22 de septiembre de 2005

Filosofía prostibularia

Gracias a don Pelu nos hemos enterado de que el último escalón del puterío fue en su día calificado de peripatético. Quien quiera que fuese el autor de tal categorización, lo cierto es que tenía una pintoresca idea de lo que Aristóteles hacía alrededor del Liceo. Pues ‘peripatético’, la palabra que se usa para designar a los seguidores de Aristóteles, en griego significa simplemente ‘que camina alrededor de’. Dado que el filósofo tenía por costumbre impartir sus enseñanzas dando paseos alrededor de un templo dedicado a Apolo (el famoso Liceo), acabó apropiándose de la palabra.

Parece ser que durante la Segunda República a alguien le pareció que las prácticas aristotélicas encontraban su mejor correlato contemporáneo en lo que comúnmente se conoce como ‘hacer la calle’. La verdad es que no le faltaba razón. Al fin y al cabo ambos, putas y filósofos, comercian con su cuerpo, aunque cada uno se especialice en el uso de distintos órganos concretos. Y quien filosofa en la calle, como el estagirita, no resulta, en consecuencia, muy disímil de las lozanas mujeres que pululan, por poner un ejemplo, por la madrileña Casa de Campo. Además, algunas de las obras de Aristóteles pueden resultar de indudable utilidad para estas profesionales, como, por poner un ejemplo, los cinco libros ‘De la generación de los animales’.

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Ahora bien, si, como cabe deducir de lo anterior, se amplía la comparación entre putas y filósofos a todas las categorías, uno empieza a encontrarse interesantes paralelismos. Por ejemplo, justo por encima de las ‘peripatéticas’ la clasificación que nos ha brindado don Pelu sitúa a ‘las de mala vida’, esto es, aquellas que desempeñan su labor en un burdel. El paralelo filosófico resulta clarísimo en este caso: filósofos de mala vida son aquellos que desempeñan su carrera en los departamentos universitarios, cuya similitud con los burdeles va mucho más allá de la simple metáfora. La puta de mala vida malvive en el burdel a la espera de la llegada de clientes deseosos de disfrutar de su mercancía, el filósofo universitario... pues tres cuartos de lo mismo. La única diferencia es que unos se subvencionan y las otras no.

Pero sigamos con tan apasionante examen. Ascendiendo en el escalafón nos encontramos a las ‘entretenidas’, las amantes de la clase media (estilo concursante de ‘Gran Hermano’, para entendernos). Las entretenidas se ven liberadas de la necesidad de venderse públicamente para disfrute de un reducido grupo de clientes (la exclusividad todavía no entra en esta categoría). ¿Se les ocurre qué filósofos entrarían en este grupo? Exacto, el ‘filósofo columnista-opinador’. Hay más de los que ustedes creen, lo que pasa es que no se han fijado. Filósofos que, una vez que alcanzan cierta notoriedad pública, descubren que ya no es necesario hacer acto de presencia en los departamentos universitarios (se conocen casos espeluznantes, no daré nombres pero hay profesores universitarios de los que sus compañeros de departamento ignoran que sea miembro del mismo). Día a día reparten su mercancía entre los editores mediáticos (siempre quise poner ‘mediático’ en un post) opinando sobre cualquier cosa, venga o no a cuento, sepan o no sobre el tema, hayan reflexionado o no acerca de ello. Bastan los billetes frescos, que es de lo que se trata, de lo que siempre se ha tratado

Pero no vayan a creer que este es el olimpo del puterío. La cosa sigue hacia arriba con las ‘cortesanas’, amantes exclusivas de la clase acomodada que disfrutan de toda clase de lujos y prebendas. La exclusividad se paga y estas profesionales lo saben bien y exigen en consecuencia. Exactamente lo mismo que la clase de filósofos que florecen en las fundaciones e instituciones dependientes de los partidos políticos. Partidos que, una vez ‘acomodados’, es decir, una vez en el poder, parten y reparten por toda clase de servicios intelectuales de dudosa ética pero efectiva recompensa electoral. No creo que necesite concretar más la cosa porque está bien clarita.

Y ahora, si han leído el post de don Pelu, me preguntarán por las Cocottes, las más caras, la cima de la profesión que muy pocas alcanzan. ¿Es que no hay filósofos-cocottes? Pues sí, señores, los hay. Yo mismo soy uno de ellos. No es que no me venda, es que soy muy caro (aunque siempre estoy dispuesto a escuchar una oferta, no se me echen para atrás por esta declaración).

Ocurre con los filósofos lo mismo que con las putas, que no se trata de un sistema de castas al estilo hindú. Entra en lo posible cambiar de categoría, ascender en el escalafón y, por supuesto, también descender. Seguro que se les ocurren muchos casos y no necesitan ejemplos que, por otra parte, me pueden traer unos cuantos problemas que no creo merecer.

Pero no empiecen a reírse ahora de los filósofos. Hay dos razones de peso para no hacerlo. La primera y más obvia es el respeto que merecen las meretrices, cuyos esfuerzos reportan no pocas ventajas sociales y colectivas. La segunda tal vez menos obvia pero no menos contundente es que lo que putas y filósofos hacen es exactamente lo mismo que hacemos ustedes y yo a diario, poner en el mercado el uso y disfrute de algunos de nuestros órganos a cambio de unas miserables monedas. No tiene nada de malo, pero tampoco es para estar orgulloso. Que levante la mano el que no dejaría de trabajar de podérselo permitir.

Y ahora, la nota filosófica: Visto que nadie ha levantado la mano (recuerden que les vigilo), ¿alguien pude explicarme por qué cada vez hay más jóvenes que exigen un puesto de trabajo? En mis tiempos la aspiración natural era poder vivir sin trabajar. Pocos lo lograban (no fue mi caso, claro) pero soñar no cuesta dinero (de momento, que el visionario Hernán ya nos ha alertado de algunos peligros al respecto).