5 de agosto de 2005

Pues eso

Pues eso, que me he puesto nostálgico y no se me pasa. Como algunos saben, ando preparando una de mis guitarras para que comparezca esta noche ante el público pero en manos ajenas. Entre esto y ciertas conversaciones acaecidas allá por Haloscan voy camino de convertirme en el abuelo Cebolleta (y no me digan ahora que no saben quién es el abuelo Cebolleta, porque me va a entrar una depresión por la edad). Fíjense, por ejemplo, en que esta foto ya tiene más de veinte años.

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El caso es que cometí en aquellos comentarios una pequeña ‘infidelidad’. Dije que una de mis guitarras era una Washburn y no lo es. Me traicionó el deseo de poseer una ya que mi vieja guitarra de batalla, que aun conservo por razones sentimentales, es una Westone (por aquel entonces no me podía pagar una Washburn).

Por alguna extraña razón los globeros tienen muy mala prensa. Suele decirse de cualquier impresentable que ‘parece un globero’. Les confieso aquí que yo me compré aquella Westone con los ingresos que obtuve haciendo de globero. Gracias a cierto caballero, que hoy es persona importante y que prefiere permanecer en el anonimato (como pueden deducir por la foto que viene a continuación), tuve el honor y el horror de pasar quince días repartiendo globos en cierta feria infantil (y soportando a los abuelos de los niños, mucho peores y más agresivos que los infantes) para juntar los billetes necesarios para cambiar de guitarra. Aquí pueden vernos en una vieja (viejísima) foto de hace los mismos veinte años que la anterior.

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Y claro, cuando una rescata viejas fotos, no queda más remedio que ponerse nostálgico. Vamos allá con la nostalgia. Un servidor empezó en esto del guitarreo allá por 1979. Era cosa habitual entonces. Quien no tenía un grupo no existía. Pero tras pasar por tres bandas (una de ellas, está feo que yo lo diga, francamente buena), llegué a aburrirme de que las cosas no salieran como quería y, por decirlo suavemente, me volví un tanto mercenario. Dejaba que los grupos me contrataran para apoyarles en sus conciertos y así todo eran ventajas; pocas obligaciones, bebida gratis, algunos dineros y diversión, que era de lo que se trataba. Así pasé muchos años, cuando vivía en Madrid, en la Malasaña de la época.

Pero tampoco iba a ser todo un camino de rosas (aunque lo pareciera). Mi nostalgia de hoy tiene que ver con otro caballero (que antes solía visitar esta bitácora) que no me va a perdonar que cuente las cosas que hoy les contaré. Un caballero que debió dedicarse a las letras pero acabó optando por el más prosaico aunque indudablemente más rentable mundo de las leyes. Yo le pinchaba por entonces. Me dedicaba a entregarle canciones para que les pusiera letra. De aquella salieron dos temas que todavía recuerdo: una sentida balada que llevaba por título ‘Ojos cerrados’ y que era fantástica para enamorar a cualquiera y una historia perdularia con ramalazos Tex-Mex que llevaba por nombre ‘Lupita’ (no era inocente la elección de ese nombre en mi interpretación del cuadro de Durand). Pero antes de seguir, déjenme presentarles al personaje.

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Esa era mi pequeña condición en aquellos tiempos. Quien me contratara debía incorporar alguno de los temas de mi repertorio en sus actuaciones. Así las iba estrenando en público. Pero una noche, la noche a la que corresponden las viejas fotos que hoy he rescatado, conseguí convencer al coautor para que las cantara en directo. Y así lo hizo. He aquí la prueba.

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Supongo que si yo ando nostálgico, él lo estará mucho más al recordar esto. Al fin y al cabo fue la única vez que subió a un escenario, cosa que yo hacía con frecuencia. El caso es que nos salió una noche mágica, de esas que llaman irrepetibles para desear que se repitan. Una locura de sesión que llegó a durar más de cinco horas. No es que tuviéramos el día estajanovista, había entre el público muchos voluntarios dispuestos a subir al escenario y los fuimos invitando a colaborar. Todavía recuerdo haberme tomado una de las últimas copas sentado en una mesa mientras en escena tocaban, con nuestros instrumentos, un montón de desconocidos. Afortunadamente, de aquello no hay foto alguna. Sólo las hay de los primeros tachundas, en los que mi amigo cantaba nuestra sentida balada (no recuerdo si aquel verso que hablaba de la piel sabiendo a sal o aquel otro que decía ‘no puedo recordar tu cuerpo’), con gran concentración, mientras yo ponía extrañas caras (jamás aprendí a controlar los músculos faciales al tocar, qué le vamos a hacer).

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Por eso estoy ahora aquí, esperando la hora de ir al montaje del escenario de esta noche, probando la correcta tensión del cordaje con las notas de ‘Ojos Cerrados’, que a día de hoy me resulta algo inocente pero que, sin duda, algo ha significado aunque no sepa muy bien qué (Tu piel todavía sabía a sal / y ahora yo no puedo recordar tu cuerpo).