17 de septiembre de 2005

Sobre la fiabilidad de algunas opiniones

Ya sé que periódicamente les asalto con artículos sobre estadística que nunca me perdonan. Hoy será una de esas ocasiones. Deben perdonarme, pero hay cosas que son superiores a mis fuerzas. Acabo de leer un post en periodista digital que me ha resultado bastante poco periodístico y, por supuesto, nada digital. Lo firma un tal Electroduende y, se supone, trata sobre la “fiabilidad” de la medición de las audiencias televisivas.

Uno en su inocencia, y como profesional de estas cosas, pensó cándidamente que para analizar, juzgar u opinar sobre tal fiabilidad sólo hay un camino: revisar el diseño estadístico sobre el que se basan las estimaciones de audiencia. Pero ya les digo que si no he visto más lejos debe ser por mi candor angelical. Otros, subidos sobre los hombros de gigantes, son capaces de aprehender las más recónditas verdades sin necesidad alguna de mancharse las manos documentándose.

No vayan a pensar que el post del señor duende carece de documentación. Nos informa con todo detalle de que hay en España 3.305 audímetros y ofrece algunos datos sobre su distribución territorial. Ahora bien, ésta es toda la “documentación”. Ni siquiera se informa sobre el error teórico de muestreo de ese tamaño (una aproximación gruesa es de ±1,75% para un nivel de confianza del 95,5%).

De todas formas los errores estadísticos incluyen muchas otras cosas aparte de los errores de muestreo. Todas ellas se engloban dentro lo que se conoce, con alarde de originalidad, ‘errores ajenos al muestreo’. Por lo visto, la crítica de este caballero tira más hacia este lado. Pero veámos sus argumentos:

...dudo que nadie de mi entorno y muchos de mis lectores conozcan a una sola persona que tenga el aparatito en casa. Yo, al menos, no sé de nadie que lo tenga (ni siquiera que se lo hayan propuesto) y le pase información a los tan reputados medidores.
Será que soy y tengo amigos muy elitistas, pero no me imagino a alguno de mis amigos permitiendo que entre en su piso el aparato. Ni borrachos. ¿Se imaginan a un catedrático de ética, un arquitecto, un médico, un escritor, un científico o un pintor con el audímetro en su casa? No, ¿verdad? A mí, al menos ni se me pasa por la cabeza. Les daría la risa sólo de pensar en ser dependientes del mando y la tele. El caso es que la gente con ese perfil queda descartada de las mediciones. No vale. No cuenta. No son fieles devotos.

Para no liarnos, descompongámos el argumento en sus dos afirmaciones principales:


  • Yo no conozco a nadie con audímetro.

  • Yo no creo que un catedrático de ética, un arquitecto, un médico, un escritor, un científico o un pintor acepten tener un audímetro luego no hay gente con ese perfil en la muestra.
La primera de las afirmaciones es un hecho que no cabe poner en duda. Si el señor Electroduende no conoce a nadie con audímetro habrá que creerle. Lo que no acabo de ver es en qué invalida eso el procedimiento de medición de audiencias. ¿Acaso los señores de SOFRES deben preguntar en todos los hogares de su muestra si conocen a este caballero, quién quiera que sea? ¿Por qué ese empeño en identificar el mundo con su entorno más cercano? Hay más de cuarenta millones de habitantes en España, ignoro el número de amistades y conocidos de este señor, pero por grande que fuera es muchísimo más probable que no conzca a ninguno de los 3.305 que lo contrario. Algo así debe pensar también un tal Ovidio Vidal que en La Chica de la Tele y al hilo de esto se permite decir algo como lo siguiente: también dudo bastante de sus resultados, ya que no conozca [sic] a nadie que tenga uno en su casa. Si no me preguntan a mí o a mis amigos la cosa no vale, parecen quierer decir. Olé.

La segunda parte del argumento es aún más grave. El señor Electroduende, sobre la base de una más que discutible suposición sin fundamento alguno decide que las élites intelectuales no están representadas en la muestra de SOFRES. Tampoco se molesta en probarlo ni ofrece el más mínimo argumento a favor de su tesis (o hipótesis). Ni siquiera se le ocurre pensar que aunque sólo sea por el tamaño de la tarta publicitaria televisiva, ni cadenas ni anunciantes van andarse con chapuzas poco representativas. Como bien dice La Chica de la Tele: “Si a ellos les vale para repartirse el negocio debe ser porque les funciona”. Pero a este caballero las grandes empresas de televisión y los grandes anunciantes le parecen víctimas aborregadas que “necesitan fiarse de un sistema poco fiable”.

Pues claro que les funciona. A don Electroduende y a don Ovidio les costará creerlo (tampoco parecen dispuestos a hacerlo) pero la investigación esatadística se basa en una sólida base teórica (la misma que se utiliza en los ensayos clínicos de medicamentos, en los controles de calidad de muchos productos alimenticios, etc.) y ya lo creo que funciona. En realidad el señor Electroduende y don Ovidio conviven a diario, sin saberlo, con numerosísimos ejemplos de que funciona.

A mí también me molesta que el Tomate tenga mucha audiencia. Pero la tiene. Salga usted a la calle y lo verá. No creo que los resultados de la medición de audiencias arrojen nada muy disímil de lo que se ve día a día por ahí. Escuche las conversaciones en bares y cafeterías. Lo mismo se lleva una sorpresa. Y cómprese un manual de estadística que le vendrá muy bien y, esta vez seguro, se llevará más de una sorpresa.

Por lo demás, insisto en disculparme ante los fieles y prometo regresar con algo más divertido o estúpido, en la línea habitual. El post sobre Tabarly anda bastante avanzado y tengo pendiente la pequeña confesión de un secreto. Pero tendrá que ser mañana porque hoy ineludibles compromisos sociales me lo impiden.