16 de agosto de 2005

Viva la Pepa (Tristezas del Manuela)

Tengo que disculparme con los escasos fieles de este su sitio por no tenerles lo atendidos que se merecen. Agosto es tradicional mes de vacaciones, tradición que lo convierte en un infierno particular para este que aquí les firma y le impide comparecer aquí como acostumbra.

Vacaciones. Qué palabra más bella y evocadora. Ya me gustaría a mí saber qué es eso tan prometedor. Pero no lo sé. Hace demasiado que no disfruto de ellas y particularmente esta recurrente temporada agosteña en que todos andan por ahí dedicados con especial insistencia a la holganza la cosa se me suele hacer muy cuesta arriba. Entiéndanme, no es envidia. Me alegra un montón que tantos disfruten de su merecido o inmerecido descanso. El problema es otro. El problema es que muchos de esos veraneantes, a los que aprecio de veras, todo hay que decirlo, deciden que es buen momento para pasar unos días en mi casa. Y así andamos por aquí. Todo el mes con un índice de ocupación superior al 100% pero sin posibilidad de overbooking. Nos vamos apilando como podemos y todos requieren su mínima atención lo que, como pueden deducir sin estrujarse las meninges en demasía, sucede en detrimento de la necesaria atención que también estas Salidas merecen. Y todo ello sin que mis obligaciones profesionales decaigan lo más mínimo.

Ésta y no otra es la razón de mis fantasmales e infrecuentes apariciones por aquí durante los últimos días. Estamos condenados a ser los únicos que no descansan en agosto. No tanto por no tener vacaciones como porque los que sí las tienen nos dan aún más trabajo. Y así, por ejemplo, cuando ya tenía a cuatro invitados alojados en casa, se presentaron sin previo aviso otros cinco. Y esta es una casa hospitalaria en la que a nadie se le cierran las puertas. Sobre todo si algunos de ellos compartieron conmigo aquellos tiempos que me han tenido de arrebato nostálgico en arrebato nostálgico.

Por ejemplo, S, buena amiga y vecina los años que viví en Malasaña, compañera de bar y de estrambóticos momentos protagonizados en aquel barrio legendario. Dicen que ya no es lo que era, pero tampoco uno es ya el que era. Mucho ha cambiado, en efecto, desde los lejanísimos primeros días (que yo no viví allí). Recuerdo, no obstante, los días en que era posible tomarse una copa con Elliot Murphy, o con Sid Griffin en su época con los Long Ryders. Recuerdo los nombres que se han hecho un lugar en la Leyenda, aquel ‘Penta’ al que cantó Nacha Pop; ‘La Vía Láctea’, que fue donde me tomé aquellas copas con Sid Griffin; el ‘Louie Louie’, ‘La vaca austera’ y un sin fin de nombres más. Así, ya que ando de nostalgia en nostalgia, quiero dedicar estas líneas a recordar aquel barrio en el que, primero como visitante nocturno y después como residente fetén (los que no conozcan el barrio de día no saben lo que se pierden), transcurrieron unas cuantas cosas que algo significan para mí.

Image hosted by Photobucket.com

La heroína local (muy anterior a que llegara la otra heroína, la que acabó con toda una generación del barrio) es, obviamente, Manuela Malasaña a la que se ha querido convertir en una especie de Juana de Arco chispera. La realidad, sin embargo, es muy otra. Manuela Malasaña, joven bordadora de diecisiete años fue detenida y registrada por unos soldados franceses el dos de mayo de 1808. En vista de que le encontraron unas tijeras (sorprendente artefacto en manos de una bordadora) y que éstas fueron consideradas un arma, procedieron a fusilarla. Eso es todo. Ahí es nada.

Yo llegué allí en circunstancias que no quiero reseñar aquí, como tampoco recordar mi primera casa en el barrio, concretamente en la calle San Vicente Ferrer, justo enfrente de la 'Sala Maravillas', pintoresco espacio donde recuerdo una noche etílica (todas lo eran) en que improvisamos un dúo de bajo y saxo (yo era el del bajo) en exceso jazzero para lo que estaba acostumbrado el público del local (es lo que tiene no tener vergüenza). Poco después, en busca de cierto equilibrio y tratando de olvidar aquellas circunstancias que no quiero recordar, me trasladé a la calle Colón, en la vertiente Sur, junto a la Plaza de San Ildefonso y la calle Valverde (los puristas consideran la zona fuera del barrio), sobre un extrañísimo local llamado ‘Al Lab Oratorio’, frente a las míticas ‘Bodegas de La Ardosa’ (con su imprescindible grifo de Urquell) y a escasos metros del Quiet Man (no se pierdan la ‘investigación sobre la cerveza’ que ha efectuado en estos dos locales un tal Arturo). De allí pasé a mi ‘lujosa buhardilla’ en la Corredera Alta esquina a San Vicente Ferrer (ya les hablé un día de ella, es aquella en la que tenía de vecino a Alex Gornemann), justo enfrente del ‘Louie Louie’ (la foto parece hecha desde el portal de casa) y sobre el ‘Triskel’, taberna irlandesa con interesante cueva en sus bajos. Y hasta aquí mi historia inmobiliaria o residencial en la zona, que no es precisamente lo que quería traer hoy aquí.

El caso es que el barrio siempre ha contado con locales famosos, notorios y celebrados, como el ‘Elígeme’ (que luego se llamó ‘Swing’ y ahora ignoro cómo pueda llamarse), en el que Javier Krahe actuaba habitualmente (ya que sólo tenía que cruzar la calle desde el ‘Star Café’, que era donde vivía frente a un tablero de ajedrez, véase su disco); el ‘Café Ruiz’, el ‘Café de la Palma’ o el ‘Manuela’ (aunque a mí me gustaba mucho más uno pequeñín que había en la Galería de Robles cuyo nombre no recuerdo, pero que regentaba un caballero de nombre tan exótico como Helios). En fin, que un recien llegado al barrio tenía donde elegir para establecer su base de operaciones.

Image hosted by Photobucket.com

Yo no escogí ninguno de estos excelsos nombres. Establecí mi ‘oficina’ en otro lugar que ya nadie parece recordar. Un bar sin una gran decoración, sin actuaciones en vivo y con un servicio casi inexistente, el ‘Viva la Pepa’, situado en el tramo peatonal de la calle Ruiz que viene a dar a la plaza del Dos de Mayo. Supongo que se preguntarán por qué y yo trataré de explicárselo con algunos recuerdos en lo que, lo prometo, será mi último arranque nostálgico.

Bien pensado, el ‘Viva la Pepa’ no era muy diferente de ‘La Esquina’. Tenía sus extravagantes parroquianos fieles hasta la médula (afortunadamente, y contra la costumbre del barrio, ninguno era un personaje célebre, con excepción de cierto actor y una no menos cierta escritora) y el deporte oficial era el dominó (además de los dados). Sólo faltaba la Rosario para dejarlo como los chorros del oro. Pero la terraza, a falta de Rosario, siempre estaba impecable debido a una de las costumbres locales. Hacia la hora en que bares y pubs abrían sus puertas la chiquillería del barrio se sacaba unas perrillas haciendo la ronda, limpiando las mesas y sillas de todas las terrazas del barrio. Era un encantador detalle que no parece casar con la imagen crápula de la zona.

Jamás tuve que citarme allí con nadie. De alguna forma los parroquianos formaban parte del mobiliario (supongo que yo lo sería para los demás). Todos los días paraba por allí desde la apertura hasta el cierre y sobrellevaba ciertos contratiempos que nunca tendrán su lugar aquí pero que bien podían haber convertido aquellos años en un tormento. Pero yo fui acogido, arropado por Malasaña y por los parroquianos de la ‘Pepa’ y me hicieron mucho bien. No creo que ninguno de ellos llegara nunca a saberlo. Quede aquí constancia de mi agradecimiento.

Fran, el dueño del bar (aparte de gran y desconocido escultor), era reacio a atender a extraños. No se sentía cómodo con ellos. Cada vez que aparecía un cliente desconocido hacía todo lo posible porque abandonara el local. Casi siempre lo conseguía y las pérdidas no dejaban de crecer. (No deja de ser curioso pensar que todos, absolutamente todos, fuimos alguna vez ‘extraños’ allí).

El caso es que un bar así no podía durar mucho y llegó el día de cerrarlo (la verdad es que aguantó más años de los que muchos le concedían). Los parroquianos nos encerramos allí con idea de acabar con todas las existencias (invitados por la casa salvo un turista despistado que entró sin saber qué era aquello y al que Fran le cobró las consumiciones) en una suerte de celebración crepuscular. Poco después, tras una desafortunada reforma, la ‘Pepa’ cambió de manos y se rebautizó como ‘Shout’. No sé si duró mucho.Ya no era la misma y es que, como cualquiera que arrastre algo de vida sabe, los bares los hacen las personas y allí ya no quedaba ninguna de las que hicieron la ‘Pepa’.