1 de septiembre de 2005

Porn

Dejen de dar saltos de alegría porque, a pesar del título, no les traigo hoy obscenidad alguna. Simplemente me he permitido un pequeño experimento basado en cierta experiencia reciente de don JPQ, que vio los comentarios de su blog repletos de spammers al titular un post con la misma palabra con que yo lo he hecho aquí. No les negaré que siempre quise ser pornógrafo pero lo más parecido que he llegado a ser es economista, que es igual de obsceno pero mucho menos divertido, se lo aseguro.

El caso es que andaba yo tan contento con mis inventos (que un día de estos habré de continuar), creyendo que las cosas volvían a lo que cabe llamar ‘normalidad’ por escasas que sean las ‘normas’ que la definen, convencido de que estaban por llegar tiempos de un cierto relajamiento que buena falta hace, cuando, como es costumbre, la cosa se lió. La cosa laboral quiero decir. Parece ser que he sustituido una vorágine por otra y a los agobios agosteños suceden estos otros que me traen por la calle de la amargura (que no creo sean capaces de localizar en un callejero).

En otras palabras, si he estado ausente estos últimos días es porque me he visto obligado a hacerme presente en otros lugares que, se lo garantizo, son mucho más desagradables que éste. Qué más quisiera yo que comparecer aquí más a menudo. Si no lo hago, créanme, es muy a mi pesar. Pero no quiero aburrirles con mis penas, que yo también vengo aquí a olvidarlas.

Y mientras tanto, si hemos de creer a los noticieros, por aquí anda todo el mundo padeciendo de ‘estrés postvacacional’, terrible enfermedad que precisa de dos condiciones previas: que uno tenga trabajo y que le hayan dado vacaciones. Parados y trabajadores sin vacaciones (i.e. muchos autónomos) asisten ‘ojopláticos’ a los consejos con los que pretendidos expertos y especialistas llenan las horas huecas de los telediarios. No les hagan caso, las ciegas fuerzas del mercado ya han dado con la solución a esta moderna lacra y llevan cierto tiempo aplicándola. ¿Para qué escuchar a ese señor con gafas y pajarita que repite lugares comunes cuando no conoce de nada a Gutiérrez el de administración? Mejor tratar de hacer las cosas más llevaderas recurriendo a algo mucho más sencillo, efectivo y, por supuesto, alienante: los coleccionables.

No sé si las cosas por allá responden al mismo patrón. Por acá, llegado septiembre, se produce un estallido incontrolado de toda clase de chismes y trastos susceptibles de ‘coleccionarse’. Los quioscos de prensa se ven invadidos por toda clase de absurdos cachivaches que parecen salidos de alguna calenturienta (y enferma) imaginación. Todos compiten por su espacio de exposición con estrategias no muy rebuscadas. En general tan sólo tratan de hacerse notar procurando venir en el mayor envoltorio posible. Así, por ejemplo, no es de extrañar que la primera entrega de una colección de tapones de corcho (con el primer ejemplar y otro de regalo), venga sobre un cartón de metro y medio de lado que proclama con grandes letras las excelencias del producto del alcornoque. Los sufridos quiosqueros poco pueden hacer para defenderse de este abuso. Acaban invadiendo la vía pública (a veces a lo largo de decenas de metros) y las autoridades hacen la vista gorda porque no parece vislumbrarse forma alguna de impedir esta suerte de ‘primavera coleccionista’.

Esta temporada, como siempre, hay de todo. Nos quieren contar la Guerra Civil (otra vez) por la derecha y por la izquierda (cuando lo suyo sería contarla por arriba o incluso por abajo; para contarla de frente todavía no estamos preparados). Nos quieren colocar varias docenas de relojes de bolsillo por si no viviéramos ya demasiado pendientes del que ya tenemos (bueno, en realidad yo no uso). Nos quieren hacer construir un Cortijo para muñecas (cuando de todos es sabido que en el cortijo es tradición tener a la señora y a la muñeca ponerle un pisito en un lugar discreto y apartado). En fin, qué sé yo.

Por supuesto, nadie termina jamás ninguna de estas colecciones. De hecho las colecciones en sí, esto es, el conjunto de todos sus elementos, no existen. Prueben a encontrar el número treinta y siete de ‘Grandes hitos de la escultura sumeria’, por poner un ejemplo. No hay manera. La cosa consiste en colocar los tres o cuatro primeros números para que el sufrido trabajador sobrelleve su estrés posvacacional con estas distracciones y después a otra cosa mariposa. Allá por noviembre no queda rastro en los quioscos de todo este lío.

Además, acabar la colección viene a ser una de las cosas más absurdas que uno puede hacer. Pongamos por caso aquel que vende las piezas para montar un cochecito de radiocontrol. Cien entregas (¡casi dos años acudiendo semanalmente al quiosco en busca de la bujía de esta semana!) a seis euros (por poner un precio de referencia) dejan el cochecito de marras en seiscientos euros, cien mil de las antiguas pesetas. ¿De verdad creen que alguien estaría dispuesto a pagar veinte mil duros de los de antes por un cochambroso bólido que las más de las veces nunca llega a andar? Y eso por no hablar de qué clase de personaje es capaz de pasarse dos años de su vida aguardando para ver a su cochecito recorrer sus primeros metros y comprobar que tiene la dirección floja.

A bote pronto y recurriendo al método aristotélico se me ocurren unas cuantas categorías para clasificar toda esta morralla sin ánimo exhaustivo:

  • Están aquellas que apelan al bricomaníaco que todos llevamos dentro. Son las que indefectiblemente comienzan por ‘Construya su...’ para seguir con algun absurdo dislate. A uno suele quedársele cara de lelo cuando llega a casa, abre el paquete con toda emoción y se sienta a mirar la pala del timón y la cuaderna (caso de tratarse de un modelo naval) o el neumático y la biela (caso de tratarse de un automóvil) o las primeras piezas del criostato y el divertor (caso de tratarse de un reactor nuclear de fusión controlada).

  • Están los que apelan a la nostalgia del consumidor y que han traido terribles efectos perversos, como las generaciones de niños martirizados por sus padres con los capítulos de Heidi en DVD. No se extrañen si en unos años se produce un repunte en las psicopatías. De estos barros provendrán aquellos lodos.

  • Por estar, están las que aúnan las dos categorías anteriores, como aquella llamada ‘Mi querido taller mecánico’, que reproducía a escala un taller de automóviles de la más rancia y lamentable época española con toda su cochambre. Definitivamente la nostalgia ya no es lo que era.

  • También están las que cabe llamar ‘quiero y no puedo’, como aquel curso de cata de vino que, al no poder ofrecer botellas por no entrar en el presupuesto, acompañaba los fascículos de una especie de ‘depósitos de olores’. Ya que no puede beber un buen vino, por lo menos huélalo, venía a decir la publicidad.

  • Y finalmente están las directamente surrealistas, como aquella colección de ‘minisoperas’ de hace un par de años. ¿Para qué demonios va uno a coleccionar ‘minisoperas?


Debo decirles que a mi me agrada mucho imaginar las reuniones de los altísimos ejecutivos de Planeta-De Agostini y empresas similares, todos engominados, con trajes de alpaca hechos a medida y camisas de algodón egipcio (también a medida, por supuesto), sentados alrededor de una lujosa mesa, decidiendo las colecciones y sus ofertas de cada temporada. ¿Qué tal ‘Pelucas de colección’? –dice uno de ellos mientras los demás asienten satisfechos y toman notas. Qué escena más sabrosa.

Como saben, la vocación de servicio es característica inalienable de estas páginas. Por eso me he decidido a lanzar mis personales propuestas de coleccionables. Espero que les resulten de utilidad a las editoriales y albergo la nada secreta esperanza de ver alguna de ellas materializada en los quioscos en años venideros.

  • Las mejores encuadernaciones de las obras maestras de la literatura. Vista su biblioteca con las obras verdaderamente imprescindibles ¿Por qué pagar por un libro cuando sólo se necesitan las tapas? Lujosas encuadernaciones en piel de guías telefónicas caducadas que lucen en sus lomos los grandes titulos de la historia de las letras. Primera entrega ‘El Quijote’ y de regalo ‘El código Da Vinci’.

  • Mortadelas de colección. Una cuidada selección de las más afamadas mortadelas, con y sin aceitunas, cada una con su correspondiente certificado de origen. Con la primera entrega se regala un fantástico expositor refrigerado que proporcionará a su sala de estar ese toque de distinción que siempre ha deseado (aunque no quiera reconocerlo).

  • Curso de ingeniería financiera para tontos. ¿Cansado de envidiar a los triunfadores? La estafa y el fraude al alcance de todos. Curso en cincuenta fascículos. Con la primera entrega, de regalo, un par de tirantes y un pasaporte falso.

  • Construya su propia cámara de gas a escala. Fiel reproducción completamente operativa que le permitirá recrear en la intimidad las más celebradas ejecuciones (incluye fascículo con información al respecto). Además es una solución práctica e ideal para mascotas díscolas y/o molestas.

  • Basuras del mundo. Toda cultura se define por sus residuos. Conozca los cinco continentes a través de sus desperdicios. Primera entrega, mondas de patata de Irlanda y de regalo raspa de pescado del Japón. Entre todos los que acaben la colección y envíen los correspondientes cupones se sorteará una lavadora estropeada de fabricación checoslovaca.


¿Ven? Nada de pornografía. ¿O sí? Alguno habrá que piense que mientras no ponga algo como ‘Construya y gestione su propio burdel’ no pecaré de obsceno. Allá él.