25 de septiembre de 2005

Odontografía

Entre las muchas maravillas que nos ofrece el santoral el caso de Santa Apolonia destaca por muchas razones. Por ello, y por otras razones más personales, considero buena idea dedicarle hoy unas líneas.

Allá por el siglo III los cristianos de Alejandría sufrían terribles persecuciones. Entre ellos se contaba una mujer, Apolonia, que había abrazado la fé cristiana desde niña al descubrir que su concepción se había producido por intercesión de la Virgen Santísima a la que su madre se había dirigido después de probar, sin éxito, todas las técnicas tradicionales conocidas para tener descendencia. Apolonia había medrado en la comunidad y, para el tiempo de las persecuciones, ya era diaconesa, que aunque suena muy mal es simplemente el femenino de diácono.

El caso es que los alejandrinos se empeñaban en que los cristianos renunciaran a su fé a través de toda clase de torturas, a cual más cruel y retorcida. Apolonia fue una de sus víctimas. La hicieron presa y le arrancaron todos los dientes, uno a uno, sin conseguir su propósito. Ya desdentada, frente a la hoguera en la que amenazaban arrojarla si no pronunciaba impías palabras, Apolonia vio claro cómo salir de aquella. Rogó que le dieran un momento de tregua y lo aprovechó para arrojarse voluntariamente a las llamas y aquí se acaba la historia, la de Apolonia, claro.

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Cuéntase que los dientes y muelas de Apolonia fueron recogidos y distribuidos como reliquias por todas las iglesias europeas. De esta colección dental cabe deducir algunos detalles de esta apasionante historia en la que espero reparen algun día los señores productores de Holywood. Por ejemplo, que el proceso de extracción dental de esta mujer debió ser harto laborioso. Apolonia, como mujer excepcional que era no tenía, como ustedes (pero no yo) 32 piezas dentales. No, Apolonia tenía muchas más. De hecho, sólo en Francia se conservan más de quinientos dientes y muelas de Santa Apolonia (no se alarmen, los santos son seres de excepción; por ejemplo, de San Bartolomé se conservan dos penes). Debió llevar la extracción un par de semanas tirando por lo bajo. No debía ser, además, especialmente agraciada ya que algún que otro especialista ha llegado a afirmar, impío él, que muchas de esas muelas son de asno. Quizá don Arlote, mucho más documentado que yo sobre este asunto pueda iluminarnos más si sus recien nacidas responsabilidades se lo permiten

Más de uno se preguntará cómo una suicida pudo ser canonizada, con lo poco cristiano que es eso de quitarse la vida. Fue San Agustín quien dio con el quid de la cuestión aclarando que no fue Santa Apolonia quien se quitó la vida sino el Espíritu Santo el que la empujó a las llamas. No sé por qué no se usa este argumento más a menudo en los juzgados.

De lo que no cabe dudar es del sufrimiento dental de Santa Apolonia, razón por la cual los odontólogos, esos especialistas que nos empeñamos en llamar impropiamente dentistas, la han adoptado como patrona. Por lo visto su caso es el modelo a imitar y el sueño de cualquier sacamuelas, quiero decir, odontólogo. De hecho, la iconografía clasíca de Santa Apolonia la muestra con un fórceps en el que sostiene una muela.

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Los dentistas, odontólogos o sacamuelas, como prefieran, gozan de una posición de privilegio en la historia del sufrimiento humano. Gracias a los milagros de la evolución, la especie humana cuenta con uno de los peores aparatos de masticación del reino animal, fuente de toda clase de problemas, dolores y padecimientos que estos especialistas aprovechan para dar rienda suelta al sádico que todos llevamos dentro. Y es que la fascinación por el sufrimiento es una constante humana. Hasta hace bien poco las extracciones dentales se hacían con público (atención, programadores de Reality Shows, he aquí una buena idea) porque a todos nos gusta ver sufrir al prójimo. Qué mejor prueba de ello que comprobar el deleite morboso de todos los que asisten a aquella famosa extracción inmortalizada por Caravaggio.

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No crean que es un caso único. Si tienen problemas para visitar la Galleria degli Uffizi en Florencia y admirar el sacamuelas de Michelangelo Merisi, pueden contentarse con visitar el Museo del Prado en Madrid, donde se expone el sacamuelas de Theodor Rombouts.

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De todos los sacamuelas de la historia de la pintura, que son legión, el que más me satisface es el que se encuentra en el Louvre y que se debe a Gerrit van Honthorst. Es el único que muestra algo de justicia poética ya que la señora que viene de hacer la compra y se detiene para disfrutar del doloroso espectáculo paga cara su malsana curiosidad: un pícaro le roba con disimulo las aves de la cesta.

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De entonces a ahora las cosas han cambiado algo, y no siempre a mejor. Los precios, por ejemplo, se han multiplicado por [no cabe aquí el número]. El público prefiere ahora las películas de Schwarzenneger (o como quiera que se escriba) o de Pajares y Esteso. De hecho lo único que se conserva idéntico desde el siglo XVII son las revistas de la sala de espera, son las mismas, lo que convierte esa tensa hora previa a la tortura en todo un viaje en el tiempo. A no ser que uno se lleve un libro y se abstraiga de todas estas bobadas. Eso fue lo que hice yo el otro día para encontrarme, al hilo de la ‘Filosofía prostibularia’ del último día, el siguiente pasaje de Thomas de Quincey.

Siendo yo mismo, en aquel tiempo, un peripatético por necesidad, o un paseante de las calles, naturalmente coincidí con esas peripatéticas femeninas a las que se suele llamar «callejeras».

Cuando empezaba a esbozar una sonrisa fue cuando llegó mi turno. Hora y media después había perdido peso, exactamente el peso de una muela. No sé qué habrá sido de ella pero la supongo en manos de algún goyesco cazador de dientes.

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Gracias a todos los que se preocuparon por mí, y en particular a Ana y a Chin.