25 de agosto de 2005

Janus Vitalis

Ayer, a un comentario de nuestra Corsaria que citaba a Quevedo contesté con un oscuro nombre: Janus Vitalis. Con retales de un viejo texto y excesivamente amplias citas de alguien a quien admiro mucho intentaré hoy restarle algo de oscuridad. No se me asusten, que hoy vengo pedante.

El 10 de diciembre de 1980, con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Quevedo, Augusto Monterroso publicó un artículo, luego recogido en La palabra mágica, titulado Lo fugitivo permanece y dura. No soy traidor y por eso les avisé. Aquí lo tienen reproducido íntegramente (iba a escribir ‘en su integridad’, pero luego recordé que a Ana le gustan los adverbios terminados en ‘-mente’).

Ahora que se habla tanto de Quevedo con motivo de los cuatrocientos años de su nacimiento, quiero recordar que hace unos ocho años estuvo en México Robert Pring-Mill, profesor del Saint Catherine's College de Oxford, Inglaterra, y especialista en Quevedo, con quien una larga tarde lluviosa conversamos en mi casa acerca de buscones, nobles conjurados para asesinar a Julio César, elogios del dinero, sueños infernales y, naturalmente, de sonetos, y entre éstos, por supuesto, del perfecto (que en esa oportunidad Jorge Prestado dijo en voz alta y de memoria).

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí propio el Aventino.
Yace donde reinaba el Palatino;
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que blasón latino.
Sólo el Tíber quedó, cuya corriente
si ciudad la regó, ya, sepultura,
la llora con funesto son doliente.
¡Oh, Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme y solamente
hasta llegar al archifamoso endecasílabo:
lo fugitivo permanece y dura.

- Eso está tomado de "Janus Vitalis" - exclamé yo de pronto viendo a Robert, seguro de que inmediatamente me diría:
- Dr. Johnson.

Pero no lo dijo.

Entonces me levanté y busqué en mis estantes la "Vida de Samuel Johnson" de Boswell, y encontré en el tomo II de la edición Everyman's, p. 181, pero leí en voz alta de la reducidísima versión de Antonio Dorta publicada por Austral:

"Mencionando el viaje de Horacio a Brindisi, observó Johnson que el arroyo que describe puede verse ahora exactamente como en aquel tiempo y que a menudo se ha preguntado cómo puede ocurrir que pequeñas corrientes, como ésta, conserven la misma situación durante siglos, a pesar de los terremotos, que cambian incluso las montañas, y de la agricultura, que produce tales cambios en la superficie de la tierra.

CAMBRIDGE: Un escritor español ha expresado ese pensamiento de una forma poética. Después de observar que la mayoría de las edificaciones sólidas de Roma han perecido totalmente, mientras el Tíber sigue permaneciendo igual, dice:

Lo que era firme huió solamente (1)
Lo fugitivo permanece y dura

JOHNSON: Eso está tomado de Janus Vitalis

…immota labescunt;
Et quae perpetuo sunt agitata manent."

Como en realidad lo que más me interesaba en ese momento (como en tantos otros) era conversar, el gran hombre y sus interlocutores siguen hablando como si nada, y como si ese poeta español, que no era otro que Quevedo, careciera de importancia, y lo más probable es que en realidad para ellos careciera de importancia, pues en ese año de 1778 en que el diálogo tuvo lugar (133 años después de la muerte del poeta) el único escritor español que todavía contaba en Inglaterra era Cervantes, quien había mostrado a Smollet, a Sterne y a Fielding, entre otros, las posibilidades de esa para entonces extraña cosa que hoy llamamos antihéroe, y de paso una nueva manera de narrar.

Lo que sí ya resulta más extraño es que los eruditos de hoy sigan hablando de este verso maravilloso sin hacer caso para nada de la observación un tanto despectiva de Johnson, ni explicarnos qué cosa sea Janus Vitalis, que Quevedo debió de conocer, pero que hoy todo el mundo ha olvidado.

Pero hay algo más. En los "Poemas escogidos" de Quevedo preparados por José Manuel Blecua para los clásicos Castalia, leo en la nota que un humanista polaco, Nicola Sep Szarinski, publicó en 1608 un epigrama que según Blecua constituye la fuente de los versos primeros y últimos del soneto, y es posible, pues para entonces Italia seguía estando de moda y una antología titulada "Delitiae italorum poetarum", como la del polaco, sería tremendamente atractiva para el poeta.

Toda vez que no soy hombre de fichas ni quién para meterme en estas honduras, y como presumiblemente ni María Rosa Lda de Malkiel en su artículo "Para las fuentes de Quevedo", ni R. J. Cuervo en el suyo "Dos poesías de Quevedo a Roma" dicen nada sobre esta johnsoniada, pues de otra manera Blecua lo habría recogido; y como hasta ahora no se ha sabido que mi amigo Pring-Mill haya usado el norte que le di la tarde de Coyoacán en que con Isabel Freire, Jorge Prestado y otros amigos cercanos hablamos de Marco Bruto, de lo poderoso que es el dinero y de ese inacabable milagro de la permanencia y duración de lo fugitivo, no estoy dispuesto a dejar pasar estos días sin llamar públicamente la atención sobre ese fugaz instante londinense de 1778 en que el señor Cambridge señala tímidamente la existencia de un poeta español que se atreve a coincidir con Horacio tan sólo para que, como una entre mil otras veces, la majestuoso mano de Johnson apartara de su mente tal idea, como quien aparta un mal pensamiento o una mosca.
Y volviendo a lo mismo, ¿qué es eso de "Janus Vitalis"? Estoy seguro de que alguna vez lo supe, para olvidarlo más tarde. No sé incluso si llegué a comunicárselo a Pring-Mill, como debo haber creído que era mi deber. Pero en fin, yo no soy erudito y no tengo por qué recordarlo, aparte de que el año del cuarto centenario se termina y no deseo que eso suceda sin rendir este apresurado homenaje a nuestro gran poeta, homenaje que con igual pretexto rendiría al gran Samuel Johnson si este año fuera 1984 y en San Blas se conmemorara el segundo centenario de su muerte.

Imagino que conocen la historia de Javier Marías acerca de cómo su novela Todas las almas se introdujo en su vida hasta convertirlo en Rey de Redonda (es decir, todo lo contado en La negra espalda del tiempo). Pues bien, si les refiero este artículo del bueno de Augusto es porque es un ejemplo, menos novelesco eso sí, del mismo fenómeno: el texto que se introduce en la vida del autor. Esto me obliga a otra extensa referencia, esta vez de Los buscadores de oro, en la que Monterroso aclara por fin quien o qué cosa es Janus Vitalis y añade un sorprendente hallazgo:

Puedo ser también, por dicha, la reencarnación de un oscuro poeta italiano del Renacimiento.

Cierto día de febrero de 1986 recibí de España una carta escrita en catalán, que en parte traduzco:

"Un artículo suyo publicado en El País -comenzaba- en ocasión del centenario de Quevedo, fue el detonante final de mi curiosidad erudita y el desencadenante del artículo que -jubilado de la Dirección del Museo de Historia de la ciudad de Barcelona, y ya simbólicamente "sub tegmine fagi"- he preparado en los meses finales de 1985".

A las 7.20 de la mañana del 19 de septiembre de 1985 un terremoto había arrasado parte de la ciudad de México, y el mundo entero se había estremecido ante la idea de que esta ciudad, la más poblada del orbe, se encontrara en ruinas.

"Por tal motivo -añadía la carta refiriéndose a la catástrofe mexicana- no le envío más que la primera parte del artículo; si llega a sus manos y le interesa, le enviaré la segunda y final: (f) Frederic-Pau Verrié.

Como la mayoría de las veces prefiero hacer un largo viaje para hablar con quien me ha escrito en lugar de contestarle por carta, no fue hasta el viernes 23 de mayo de 1986 cuando busqué en persona a mi corresponsal catalán en Barcelona. Al escuchar inesperadamente mi voz por el interfono de su departamento del Passeig de Contes I, 200, 3º, 1ª, Frederic-Pau Verrié no podía dar crédito a lo que oía. Instantes después lo encontré en el tercer piso, a la salida del elevador, esperándome con los brazos abiertos y con una amplia sonrisa sólo interrumpida por sus exaltadas palabras de bienvenida e incredulidad, que parecía decir:

- ¿De manera que está usted vivo?

De su exagerado entusiasmo colegí que por mi falta de respuesta escrita durante todo aquel tiempo mi nuevo y desconocido amigo me había dado por sepultado bajo las ruinas de la ciudad de México.
Luego, con extremos de proverbial cortesía catalana, me rogó pasar a su estudio, un recinto tan atestado de libros y documentos en (aparente) desorden, que a duras penas encontramos lugar en él para que yo pudiera sentarme en una pequeña silla previamente desembarazada de mapas y legajos. Mi mujer, que me acompañaba, logró hacerlo sobre una pila de infolios, diccionarios, y otros gruesos libros de referencia. Después de que mi sabio llamó por teléfono a dos o tres amigos y amigas para darles la alegre noticia de que yo estaba vivo, conversamos.

En efecto, el 10 de diciembre de 1980 yo había publicado en el diario El País de Madrid con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Francisco de Quevedo, un diminuto ensayo, la esencia del cual consistía en recordar que una tarde de 1778, en Londres, y según cuenta James Boswell en su "Vida de Samuel Johnson", este hombre notable y pomposo había pronunciado, como al pasar y de mal humor, el nombre de un tal Janus Vitalis, seguido de los siguientes versos latinos:

…immota labescunt (sic)
et quae perpetuo sunt agitata manent.

todo a propósito del soneto de Quevedo "A Roma sepultada en sus ruinas", que comienza

Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!
y termina con los inolvidables versos
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura.

Siguiendo la pista -registrada en mi artículo- de ese raro poeta mencionado al desgaire por el doctor Johnson (su nombre, el de Janus Vitalis, ni siquiera aparece registrado en el Índice Onomástico de ninguna de las ediciones que poseo de la "Life" de Boswell), el doctor Verrié encontró prácticamente todo lo que había que hallar acerca de la vida y de la obra del Janus Vitalis en cuestión, poeta neolatino autor de oscuros epigramas en latín y de una (olvidada, por supuesto) "De divina trinitate". Pues bien, lo que a nosotros en verdad nos interesa s que entre esos epigramas había uno, uno en especial -que de hecho lo inmortalizará-, con el tema de las ruinas de Roma y la fugacidad de las cosas hechas para perdurar, tema que, como se sabe, llegó hasta Quevedo después de pasar por Joachim du Bellay en sus "Antiquités de Rome" ("Nouveau venu qui cherches Rome en Rome"), por Jacques Grévin, en alguna forma por el polaco Nicola Zep Szarzynski, y hasta por el inglés Edmund Spenser.

Tratando de establecer quién fuera ese poeta semidesconocido y de dar con la paternidad de esa idea luminosa: la fugacidad de lo firme y la perennidad de lo frágil, que du Bellay puso de nuevo en marcha con su soneto y hace hoy resplandecer la memoria de Quevedo, el doctor Verrié, con paciencia y minuciosidad de arqueólogo literario, recorrió las bibliotecas europeas (y fueron muchas) que pudieran ofrecerle un dato, una señal, y ha dejado exhaustivamente claro que su primer autor moderno, por llamarlo así, fue (como lo sabía Johnson, que lo sabía todo) Janus Vitalis, poeta de la corte del papa León X (Giovanno de Medicis) en pleno Renacimiento, para ser muy pronto olvidado junto con sus restantes epigramas latinos hasta el extermo de desaparecer por completo de cualquier historia reciente de la literatura italiana. Y así, además, el doctor Verrié ha realizado la más completa investigación acerca de los orígenes y secuelas del soneto de Quevedo que se haya hecho en cualquier idioma.

Ahora bien, ¿qué me llevó a mí a reparar en ese nombre en la biografía de Samuel Johnson -nombre en que ninguno de los grandes eruditos y especialistas hispano-americanos modernos había reparado- sino la fuerza con que, dentro de mí, el poeta, cerca de quinientos años después de muerto, me conminaba con desesperación a señalarlo y ponerlo en el lugar en que alguien como el doctor Verrié lo viera -y lo vio por casualidad- y decidiera sacarlo del lóbrego sitio en que estaba aprisionado como un "genio" de "Las mil y una noches" está aprisionado durante siglos en una botella esperando a su accidental liberador? Y éste resultó ser un sabio catalán que por azar tropezó un día en la prensa española -en la que yo nunca antes había colaborado- con el artículo de un remoto autor salido de la selva centroamericana, y contribuirá a que el nombre de un poeta borrado de la mente de sus compatriotas vuelva a ocupar su sitio en la literatura de su país, Italia.

Como si todo esto fuera poco, y por más señas, pues de eso se trata, debo añadir que en su investigación el doctor Verrié encontró que el nombre completo del poeta olvidado era Janus Vitalis de Monterosso.

El título del libro de Frederic-Pau Verrié, escrito en italiano y aún inédito (octubre de 1992) es "Il caso dell'anonimo veneziano del 1554". Poseo un ejemplar del manuscrito con esta dedicatoria autógrafa: "A Augusto Monterroso -quizás descendiente de Janus Vitalis- que, sin querer, me dio el empujón. Por lo tanto, si logré alcanzar "una verità probabile altraverso una serie di sicuri errori" (U. Eco, La nome della rosa) también a él, aunque tampoco lo quiera, le corresponde una parte de mi responsabilidad". Lastimando la modestia del doctor Verrié, y sin pedirle permiso para hacerlo, he resumido aquí esta historia, de más de cien cuartillas en su original. Le ofrezco disculpas.

Conviene advertir, por último, que mi interés por las genealogías es nulo. Por línea inglesa directa todos descendemos de Darwin.

Hasta aquí las citas. Conviene que recuerden que es Monterroso y no Borges quien escribe. Con Borges habría que sospechar que se trata de una pieza de ficción. Pero no es así. El tal Verrié existe (por cierto, no acabo de entender por qué escribe a Monterroso en catalán). Sin embargo por lo que he podido averiguar, su estudio de Janus Vitalis permanece inédito (en español la cosa es segura: el registro del ISBN demuestra que no se cuenta entre las obras publicadas de Verrié; en italiano no está tan claro, pero Google no registra coincidencias de las palabras anónimo y Verrié, o veneziano y Verrié, etc.). Para completar la cuestión, aquí tienen el epigrama completo de Janus Vitalis:

De Roma
Qui Roman in media quaeris novus advena Roma,
et Romae in Roma nil reperis media,
aspice murorum, praeruptaque saxa,
obruptaque ingenti vasta theatra situ.
Haec sunt Roma: viden velut ipsa cadavera tantaae
urbis adhuc mundum, nixa est se vincere: vicit,
a se non victumne quid in orbe foret.
Nunc eadem in victa Roma illa sepulta est?
Atque eadem victrix, victaque Roma fuit.
Albula Romani restat nunc nominis index,
qui etiam rapidis fertur in aequor aquis.
Disce hinc possit Fortuna: immota labascunt,
et quae perpetuo sunt agitata manent.

Si tiene curiosidad por conocer muchas de las variantes del ‘tema romano de la fugacidad’ pueden consultar esta página. Y para terminar, nada mejor que seguir recurriendo a este descendiente guatemalteco de Janus Vitalis:

Para terminar, pues por ahora no quiero seguir anotando coincidencias …, coincidencias que sin duda vendrán solas como siempre que uno lee más de cinco libros al mismo tiempo,…

(1) En este español en el original inglés, tal como lo anotó Boswell [Nota de Monterroso].