19 de septiembre de 2005

Cruzando charcos

En la biblioteca de todo velero que se precie, desde el más modesto hasta el más suntuoso, desde el más marinero hasta el más dejado, hay un libro imprescindible, el Manual de maniobra de Eric Tabarly. Para que se hagan una idea sobre la personalidad de su autor baste decir que su capítulo tercero está dedicado a las maniobras en puerto a vela, cosa que él hacía con toda naturalidad con un barco de más de 17 metros de eslora. Ahora, los que puedan, asómense a un puerto deportivo y cuenten los veleros que maniobran en puerto a vela. Todo lo que pase de cero, créanme, es todo un acontecimiento.




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Eric Tabarly

No se hagan una idea equivocada sobre este libro. Es verdaderamente útil. Lo he calificado de imprescindible porque realmente lo es. El propio Tabarly afirma en su introducción lo siguiente: he tratado de hacer una obra eminentemente práctica, presciendiendo en todo lo posible de la teoría. Dejando a un lado que es imposible prescindir de la teoría para hacer una obra realmente práctica, lo cierto es que todos los temas que trata, que son muchos, están repletos de reflexiones basadas en su propia experiencia. A lo largo de todo el libro se discute prácticamente todo lo relevante para la navegación a vela.

Por estar, está hasta la eterna discusión sobre si es posible o no ‘pasar por ojo’ (para los legos, se llama ‘pasar por ojo’ a que el barco descienda una ola a mayor velocidad que ésta clavando su proa en la siguiente y pasando la popa por encima de la proa). Pero será mejor que deje la palabra a Tabarly (que además trae a la discusión un nombre legendario que ya conocen).

Esta cuestión de la velocidad es pues, en mi opinión, muy importante. Por esta razón no veo ningún motivo para correr un temporal arrastrando amarras por la popa. Por temor a ir demasiado deprisa hay quien se pone a palo seco, de esta forma el barco no gobierna, y para mantenerlo popa el viento largan cabos y todo lo que encuentran: neumáticos, cadenas, etc. Esto lo pudo comprobar Bernard Moitessier en el Pacífico Sur. La situación se había hecho insostenible para el Joshua, hasta tal punto que, tras muchas dudas, Bernard se decidió a cortar las amarras, y quedó muy satisfecho del resultado.

¿Por qué quería reducir tanto su velocidad? Simplemente porque, después de no sé qué lecturas, tenía la obsesión de que iba a pasar por ojo, es decir, volcar pasando la popa por encima de la proa. Lo veía posible de la siguiente manera: sobre una ola, el barco sale planeando lanzado como una bala de cañón y como va más rápido que las olas, clava la proa en la que le precede. Yo no creo que esto pudiera ocurrir. Con un barco como el Pen Duick VI, que planea muy bien –lo que seguramente no ocurría en el caso del Joshua–, y llevado al máximo de sus posibilidades por una tripulación de regatas, jamás hemos alcanzado una ola en las latitudes del Sur. Sin embargo, habíamos hecho planeos francamente espléndidos, con el velocímetro bloqueado a 24 nudos. Fue muy espectacular, pero siempre las olas corrían más que nosotros, ya que estas olas avanzan a mucha velocidad. Gracias a estas olas planeábamos muy rápido, mucho más que en otros mares con el mismo viento y la misma vela. Existe una relación matemática entre la altura de la ola y su velocidad. Gracias a esto, ni en nuestros mayores planeos corrimos el riesgo de pasar por ojo la ola de delante.

Y es que el señor Tabarly era un amante de la velocidad y no sólo por razones de seguridad sino también porque fue un regatista nato. Todo va en gustos, yo no le veo la gracia a la competición pero entiendo que haya quien se la encuentre. De todas formas, las cosas han cambiado un poco y reconozco cierto encanto a las regatas antiguas, en las que se competía con verdaderos barcos. No le veo, por el contrario, encanto ninguno a la actual Copa América, en la que regatean extraños ingenios incapaces de soportar un día de mala mar (alguno me dirá que no se puede salir de vacaciones con la familia en un Fórmula 1, pues qué bien).

Fíjense si Eric Tabarly era competitivo que, por ponerles un ejemplo, se propuso competir contra un caballero que llevaba unos cuantos años muerto, Charlie Barr. Hagamos un poco de historia.

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Charlie Barr

Hacia finales del siglo XIX y principios del XX se vivió la edad de oro de las regatas. Piensen, por ejemplo, que los barcos que competían entonces en la Copa América debían navegar hasta el campo de regatas, lo que en muchos casos significaba atravesar un océano. Compárenlo con los Copa América de hoy en día, que se transportan en avión. ¿Puede llamarse barco a esas cosas que no son capaces de atravesar el Atlántico?

El caso es que en 1905 se corrió una regata que haría historia (no fue, no obstante, el primer desafío transatlántico, que ya se había realizado en 1866, 1870 y 1887). El recorrido atravesaba el Atlántico norte desde Sandy Hook, en Nueva York, hasta el Cabo Lizard, en total 3000 millas de navegación. Participaron once embarcaciones y resultó victoriosa la goleta Atlantic patroneada por Charlie Barr. La Atlantic era una goleta de tres palos. Tenía 56 metros de eslora, (46 en flotación), nueve de manga y llevaba 1.720 metros cuadrados de velamen. Charlie Barr, por su parte, era un experimentado patrón de Glasgow nacido en 1864. Había corrido tres veces la Copa América (con la Vigilant, la Columbia y la Reliance) derrotando a tres de los Shamrock de Sir Thomas Lipton. Así lo describe Tabarly.

En lo que concierne a su apariencia, este navegante destinado a entrar en la leyenda de la vela, es moreno, bajo (sobre el 1,60) y luce un gran mostacho negro. Las fotos de la época nos lo muestran tieso como una “i”, desafiando al objetivo de manera intimidante con sus terribles ojos. Se dice que su voz perdió potencia al envejecer, pero se sabe que este handicap no le impedía hacer reinar un verdadero terror a bordo.

Ya ven, todo un Ahab sobre el que circulan por ahí infinidad de leyendas (drizas encadenadas para impedir que la tripulación redujera trapo y cosas así). Pero es posible que todavía se pregunten por qué Tabarly le considera “destinado a entrar en la leyenda de la vela”. Vamos con la respuesta.

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Salida de la regata de 1905

La salida de la regata se dio el 17 de mayo de 1905. Doce días, cuatro horas, un minuto y diecinueve segundos después, Charlie Barr, patroneando la Atlantic, cruzaba la meta estableciendo un record que parecía imposible de superar y que de hecho se mantuvo durante muchos años como la travesía del Atlánico más rápida. Muchos intentaron batir el record del Atlántico desde entonces. Entre 1972 y 1980 el número de intentos fue muy elevado. Lo intentaron, por citar algunos, Alain Colas, Pierre English, Chay Blyth, Alain Glicksman, Olivier de Kersauason o Mike Birch. Todos ellos fracasaron. Aquella majestuosa goleta construida en 1903 seguía ostentando el récord del Atlántico y ése fue el empeño de Eric Tabarly, acabar con el registro de Charlie Barr.

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La Atlantic en 1905

Tabarly ideó en 1979 una pequeña ‘trampa’, el hidrofoil, una especie de extraño trimarán diseñado para alcanzar grandes velocidades con el que, en 1980, estableció un nuevo record: diez días, cinco horas, catorce minutos y veinte segundos. El ‘hidrofoil’ llevaba el nombre de su patrocinador Paul Ricard, aquí les dejo una foto del mismo tomada en 1982.

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El hidrofoil Paul Ricard en 1982


Qué quieren que les diga. A mí no me vale. La Atlantic era un barco, no un extraño OVNI. El record de Tabarly ya ha sido batido por otras embarcaciones (el actual record data de 2001, año en que el excéntrico millonario Steve Fosset, a bordo del catamarán Playstation, hizo el recorrido en cuatro días, diecisiete horas veintiocho minutos y seis segundos) pero, hasta donde yo sé, el record del Atlántico para monocascos en carrera oficial ha seguido siendo el que estableció el señor Barr hasta la Transatlántica de este mismo año 2005, en que el Mari-Cha IV lo ha dejado en nueve días, quince horas, cincuenta y cinco minutos y veintitrés segundos.

Ahora bien, que el record del Atlántico de Tabarly no me merezca el mismo respeto que el establecido por la Atlantic no implica que Tabarly no haya sido uno de los grandes marinos de todos los tiempos. Dedicaré un próximo post a repasar algunos episodios de la carrera de este hombre excepcional. Mientras esperan quizá les divierta tratar de batir el record del Atlántico aunque sólo sea de forma virtual. Está en su mano gracias a la Virtual Transat, una de tantas chorradas que hay por la red, como este mismo blog.
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Recupero esta sección a ver si salgo de pobre de una vez. Creo que viene a cuento y merece la pena.