los niños son fáciles de engañar, por lo que cabe recurrir a toda clase de artimañas para inyectarles lo que sea menester . Por mi parte, debo decirles que ciertos problemas respiratorios que mis hijos atravesaron durante sus primeros tres meses de vida se convirtieron en un suplicio al no haber forma humana de administrarles los aerosoles prescritos. ¿Quién me iba a decir que, aunque demasiado tarde, acabaría descubriendo el truco del almendruco?

Imagino que a estas alturas alguno (aquellos que hayan pasado por ello, claro) se preguntará por qué todavía no he mencionado una de las inconveniencias más corrientes y a la que cuesta más acostumbrarse. Les hablo de esa antihigiénica costumbre de comprobar el estado del pañal y en particular su ‘sequedad’ introduciendo la mano en él (para sacarla embadurnada de toda clase de secreciones). ¿Es que en pleno siglo XXI tenemos que seguir con estas prácticas más propias del hombre de Neandhertal (en el supuesto de que éstos conocieran los pañales, cosa no demostrada)? Pues no, para todo existe una solución práctica y efectiva.

Dejo para el final el principal de los problemas de la paternidad, el que de verdad quita el sueño (no me refiero a pagar los colegios, o su comida, o su ropa, eso viene después). De hecho, ése es el problema, que no le dejan a uno dormir. Primero son los llantos a deshora, cosa que puede arreglarse de forma rotunda. Pero si a alguno le parece que tan expeditiva solución ataca el problema demasiado de raíz, puede plantearse otras alternativas. La primera de ellas es darle regularmente y con estudiada periodicidad unas cuantas palmaditas al chaval mientras duerme en su cuna con el objetivo de que no se despierte. Se preguntarán cómo puede hacerse esto a la vez que se duerme. Pues es muy fácil, basta con hacerse con este curioso artefacto y asunto arreglado.

Hay padres, no obstante, que sucumben a los chantajes emocionales de sus vástagos y acaban llevándose al chaval a dormir con ellos a su cama. De todos es sabido que ésta es una peligrosa situación. El peso muerto de cualquier adulto dormido que inconscientemente se abalance sobre el bebé puede asfixiarlo (lo que, por otra parte acabaría con muchos de los problemas que hoy estoy tratando aquí aunque, indudablemente, traería muchos otros inconvenientes). Para estos padres resulta básico y fundamental disponer de un aparato tan tranquilizador como este.

Quizá a alguno le parezca excesivo eso de enjaular a los propios hijos. Se ve que no tiene hijos. La disciplina, al margen de ser un elemento indispensable en toda educación que se precie de llevar ese nombre, es también condición necesaria para que los padres puedan disfrutar de algún, siempre breve, momento de paz y relajo que a largo plazo acaban agradeciendo hasta los niños. Por eso inventos como éste deben juzgarse como la gran aportación al progreso de la humanidad que son. A mí, de todas formas, el que ya me va haciendo falta es este otro (por favor, observen la cara del chaval del fondo).

Pero ya veo que una vez más me estoy enrollando demasiado. Hasta aquí la primera parte. Está visto que esto del ingenio no tiene límites y, por lo que parece, yo tampoco.